LECCIONES SOBRE EVANGELIO DE SAN JUAN: Lecciones 34 a 66


Lección nº 34:
LAS OVEJAS DEL AMOR... ¿LOCURA O RAZÓN?
Juan 10: 16-21
Otras ovejas...
Juan 10: 16
Los judíos creían que eran el pueblo escogido de Dios, y que a Dios no le importaban los demás pueblos. Creían que, en el mejor de los casos, los otros pueblos estaban destinados a ser sus esclavos; y, en el peor de los casos, a ser eliminados... Pero Jesús dice que llegará el día en que toda la humanidad le conocerá como su Pastor.
Aun en el Antiguo Testamento no faltan indicios de ese día: Isaías tuvo precisamente ese sueño (Isaías 42:6; 49:6; 51:4), y siempre hubo voces solitarias que insistieron en que Dios no era la propiedad exclusiva de Israel, sino que el destino de su pueblo era darle a conocer a toda la humanidad.
A primera vista parecería que el Nuevo Testamento contiene dos actitudes diferentes a este respecto: Mateo 10:5-6 y Mateo 15:24... Pero hay mucho que decir en el otro sentido. Jesús mismo se quedó algún tiempo y enseñó en Samaria (Juan 4:40); y declaró que ser descendiente de Abraham no era garantía de entrar en el Reino (Juan 8:39). Fue de un centurión romano de quien dijo que no había visto una fe semejante en Israel (Mateo 8:10); fue un leproso samaritano el único que volvió a darle las gracias (Lucas 17:15-19); fue el viajero samaritano el que dio muestras de una piedad que todos debemos tomar como ejemplo (Lucas 10:37) y la gran comisión fue al final salir a predicar el Evangelio a todas las naciones (Marcos 16:15; Mateo 28:19)... Jesús no era sólo la luz de los judíos, sino la luz del mundo (Juan 8:12).
¿Cómo se explican los dichos que parecen limitar la obra de Jesús a los judíos? Es muy sencillo. El propósito final de Jesús era que todo el mundo fuera para Dios, pero tenía claro (como lo dice en su mandato final) que había que empezar por los su propio pueblo...
De momento se concentró deliberadamente a la nación judía; pero su propósito definitivo era abarcar a todo el mundo con su amor.
Hay tres grandes verdades en este versículo.
a) Sólo en Jesucristo puede el mundo llegar a la unidad. Para Jesús Dios es “Nuestro Padre”... Lo único que puede derribar las barreras y borrar las diferencias es el Evangelio de Jesucristo, que nos incluye a todos bajo el manto de la paternidad universal de Dios.
b) La unidad viene del hecho, no de que se obligue a todas las ovejas a entrar en un solo redil, sino de que todas oyen, responden y obedecen a un solo Pastor. No es una unidad eclesiástica; sino la unidad que viene de la común lealtad a Jesucristo. El hecho de que haya un solo rebaño no quiere decir que no pueda haber más que una sola iglesia, una sola manera de dar culto a Dios, un solo sistema de administración eclesiástica; pero sí quiere decir que las distintas iglesias están unidas en su común lealtad a Jesucristo.
c) Las personas no podrán oír si no hay un mensajero; las otras ovejas no podrán incorporarse a menos que vaya alguien a traerlas. Aquí se nos presenta la tremenda tarea misionera de la Iglesia, que comienza con aquellos que tenemos a nuestro lado...
El sueño de Cristo depende de nosotros; somos nosotros los que podemos ayudarle a hacer del mundo un solo rebaño, con É l como único Pastor.

Elegidos por amor
Juan 10: 17-18
Hay pocos pasajes en el Nuevo Testamento que nos digan tanto como este acerca de Jesús en tan poco espacio.
a) Nos dice que veía toda su vida como un acto de obediencia a Dios. Dios Le había dado una tarea que cumplir, y Él estaba dispuesto a llevarla a cabo, aunque sabía que le costaría la vida.
b) Nos dice que Jesús veía siempre la Cruz y la gloria como inseparables. Él no dudó nunca de que tenía que morir, e igualmente tampoco dudó nunca de que había de resucitar. La razón no era otra que su confianza en Dios... Nadie puede entrar en la gloria y la grandeza escogiendo siempre el camino más fácil; nadie puede dejar de encontrarlas si está dispuesto a seguir el camino difícil; y así lo hizo Jesús.
Está claro que hasta el final habría podido volverse atrás y salvar la vida... Él no perdió su vida, la entregó... No se le impuso la Cruz: la aceptó voluntariamente por nosotros.
Y así nos eligió para que seamos, desde todos los confines del mundo, su rebaño.

¿Fuera de si o el Hijo de Dios?
Juan 10: 19-21
Los que escucharon a Jesús en aquella ocasión se enfrentaron con el dilema que sigue presentándosenos a todos desde entonces: o Jesús era un loco que mentía absolutamente, o era el Hijo de Dios.
No hay escapatoria: si uno habla de Dios y de sí mismo de la manera que habló Jesús, o está totalmente engañado o está totalmente en lo cierto.
Las afirmaciones que hizo Jesús sólo podrían querer decir locura o divinidad.
¿Cómo podemos llegar a la seguridad de que estaban justificadas y no eran la fantasía más grande del mundo y de la Historia?
En primer lugar debemos decir que las palabras de Jesús no son las de un loco. Podríamos citar a innumerables testigos que nos confirmarían que las enseñanzas de Jesús son de suprema salud mental y total... Pensadores de todas las generaciones han considerado la enseñanza de Jesús como la única esperanza de cordura para un mundo desquiciado. La suya es la única voz que habla con verdadero sentido en medio de todos los engaños humanos.
En segundo lugar notamos que las obras de Jesús no son las de un loco: Sanó a los enfermos, alimentó a los hambrientos, consoló a los tristes. La locura de la vanidad mentirosa es esencialmente egoísta. No busca nada más que su propia gloria y prestigio. Pero Jesús se pasó la vida haciendo cosas, y viviendo -y muriendo- por los demás. Como dijeron algunos de los mismos judíos, un loco no puede abrir los ojos de los ciegos.
Finalmente el efecto que ha causado y causa Jesús no es el que produce un loco. El hecho indiscutible es que el poder de Jesús ha transformado millones y millones de vidas. Los débiles se han vuelto fuertes, los egoístas se han vuelto generosos, los derrotados se han vuelto triunfadores, los angustiados se han vuelto serenos, los malos se han vuelto buenos. No es la locura lo que produce tales cambios, sino la prudencia y la sabiduría.
La elección sigue abierta: Jesús, o loco o divino... Ninguna persona sincera puede estudiar la evidencia y llegar a ninguna otra conclusión sino la de que Jesús trajo al mundo, no una loca fantasía, sino la perfecta cordura de Dios.




Lección nº 35:
EL CRISTO Y LA PROMESA A SUS OVEJAS
Juan 10: 22-30
El momento y el lugar
Juan 10: 22-23
Juan empieza por darnos la fecha y el lugar de esta discusión. La fecha fue la fiesta de la Dedicación, la última que se fundó de las grandes fiestas judías. Algunas veces se la llamaba la fiesta de las Luces. Su nombre hebreo es Januká. Se celebra el 25 del mes judío de kislev, que corresponde a nuestro diciembre. Caía, pues, esta fiesta hacia la Navidad cristiana, y los judíos la siguen celebrando universalmente.
El origen de la fiesta de la Dedicación se remonta a uno de los períodos de mayor tribulación y heroísmo de la historia judía.
En 170 a.C. se produjo la terrible crisis. Ese año, Antíoco Epífanes, griego y rey de Siria, atacó a Jerusalén. Se dijo que perecieron 80.000 judíos, y otros tantos fueron vendidos como esclavos. Se robaron los tesoros del templo. El tener un ejemplar de la Torá (el Pentateuco) o el circuncidar a un niño se castigaba con la muerte; a las madres que circuncidaban a sus hijos las crucificaban con sus niños colgándoles del cuello. Los atrios del templo fueron profanados; se convirtieron sus cámaras en prostíbulos; y, para colmo, Antíoco llegó hasta a dedicar el gran altar de los holocaustos a Zeus Olímpico, y a ofrecer sobre él sacrificios de puercos a los dioses griegos.
Fue entonces cuando Judas Macabeo y sus hermanos emprendieron su épica lucha por la libertad. En 164 a.C. se ganó la guerra definitivamente; y ese mismo año se limpió y purificó el templo. Se reconstruyó el altar y se repusieron las túnicas y los objetos del culto después de tres años de contaminación.
Para conmemorar la purificación del templo se instituyó la fiesta de la Dedicación...
Pero, como ya hemos visto, aún tenía otro nombre: el de la fiesta de las Lucesporque se instalaban grandes iluminaciones en el templo, y también en todos los hogares. En la ventana de todas las casas judías se ponían luces.
Estas luces tenían dos significados. El primero era como recordatorio de que la luz de la libertad había vuelto a brillar en Israel. El segundo se remontaba a una leyenda muy antigua. Se decía que, cuando se purificó el templo y se volvió a encender el candelabro de los siete brazos, sólo se pudo encontrar una vasijita de aceite sin contaminar. Esta vasija se había mantenido intacta y con el sello del anillo del sumo sacerdote. Por su capacidad material, no contenía aceite nada más que para mantener las lámparas encendidas un día; pero, milagrosamente, hubo suficiente para los ocho, hasta que se acabó de preparar otro aceite según la fórmula correcta y se consagró para su uso santo... Por eso brillaban las luces en el templo y en los hogares ocho días en memoria de la vasija que Dios hizo que durara ocho días en vez de uno solo.
No carece de significado el hecho de que debe de haber sido cerca de esas fechas cuando Jesús dijo: “Yo soy la Luz del mundo”.
Así pues, cuando se encendían todas aquellas luces para conmemorar la libertad recuperada para dar culto a Dios conforme a la conciencia y tradición de Israel, Jesús dijo: “Yo soy la Luz del mundo; sólo Yo puedo iluminar el camino que conduce al conocimiento y a la presencia de Dios”.
Juan también nos menciona el lugar en que se produjo esta discusión: el pórtico de Salomón.
El primer atrio del templo era el de los Gentiles. A sus dos lados había una serie de columnas magnífica que se llamaban el pórtico de Salomón y el pórtico Real. Eran hileras de columnas impresionantes, de 12 metros de altura, con un techo encima. La gente acudía allí para orar o meditar; y los rabinos solían pasear por allí, hablando con sus alumnos y explicando las doctrinas de la fe. Jesús también iba andando por allí porque, como nos detalla Juan con un toque pictórico: “era invierno”...

El Cristo y la promesa a sus ovejas
Juan 10: 24-28
Cuando Jesús estaba paseando por el pórtico de Salomón, se le acercaron los judíos diciendo: “¿eres o no eres el Ungido de Dios?”
Detrás de esa pregunta había dos actitudes mentales. Había algunos que genuinamente querían saberlo, y esperaban anhelantes la respuesta. Pero había otros que, sin duda, usaban aquella pregunta como una trampa. Querían inducir engañosamente a Jesús a que hiciera una declaración que se pudiera tergiversar, ya fuera para convertirla en un delito de blasfemia aceptable para sus tribunales, o en una acusación de insurrección de la que se encargaría el gobernador romano.
La respuesta de Jesús fue que ya les había dicho quién era: a la Samaritana se le había revelado como el Mesías (Juan 4:26), y al que había nacido ciego, como el Hijo del Hombre (Juan 9:37). Pero hay algunas declaraciones que no hay por qué hacer de palabra, especialmente a una audiencia cualificada para percibirlas. Había dos cosas acerca de Jesús que le colocaban más allá de toda duda, las expresara con palabras o no: sus obras (Isaías 35:5-6); cada uno de los milagros de Jesús era una prueba de que había venido el esperado Mesías; y también sus palabras (Deuteronomio 18:15); sus enseñanzas, eran una prueba fehaciente de que Dios hablaba por medio de Él.
Las palabras y las obras de Jesús eran una demostración de que El era el Ungido de Dios.
Pero la inmensa mayoría de los judíos no habían aceptado esas pruebas; no eran del rebaño de Jesús.
Pero, aunque la mayoría no aceptaron a Jesús, algunos sí; y a ellos Jesús les prometió la vida eterna... Les prometió que, si le aceptaban como Maestro y Señor, si llegaban a ser de su rebaño, toda la pequeñez de la vida terrenal se pasaría, y conocerían la gloria y la magnificencia de la vida de Dios; una vida que no tendría fin porque nada les podría arrebatar de su mano...
Eso no quería decir que no experimentarían la aflicción, el sufrimiento y la muerte; sino que, en los más dolorosos momentos y en las horas más oscuras se darían cuenta de que los brazos eternos estarían sosteniéndolos y rodeándolos.
Aun en un mundo que se precipita al desastre experimentaremos la serenidad de Dios.

Yo y el Padre uno somos”
Juan 10: 29-30
Este pasaje presenta a la misma vez la confianza inalterable y la seguridad inconmovible de Jesús en el Padre.
Su confianza veía el origen de todas las cosas en Dios. Acababa de hablar de sus ovejas; si no hubiera dicho nada más que esto, habría parecido que ponía su confianza en si mismo... Pero ahora vemos que su confianza está en el Padre: es el Padre el que le ha dado esas ovejas, y tanto Él como sus ovejas están en la mano del Padre.
Jesús tenía aquella seguridad inconmovible porque tenía una confianza inalterable en su Padre. Su actitud ante la vida no dependía de su confianza en sí mismo, sino de su confianza en Dios. Estaba seguro, no de su propio poder, sino del de su Padre.
Y ahora llegamos a una afirmación sublime: “Yo y el Padre somos uno”.
¿Qué quería decir?
Si vamos a la misma Biblia en busca de interpretación, encontramos que en el capítulo 17 Jesús hace referencia a la necesidad de que los cristianos sean uno como Él con el Padre (vs. 11, 20-22)
¿Cuál es la unidad que debe existir entre cristiano y cristiano? Su secreto es el amor: Juan 13:34... Los cristianos son una sola cosa porque se aman; de la misma manera que Jesús es una sola cosa con Dios porque le ama.
Aquí está la esencia de la declaración de Jesús: el vínculo de la unidad es el amor. Jesús era una sola cosa con el Padre porque le amaba... Su unidad con Dios fue la unidad del perfecto amor manifestado en la obediencia perfecta.




Lección nº 36:
PROBADO POR SUS OBRAS...
Juan 10: 31-42

La prueba de fuego: sus obras
Juan 10: 31-39
Para los judíos, la afirmación de Jesús de que Él y el Padre eran una misma cosa era blasfemia. Era invadir una persona humana el lugar que sólo correspondía a Dios.
La ley judía establecía la pena de apedreamiento por el pecado de blasfemia (Levítico 24:16). Así es que empezaron a prepararse para apedrear a Jesús. El texto original quiere decir que se pusieron a recoger piedras para lanzárselas...

Jesús les enfrentó con tres razones:
a) Les dijo que había estado haciendo obras maravillosas todo el tiempo: sanando a los enfermos, alimentando a los hambrientos y consolando a los afligidos; obras tan llenas de benevolencia, poder y belleza que no podían venir sino de Dios.
Preguntó por cuál de todas ellas le querían apedrear... Y ellos respondieron que no era por nada de lo que había hecho, sino por lo que pretendía ser.

b) Le acusaron de pretender ser el Hijo de Dios... Para resistir su ataque, Jesús usó dos razonamientos.
1-El primero era típicamente judío, por lo que nos cuesta entenderlo. Jesús citó el Salmo 82:6, que es una advertencia a los jueces injustos para que abandonen los malos procedimientos y defiendan a los pobres y a los inocentes. La exhortación acaba: “Yo digo: Sois dioses, hijos del Altísimo todos vosotros”.
El juez es un delegado de Dios ante el el pueblo; por eso su consejo es como el de un dios... En algunos pasajes del Antiguo Testamento (Éxodo 21:1-6; 22: 9, 28) la palabra que se traduce por jueces es realmente elóhim, que quiere decir Dios o dioses. Hasta la Escritura llamaba dioses a las personas especialmente comisionadas por Dios para ciertas tareas.
Entonces Jesús dice: “Si la Sagrada Escritura puede hablar así acerca de ciertos hombres, ¿por qué no puedo hablar Yo así acerca de Mí?”
2-Jesús además afirmaba dos cosas acerca de sí mismo.
a) Que Dios le había consagrado para una tarea especial.
La palabra para consagrar es haguiazein, el verbo correspondiente al adjetivo haguios, que quiere decir santo. Esta palabra contiene la idea de que la persona, lugar o cosa a los que se aplica, son diferentes de los demás, precisamente porque Dios los ha apartado para un uso o propósito distinto y, por tanto, Le pertenecen de una manera especial. Así, por ejemplo, el sábado es santo (Éxodo 20:11), el altar es santo (Levítico 16:19), los sacerdotes son santos (2 Crónicas 26:18), el profeta es santo (Jeremías 1:5). Cuando Jesús dijo que Dios le había consagrado, le había hecho santo, quería decir que le había apartado de los demás seres humanos, porque le había asignado una tarea especial, y Él lo sabía.
b) Que Dios le había comisionado y enviado al mundo. La palabra que se usa es la que se usaría para enviar un mensajero o un embajador o un ejército. Jesús no pensaba simplemente que había venido al mundo, sino que había sido enviado al mundo.
Su venida había sido una acción de Dios; y Él había venido para hacer la tarea que Dios le había encargado.

Así es que Jesús quena decir: “En el pasado, la Escritura podía llamar dioses a los jueces, porque eran comisionados por Dios para traer su verdad y justicia al mundo. Ahora, Yo he sido separado para una tarea especial, y he sido comisionado por Dios para venir al mundo. ¿Cómo podéis objetar a que me llame Hijo de Dios? No digo nada más que lo que dice la Escritura”.
Este es uno de esos razonamientos bíblicos cuya fuerza nos resulta difícil de captar, pero que sería absolutamente irrefutable para los rabinos judíos.

c) Jesús prosiguió proponiendo la prueba del fuego. “No os pido -les dijo realmente- que aceptéis mi palabra. Os pido que aceptéis mis obras”... Se pueden discutir las palabras, pero no las obras.
Jesús es el Maestro perfecto porque no basa su autoridad en lo que dice, sino en lo que hace. Lo que proponía a los judíos era que basaran su veredicto sobre Él, no en lo que decía, sino en lo que hacía; y esa es la prueba del fuego que sus seguidores deben estar dispuestos a aceptar.

En el punto de partida
Juan 10: 40-42
A Jesús se le iba acabando el tiempo; pero Él conocía su hora.
No desafiaba el peligro ni se jugaba la vida temerariamente; ni evitaba cobardemente el peligro para conservar la vida; pero anhelaba la tranquilidad antes del combate definitivo.
Siempre se preparaba para enfrentarse con los hombres encontrándose antes a solas con Dios. Para eso se retiró al otro lado del Jordán....No era una evasión. Estaba sólo preparándose para la contienda final.
El lugar al que se dirigió es sumamente significativo. Se fue al lugar en que Juan había bautizado a los que venían a él y recibían su mensaje, donde Jesús mismo había sido bautizado.
Allí había sido donde había escuchado la voz de Dios, que le aseguraba que había hecho la debida decisión y escogido el camino correcto, tras su bautismo público...
Es absolutamente recomendable y loable el volver de cuando en cuando al punto en el que se han experimentado las realidades más significativas y se han hecho las decisiones más definitivas de la vida. Cuando Jacob parecía tenerlo todo en contra, volvió a Betel (Génesis 35:1-5). Cuando sintió la necesidad de Dios, volvió al lugar en el que se había encontrado con Él de veras por primera vez...
A menudo nos haría un bien tremendo al alma el volver en peregrinación espiritual al lugar en que nos encontramos con el Señor por primera vez.
Jesús, antes de llegar al final de su misión terrenal, volvió al lugar que había sido su punto de partida.
Pero también allí, al otro lado del Jordán, los judíos vinieron a Él, y también ellos se acordaron de Juan. Recordaban que les había hablado con palabras de profeta, pero no había hecho ninguna obra maravillosa. Se dieron cuenta de que había una gran diferencia entre Juan y Jesús. A la proclama poderosa de Juan, Jesús había añadido la manifestación del poder de Dios.
Juan había diagnosticado correctamente la situación pecaminosa en la que ellos vivían, pero Jesús había aportado el poder para remediarla. Aquellos judíos habían reconocido que Juan era un profeta; ahora se daban cuenta de que todo lo que Juan había anunciado acerca de Jesús se había confirmado; y, en consecuencia, muchos de ellos creyeron.
Sucede a menudo que una persona a la que se le pronosticaba un futuro glorioso y que encarnaba las esperanzas de mucha gente, acaba desmintiendo aquellos pronósticos y frustrando aquellas esperanzas. Pero Jesús era aún mayor de lo que Juan había anunciado. Jesús es la única Persona que jamás defrauda a los que esperan en Él.
En Él, todos los sueños se hacen realidad, pero Él es más que todos los mejores sueños.




Lección nº 37:
CAMINO A LA GLORIA Y UNA DECISIÓN VALEROSA
Juan 11: 1-16

El camino a la gloria
Juan 11: 1-5
Una de las cosas más preciosas del mundo es tener una casa y un hogar al que uno puede ir en cualquier momento, y encontrar descanso y comprensión y paz y amor. Eso era doblemente cierto en el caso de Jesús, porque Él no tenía un hogar suyo propio; no tenía donde reclinar la cabeza (Lucas 9:58). En el hogar de Betania encontró algo de todo eso. Había allí tres personas que le amaban; y allí podía encontrar descanso de las tensiones de la vida.
El nombre Lázaro quiere decir Dios es mi ayuda, y es el mismo que Eleazar. Lázaro se puso enfermo, y sus hermanas le enviaron recado a Jesús para notificárselo. Es encantador comprobar que el mensaje de las hermanas no incluía la petición de que Jesús fuera a Betania. Sabían que no era necesario; sabían que, con hacerle saber que tenían una necesidad, bastaría para hacerle ir.
Cuando Jesús llegó a Samaria sabía que, le pasara lo que le pasara a Lázaro, El tenía poder para resolverlo. Pero, en un principio, se limitó a decir que aquella enfermedad se había presentado para la gloria de Dios y suya. Ahora bien: eso era cierto en dos sentidos, y Jesús lo sabía:
-La curación permitiría sin duda a la gente ver la gloria de Dios en acción.
-Pero había algo más. Cuando acudieron a El los griegos, Jesús dijo: “Ha llegado la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado” (Juan 12:23). Y era de la Cruz de lo que estaba hablando, porque inmediatamente dijo que el grano de trigo tiene que caer en la tierra y morir para llevar fruto. Está claro que Jesús veía la Cruz como su suprema gloria y como su camino a la gloria. Así que, cuando dijo que la curación de Lázaro le glorificaría, estaba dando muestras de que sabía perfectamente bien que el ir a Betania y devolverle la salud, y la vida a Lázaro, era dar un paso que le conduciría a la Cruz. Y así fue.
Con los ojos abiertos Jesús aceptó la Cruz para ayudar a su amigo. Sabía el precio, y estaba dispuesto a pagarlo.
Cuando nos viene alguna prueba o aflicción, especialmente si es en consecuencia de nuestra fidelidad a Cristo, lo veríamos en una luz totalmente diferente si nos diéramos cuenta de que la cruz que tenemos que asumir es nuestra gloria y el camino a una gloria aún más grande.
Para Jesús, no había otro camino a la gloria que el que pasaba por la Cruz; y así debe ser siempre también para sus seguidores.

Una lección sobre el tiempo: el día y la noche
Juan 11: 6-10
Puede que encontremos extraño que Jesús se quedara otros dos días enteros donde estaba después de recibir la noticia de la enfermedad de Lázaro.
La verdadera razón es que podemos ver a Jesús tomando la iniciativa por su cuenta, no por imposición de nadie ni de las circunstancias, eligiendo, de acuerdo a su sabiduría y designio, el momento oportuno; seguramente debía terminar primero lo que estaba haciendo...
Esto es también una advertencia para nosotros: Muchas veces quisiéramos que Jesús interviniera de cierta manera y cuando nosotros decimos; pero tenemos que aprender a dejarle intervenir como y cuando Él decida, porque seguramente será lo mejor para nosotros.
Por último, cuando Jesús anunció la vuelta a Judea, Sus discípulos se sorprendieron y espantaron. Se acordaban de que, la última vez que había estado allí, los judíos habían estado buscando la manera de matarle.
Entonces Jesús dijo algo que encierra una gran verdad de valor permanente: “¿No tiene el día doce horas?”... Veamos a qué reflexión nos lleva esta afirmación:
Un día no puede terminar antes de tiempo. Tiene doce horas que transcurren no importa lo que suceda. La duración del día es fija, y nada lo acortará o alargará. .
Pero si el día tiene doce horas, hay tiempo suficiente para lo que una persona tiene que hacer, sin andarse con prisas.
Aunque también debemos pensar que hay sólo doce horas... No se pueden prolongar; y, por tanto, no hay que perder el tiempo. Hay bastante tiempo, pero no demasiado (Efesios 4:16; Colosenses 4:5).
Lo que Jesús quiere decir es que el día tiene doce horas, y sólo doce... No hay que precipitarse, pero tampoco demorarse. Hay suficiente tiempo en la vida, pero no hay tiempo que perder.
Jesús entonces pasa a desarrollar lo que acaba de decir... Dice que si una persona anda a la luz del día, no tropieza; pero, si trata de andar de noche, va dando traspiés.
El día judío, como el romano, se dividía en doce horas iguales que iban desde la salida hasta la puesta del sol. Eso quiere decir, desde luego, que la duración de la hora variaba en proporción con el día y la estación del año. En la superficie, Jesús estaba diciendo sencillamente que uno no tropieza a la luz del sol; pero, cuando llega la oscuridad, no se puede ver el camino.
Jesús está diciendo que una persona tiene que terminar su jornada laboral durante el día, porque llega la noche y no se puede seguir trabajando.
Juan, entonces, usa las palabras la oscuridad y la noche para describir la vida sin Cristo, dominada por el mal... Jesús está advirtiendo sobre la necesidad de actuar buscando la voluntad de Dios a tiempo, durante el día; porque cuando llegue la noche ya será tarde.
Jesús no desperdiciaba oportunidad de enseñar a sus discípulos...
Ningún evangelio enfatiza el concepto de que Dios ama al mundo, como el de Juan; pero tampoco hay ningún otro tan seguro de que se puede rechazar ese amor. Tiene dos notas: la gloria de llegar a tiempo, y la tragedia de llegar demasiado tarde.

Una decisión de valor
Juan 11: 11-16
Juan usa aquí su forma habitual de contar las conversaciones de Jesús: Él dice algo que parece muy sencillo; se le malentiende, y Él explica más claro lo que quería decir. Ya lo vimos en Su conversación con Nicodemo acerca del nuevo nacimiento (Juan 3: 3-8); y con la Samaritana, sobre el agua de la vida (Juan 4:10-15).
Aquí Jesús empezó diciendo que Lázaro estaba durmiendo. A los discípulos aquello les pareció una buena noticia, porque no hay mejor medicina que el sueño. Pero la palabra dormir tenía a menudo un sentido más profundo y serio (Mateo 9:24; Hechos 7:60; 1 Tesalonicenses 4:13)...Así que Jesús tuvo que decirles
claramente que Lázaro se había muerto; y entonces siguió diciéndoles que, por el bien de ellos, era una buena cosa, porque daría lugar a un acontecimiento que los fortalecería más en la fe.
La prueba definitiva del Evangelio consiste en ver lo que Jesucristo puede hacer. Las palabras puede que no consigan convencer; pero no hay razonamientos que se le puedan oponer a la obras palpables de Dios. Eso supone una responsabilidad muy grande para el cristiano, porque el propósito de Dios es que cada uno de nosotros sea una prueba viviente de su poder. Nuestra tarea consiste en demostrar con nuestras vidas lo que Cristo ha hecho por nosotros.
La muerte de Lázaro supuso una crisis en la vida de Jesús, y Él se alegraba, porque le daba una oportunidad de demostrar, de la manera más sorprendente, lo que Dios puede hacer... Todas las crisis deberían ser para nosotros algo así.
En aquella situación, los discípulos habrían podido negarse a seguir a Jesús; pero una voz solitaria se dejó oír. Todos creían que el volver a Jerusalén era jugarse la vida, y no daban el paso al frente. Pero entonces se oyó la voz de Tomás: “¡Vamos nosotros también a morir con Él!”.
En esta ocasión, Tomás desplegó la mejor clase de valor; aunque no entendiera bien la actitud de Jesús, a una cosa estaba decidido: viniera lo que viniera, él no se retiraba.
Esta es la más elevada clase de valor. No es que no se tenga miedo. Cuando no se tiene miedo es lo más fácil del mundo hacer lo que sea. El verdadero valor es darse cuenta perfectamente del peligro, tener miedo y, sin embargo, hacer lo que se debe.
Así era Tomás aquel día. No debemos nunca avergonzarnos de tener miedo; pero sí de dejar que el miedo nos impida hacer lo que sabemos en lo más íntimo que debemos hacer.




Lección nº 38:
LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA
Juan 11: 17-27

Una casa en duelo
Juan 11: 17-19
Para visualizar esta escena tenemos que ver primero cómo era un duelo judío. Por lo general en Palestina, debido al clima, se enterraban los muertos lo antes posible. Hubo un tiempo cuando un entierro era sumamente caro: se usaban para ungir el cuerpo los mejores perfumes y especias y el asunto llegó a convertirse en una carga que nadie se animaba a cambiar, hasta que el famoso rabino Gamaliel dejó dispuesto que le enterraran envuelto en un sudario de la tela más ,sencilla, y así contribuyó a poner fin al despilfarro de los funerales.
Todos los que podían asistían al funeral. Los más posibles se suponía que, por cortesía o por respeto, se sumaban a la comitiva hasta el cementerio. Una curiosa costumbre era que las mujeres iban delante; se decía que, como había sido una mujer la que con su primer pecado había traído la muerte al mundo, debían ser ellas las que dirigieran el cortejo fúnebre hasta la tumba.
Al pie de la tumba se hacían a veces discursos en memoria de la persona difunta. Se esperaba de todos que expresaran su profunda condolencia y, al retirarse de la tumba, se formaban dos filas largas por entre las que pasaban los familiares más próximos. Pero había esta norma tan prudente: no había que fastidiar a los que estaban de duelo con conversaciones vanas e intempestivas. Se los dejaba en paz, en su trance, con su dolor.
No se preparaba comida en la casa; y no se podía comer nada en presencia del cadáver... Al volver de la tumba se servía una comida que habían preparado los amigos de la familia. Consistía en pan, lentejas y huevos duros, que, por su forma, simbolizaban la vida que va rodando hacia la muerte.
El duelo duraba siete días, de los que los tres primeros se pasaban llorando. Durante los siete días estaba prohibido ungirse, ponerse zapatos, dedicarse a ninguna clase de estudio o de negocios y ni siquiera lavarse. A la semana de duelo seguían treinta días de luto riguroso.
Así es que, cuando Jesús se sumó a los que había en la casa de Betania, encontró lo que se esperaría en una casa en duelo.
Era un deber sagrado ir a expresar condolencia a los familiares y amigos del difunto... Fue a una casa llena de gente así a la que llegó Jesús aquel día.

La resurrección y la Vida
Juan 11: 20-27
En esta historia Marta es todo un personaje... Cuando Lucas nos habla de Marta y María (Lucas 10:38-42), nos presenta a Marta como la mujer de acción, y a María como la que más bien se sentaba tranquila. Así aparecen aquí. Tan pronto como les anunciaron que Jesús venía de camino, Marta salió a su encuentro, porque no podía estarse quieta; pero María se quedó esperándole.
Cuando Marta llegó adonde estaba Jesús, el corazón se le salía por los labios... Marta habló, en parte con un reproche que no se podía guardar para sí, y en parte con una fe que nada podía hacer vacilar; un reproche por la demora del Señor en venir y una fe notable en la resurrección del día final...
Ahora bien: ésa era una cosa extraordinaria. Una de las cosas que más nos extrañan de la Escritura es el hecho de que los santos del Antiguo Testamento no tenían prácticamente ninguna fe en una vida real después de la muerte. En los primeros tiempos, los hebreos creían que el alma de una persona, buena o mala, iba al Seol, que a veces se traduce erróneamente por infierno; pero no era un lugar de tortura, sino la tierra de las sombras. Todos iban a parar allí, donde llevaban una especie de vida vaga, sombría, sin fuerza ni alegría (Salmo 6:5; 30:9; 88:5; Eclesiastés 9:10; Isaías 38:18).
Muy de vez en cuando en el Antiguo Testamento, alguien dio un arriesgado salto de fe: Salmo 16:9-11; 73:23-24... El salmista estaba convencido de que ni siquiera la muerte podía deshacer una relación real con Dios. Peroen esa etapa era un desesperado salto de fe más que una convicción firme.
La historia de los judíos está llena de desastres, cautiverios, esclavitud y derrota. Sin embargo, el pueblo judío tenía la convicción inconmovible de ser el pueblo escogido de Dios; por tanto, invocaban un nuevo mundo para deshacer los fracasos del viejo, y llegaron a ver que, si se había de realizar plenamente el propósito de Dios, y de cumplir su justicia se necesitaban otro mundo y otra vida... Fue precisamente ese sentimiento el que condujo a los hebreos a la convicción de que había otra vida por venir.
Es verdad que, en los días de Jesús, los saduceos todavía se negaban a creer en ninguna vida después de la muerte. Pero los fariseos y la gran mayoría de los judíos sí creían. Decían que, en el momento de la muerte, los dos mundos, el del tiempo y el de la eternidad, se encontraban y se besaban. Decían que los que morían veían a Dios, y se negaban a llamarlos los muertos; los llamaban los vivos...
Cuando Marta contestó a la pregunta de Jesús, dio testimonio del punto más elevado de la fe que había escalado su nación...
Entonces Jesús dijo de pronto algo que le daba a esa fe una nueva realidad y un nuevo significado: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que crea en mí, vivirá aunque haya muerto; y todos los que estén vivos y crean en mí, no morirán nunca...”
¿Qué quería decir exactamente?
Una cosa está clara, y es que Jesús no estaba pensando en términos de la vida física. Los cristianos experimentan la muerte física tanto como los que no lo son. Debemos buscar un significado más que físico.
a) Jesús estaba pensando en la muerte del pecado. Estaba diciendo: “Aunque una persona esté muerta en el pecado, yo puedo hacer que vuelva a estar viva otra vez”.Hay quienes se sumen de tal manera en el hoyo del pecado que están espiritualmente muertos. Pero Jesucristo puede resucitarlos. El testimonio de la Historia es que ha resucitado a millones y millones de personas hundidas en la maldad, y su toque no ha perdido su antiguo poder.
b) Jesús estaba pensando también en la vida venidera. Él trajo la certeza de que la muerte no es el final. Llamamos a este mundo da tierra de los vivientes; pero sería más correcto llamarlo la tierra de los que van a morir... Por Jesucristo sabemos que vamos de camino, no hacia el ocaso, sino hacia el amanecer; sabemos que la muerte es una puerta en el firmamento... En el sentido más auténtico, no vamos de camino hacia la muerte, sino hacia la vida.
Cuando creemos que Dios es como nos ha dicho Jesús, llegamos a estar absolutamente seguros de Su amor, y de que es, por encima de todo, un Dios redentor. El miedo a la muerte se desvanece, porque morir es ir con el gran Amador de las almas humanas.
Así también cuando aceptamos el camino de Jesús; cuando tomamos sus mandamientos como nuestra ley, y cuando nos damos cuenta de que Él está siempre dispuesto a ayudarnos a vivir como Él nos manda, la vida se convierte en algo totalmente nuevo. Está revestida de un nuevo encanto, una nueva delicia, una nueva fuerza.
Cuando creemos en Jesús, cuando aceptamos lo que Él nos dice acerca de Dios y acerca de la vida y nos jugamos el todo por el todo a que es verdad, resucitamos de veras, porque somos liberados del miedo que caracteriza a la vida sin Dios; somos liberados de la frustración que caracteriza a la vida sometida al pecado; somos liberados de la vanidad de la vida sin Cristo. La vida se eleva de la muerte del pecado para llegar a ser la transición a una vida superior.




Lección nº 39:
LA VOZ QUE DESPIERTA A LOS MUERTOS
Juan 11: 28-44

Jesús lloró”
Juan 11: 28-33
Marta volvió a la casa, a decirle a María que había llegado Jesús. Quería darle la noticia en secreto, sin que los visitantes se enteraran, porque quería que María tuviera unos instantes a solas con Jesús antes de que el gentío los rodeara haciéndoles imposible una conversación privada. Pero, cuando los visitantes vieron a María levantarse de prisa y salir, supusieron inmediatamente que se dirigiría a la tumba de Lázaro. Era costumbre, sobre todo entre las mujeres, ir a llorar a la tumba siempre que les era posible.
El saludo de María a Jesús fue exactamente el mismo que el de Marta: si Jesús hubiera llegado a tiempo, Lázaro estaría vivo todavía.
Jesús vio llorar a María y a todos los que estaban en el duelo con ella. Debemos recordar que aquello no sería simplemente que se les saltaban las lágrimas, sino más bien lamentos y chillidos histéricos; porque la manera judía de considerar un duelo era que, cuanto más incontrolado el llanto, tanto mayor honor se confería al difunto.
Es importante destacar que la expresión del v. 33, que se traduce “se estremeció en espíritu” viene del verbo embrimasthai, y que se traduce como “bufar un animal”... Así se podría decir que Jesús dio escape a tal angustia de espíritu que hacía que todo su cuerpo se le conmocionara de temblores... Es decir que se apoderó de Jesús una emoción tan incontrolable que le arrancó gemidos del corazón.
Aquí tenemos una de las cosas más preciosas del Evangelio. Tan profundamente entró Jesús en el dolor humano que la angustia le oprimía y estrujaba el corazón (Isaías 63:9).
Jesús lloró ante el dolor de los amados humanos, irremediablemente condenados al sufrimiento y a la muerte... Su corazón misericordioso no pudo controlar la angustia...
Los griegos creían en un Dios aislado, desapasionado e impasible... ¡Qué imagen tan distinta nos da Jesús de Dios! Nos presenta a un Dios Cuyo corazón se estruja de angustia por la angustia de su pueblo. Lo más grande que hizo Jesús fue traernos la noticia de un Dios que no es insensible.

Una voz que despierta a los muertos
Juan 11: 34-44
Aquí llegamos a la última escena del drama.
Una vez más se nos muestra la figura de Jesús conmocionado de angustia al compartir la angustia del corazón humano. Para los lectores griegos, esa breve frase, “Jesús lloró”, sería lo más alucinante de toda la alucinante historia: que el Hijo de Dios pudiera llorar les parecería increíble.
Debemos conservar en la mente el cuadro de una tumba palestina corriente. Sería, o una cueva natural, o un hueco hecho en la roca. Tendría una entrada en la que se colocaba el féretro al principio. Más al fondo habría una cámara, de unos dos metros de largo, dos y medio de ancho y poco más de alto. Tendría unos ocho espacios cortados en la roca, tres a cada lado y dos enfrente de la entrada, en los que se ponían los cadáveres.
Los cuerpos se envolvían en una mortaja, pero los brazos y las piernas se cubrían aparte con una especie de vendas, y la cabeza también se cubría por separado.
La tumba no tenía puerta; pero delante de la entrada había una ranura por la que se deslizaba una piedra grande para sellar la tumba... Jesús pidió que quitaran la piedra.
A Marta no se le ocurría nada más que una razón para abrir la tumba: que Jesús quería ver el rostro de su amigo por última vez. Marta no podía comprender aquel deseo, que no daría ningún consuelo. Advirtió que Lázaro ya llevaba cuatro días en la tumba... Los judíos creían que el espíritu de los muertos revoloteaba por la tumba cuatro días, buscando una ocasión para entrar en el cuerpo otra vez. Pero después de cuatro días, el espíritu ya se había ido; porque el rostro del difunto estaba tan descompuesto que ya no se podía ni reconocer.
Entonces Jesús dio la orden que hasta la muerte era impotente para resistir, y Lázaro salió. Es alucinante figurarse aquel cuerpo vendado pugnando por salir de la tumba. Jesús les dijo que le desenvolvieran de todos aquellos paños mortuorios, y le dejaran moverse con libertad.

Hay ciertas cosas que debemos notar.

a) Jesús oró.
El poder que fluía por Él no tenía su origen en Él, sino en Dios: “Los milagros -decía Godet- son simplemente oraciones contestadas”...

b) Jesús buscaba sólo la gloria de Dios.
No hizo aquello para glorificarse a sí mismo... Recordemos que cuando el profeta Elías tuvo su épica contienda con los profetas de Baal, oró: “Respóndeme, Señor, respóndeme, para que este pueblo reconozca que Tú eres el único Dios” (1 Reyes 18:37).

Todo lo que hacía Jesús era debido al poder de Dios y diseñado para la gloria de Dios.
¡Qué diferente somos a menudo nosotros! Hacemos las cosas en nuestro propio poder, y para nuestro prestigio...
Posiblemente habría más maravillas en nuestras vidas también si dejáramos de actuar por nosotros mismos y le diéramos a Dios el lugar central que le corresponde.




Lección nº 40:
EL COMPLOT
Juan 11: 45-57

Una dramática ironía...
Juan 11: 45-53
Las autoridades judías se nos retratan aquí gráficamente. El maravilloso suceso de Betania los obligó a intervenir; era imposible seguir dejando actuar a Jesús, porque todo el pueblo acabaría por seguirle. Así es que se reunió el sanedrín para resolver aquella situación.
En el sanedrín estaban tanto los fariseos como los saduceos.
Los fariseos no eran un partido político; su único interés era vivir de acuerdo con la ley en todos sus detalles, y no les importaba quién los gobernaba, con tal de que les permitiera seguir su obediencia meticulosa a la ley.
Por otra parte estaban los saduceos, que eran intensamente políticos. Eran el partido aristocrático y rico; y eran el partido colaboracionista: con tal que se les permitiera retener sus riquezas, comodidades y posición de autoridad, estaban dispuestos a colaborar con Roma.
Todos los principales sacerdotes eran saduceos. Y está claro que eran ellos los que dominaban el sanedrín. Juan nos los retrata con unas pocas pinceladas magistrales. Primero, eran declaradamente descorteses, arrogantes, y torpes en su trato hacia los demás... Su arrogancia despectiva está en contraste implícito con los acentos de amor de Jesús.
Segundo, la única cosa que interesaba realmente a los saduceos era retener su poder y prestigio político y social, por eso lo que ellos temían era que Jesús consiguiera muchos seguidores y provocara un conflicto con el gobierno.
Los romanos eran tolerantes en muchas cosas; pero, con un imperio tan extenso que gobernar, no podían permitir desórdenes civiles, que siempre sofocaban con mano firme y cruel.
Si Jesús fuera el causante de un desorden civil, Roma se echaría encima con todo su poder, y no cabía la menor duda de que los saduceos perderían su posición de autoridad... A ellos nunca se les ocurrió preguntarse si Jesús tendría o no razón.
Así es que los saduceos insistían en que había que eliminar a Jesús, porque si no los romanos se les echarían encima y les quitarían sus privilegios.
A pesar de ellos, en el año 70 d.C. los romanos, cansados de la testarudez judía, sitiaron Jerusalén, y la convirtieron en un montón de ruinas, llagando hasta a pasar simbólicamente el arado por el área del templo.
¡Qué diferentes podrían haber sido las cosas si los judíos hubieran aceptado a Jesús!... Los mismos pasos que dieron para salvar a su nación la condujeron a la ruina.
Esta destrucción tuvo lugar en el año 70 d.C.; el evangelio de Juan se escribió hacia el año 100 d.C.; este suceso trágico era bien conocido y recordado por lo que todos los que lo leyeran descubrirían la ironía dramática en las palabras de los saduceos.
Entonces el sumo sacerdote Caifás dijo aquellas palabras de doble filo (v. 49 y 50)... Los judíos creían que, cuando el sumo sacerdote buscaba el consejo de Dios para la nación, Dios hablaba por medio de él.
Aquí tenemos un ejemplo tremendo de ironía dramática. Lo que Caifás quería decir era que era mejor que muriera Jesús antes de que hubiera problemas con los romanos.
Era verdad que Jesús había de morir para salvar a la nación, pero no en el sentido que decía Caifás. Era verdad de una manera mucho más maravillosa. Dios puede hablar por los medios menos imaginables.
Algunas veces puede mandar su mensaje por medio de alguien que ni siquiera sabe lo que está diciendo. Puede usar hasta las palabras de un hombre malo...
Jesús había de morir por la nación de Israel, y también por todo el pueblo de Dios esparcido por todo el mundo.
La Iglesia Primitiva hizo un uso muy hermoso de estas palabras y se recordaba así al partir el pan en la Cena del Señor... Algún día los miembros dispersos de la Iglesia estarán unidos en un solo Cuerpo. Eso es algo que debemos pensar cuando vemos el pan partido en la Mesa del Señor.

Fuera de la ley
Juan 11: 54-57
Jesús no jugaba con el peligro innecesariamente. Estaba dispuesto a entregar su vida, pero no a malgastarla temerariamente antes de terminar su obra. Así es que se retiró a un pueblo que se llamaba Efraín, que estaba cerca de Belén, en el país montañoso al Norte de Jerusalén (2 Crónicas 13:19).
Para entonces ya empezaba Jerusalén a llenarse de gente.
Antes de participar en ninguna fiesta, los judíos tenían que purificarse ritualmente; y la impureza se podía contraer al tocar un numero considerable de cosas y personas. Muchos de los judíos, por tanto, se adelantaban para llegar a la ciudad a tiempo para hacer las ofrendas necesarias y realizar los rituales para estar seguros de que estaban limpios.
Estas purificaciones se llevaban a cabo en el templo. Requerían tiempo; y, mientras esperaban, los judíos se reunían en grupitos expectantes. Sabían lo que pasaba. Sabían de la contienda entre Jesús y las autoridades; y la gente siempre está interesada en el que se enfrenta valientemente corriendo riesgos imprevisibles...
Se preguntaban si aparecería en la fiesta; y concluyeron que no le sería posible... Pero habían malvalorado a Jesús. Cuando llegara su hora para aparecer, no habría poder en la Tierra que se lo impidiera.
De la misma manera el cristiano no debe temer a las consecuencias de hacer lo que debe... Mas bien deberíamos temer a las consecuencias de no hacer lo que debemos hacer...
Por los últimos versículos del capítulo sacamos la impresión de que, para este tiempo, Jesús ya estaba catalogado como un fuera de la ley.
Puede que las autoridades judías hubieran ofrecido una recompensa por la información que condujera a su detención, y que eso fuera lo que buscaba, y obtuvo, Judas, el traidor...
Juan nos habrá de contar que a pesar de todo, Jesús fue a Jerusalén. Y no furtivamente, por las callejuelas escondidas; sino abiertamente, y de tal manera que atrajo la atención de todo el mundo.
Se podrá decir lo que se quiera de Jesús; pero hay que inclinarse de admiración ante su valor, que desafiaba a la muerte.
En aquellos últimos días de su vida se comportó como el más valeroso fuera-de-la-ley de todos los tiempos.




Lección nº 41:
EL AMOR SUBLIME...
Juan 12: 1-8

Una cena de amigos
Juan 12: 1-2
Jesús estaba llegando al final de su vida en la Tierra. El ir a Jerusalén para la Pascua fue una acción del más extraordinario valor, porque las autoridades ya le habían proclamado fuera de la ley... Tan considerable era el gentío que llegaba a Jerusalén para la Pascua que no podían todos conseguir alojamiento en la ciudad, y Betania era uno de los lugares fuera de los límites de la ciudad que la ley establecía como aptos para admitir el exceso de peregrinos.
Cuando Jesús llegó a Betania, sus amigos le organizaron una cena. Debe de haber sido en la casa de Marta y María y Lázaro; porque, ¿en qué otra casa iba a estar Marta sirviendo sino en la suya?

Una ofrenda de amor y una actitud mezquina
Juan 12: 3-6
Fue entonces cuando a María se le desbordó el corazón de amor. Tenía una libra de perfume de nardo muy costoso; una clase de perfume muy apreciada... Con este perfume, María ungió los pies de Jesús, pero Judas, mezquinamente, interpretó su acción como un derroche innecesario.
Jesús le atajó diciéndole que a los pobres siempre se les podía dar dinero, pero la amabilidad que se había tenido con El tenía que ser entonces, porque más adelante ya no habría oportunidad.
Aquí tenemos toda una serie de bocetos de personajes.
-Tenemos a Marta. Estaba sirviendo a la mesa. Amaba a Jesús; era una mujer práctica: su manera natural de mostrar amor era con la labor de sus manos. Marta daba siempre todo lo que podía. Muchísimos grandes hombres han llegado a ser lo que fueron gracias al cuidado cariñoso de alguna persona así que tenían en el hogar... Es tan posible servir a Jesús en la cocina como en el púlpito o en cualquier otro lugar.
-Tenemos a María. Por encima de todo, amaba a Jesús; y aquí, en su gesto, vemos tres características del amor.
a) Vemos el exceso del amor. María trajo lo más precioso que tenía, y se lo gastó todo en Jesús. El amor no es amor si calcula meticulosamente el precio. Da su todo, y lo único que lamenta es no tener todavía más que dar.
b) Vemos la humildad del amor. Era conferir un honor el ungir la cabeza de una persona, pero María no se atrevía a llegar a la altura de la cabeza de Jesús, y le ungió los pies.
c) Vemos la naturalidad del amor. María le secó los pies a Jesús con sus propios cabellos. En Palestina, ninguna mujer respetable aparecería en público con el cabello suelto. El día de su boda, una chica se sujetaba el cabello y ya nunca se dejaba ver en público con el cabello suelto. Eso habría hecho que se la identificara con una mujer inmoral. Pero a María ni siquiera se le ocurrió pensarlo... María amaba a Jesús tanto que no le podía importar menos lo que pensaran o dijeran otros.
d) Pero hay algo más aquí acerca del amor. Juan lo expresa diciendo: “Y la casa se llenó de la fragancia del perfume”... Muchos comentaristas han visto aquí un doble sentido; lo han tomado como diciendo que toda la Iglesia se llenó del recuerdo agradable de la buena acción de María. Una buena acción se convierte en un tesoro para todo el mundo y añade belleza a la vida; algo que el tiempo no puede destruir.
-Tenemos a Judas. Aquí se nos revelan tres cosas acerca del misterio de su persona.
a) Vemos la confianza que tenía Jesús en él. Desde tan atrás como Juan 6:70-71, Juan nos presenta a Jesús plenamente consciente de que había un traidor en sus filas. Bien puede ser que tratara de ganarse el corazón de Judas poniéndole de tesorero de la compañía apostólica... A menudo, la mejor manera de recuperar a alguien que va por mal camino es tratarle, no con
suspicacia, sino con confianza; como si se esperara de esa persona, no lo peor, sino lo mejor.
b) Vemos una de las leyes de la tentación. Jesús no habría puesto a Judas a cargo de la caja a menos que tuviera ciertas cualidades... Si uno tiene una cierta habilidad para manejar el dinero, su tentación puede venirle por considerar que el dinero es la cosa más importante del mundo. Si una persona está dotada para ocupar un lugar prominente, puede que le venga la tentación de poner su reputación por encima de todo... Judas tenía la habilidad de manejar dinero, y tanto se aficionó a ello que se volvió, primero, un ladrón, y luego un traidor. La tentación le asaltaba en lo que constituía su talento y su responsabilidad especial.
c) Vemos cómo se pueden deformar las ideas de una persona. Judas acababa de presenciar una acción de insuperable encanto, y la consideró un despilfarro injustificado. Era un amargado, y lo veía todo con amargura... Lo que uno ve depende de lo que lleva dentro.


Una advertencia sobre las oportunidades
Juan 12: 7-8
Aquí encontramos una gran verdad acerca de la vida. Algunas cosas las podemos hacer cuando queramos; pero otras, no las haremos jamás si desperdiciamos la ocasión que se nos presenta. Sentimos el deseo de hacer algo bueno, hermoso, generoso y noble. Si lo aplazamos, o lo dejamos para mañana, aquel buen impulso se retira, y no lo hacemos nunca... Pensamos decir unas palabras de gratitud, de aprecio o de amor, pero lo dejamos para más adelante; y a menudo ya no lo decimos. Hay un tiempo para hacer y para decir cosas; y, cuando se pasa, puede que ya no se digan ni hagan nunca.
La objeción malhumorada de Judas era que el dinero de ese perfume se podía haber dado a los pobres, pero el ayudar a los pobres es algo que se puede hacer en cualquier tiempo.
Mostrar la devoción del corazón a Jesús tenía que hacerse antes que le recibiera la Cruz del Calvario en sus crueles brazos...
Por eso acordémonos de hacer las cosas ahora, porque la oportunidad rara vez se presenta otra vez; y el no haberlas hecho, especialmente el no haber expresado el amor, trae amargos remordimientos.




Lección nº 42:
UN NUEVO COMPLOT Y UNA ENTRADA TRIUNFAL
Juan 12: 9-19

Queriendo destruir la evidencia
Juan 12: 9-11
A los líderes de los judíos se les estaban poniendo las cosas imposibles. Este era principalmente el caso de los saduceos, a cuyo partido pertenecían todos los sacerdotes, que eran los que, como ya vimos, tenían más que perder.
En primer lugar los amenazaba desde el punto de vista político. Los saduceos eran la aristocracia adinerada, y trabajaban en estrecha colaboración con el gobierno romano... Los romanos concedían a los reinos sometidos una medida considerable de libertad; pero al más ligero desorden civil, les caía encima con todo su peso la mano de Roma. Ellos veían en Jesús al líder en potencia de una rebelión. Se estaba apoderando de los corazones del pueblo...
En segundo lugar lo consideraban teológicamente intolerable. Al contrario que los fariseos, los saduceos no creían en la resurrección de los muertos; y ahora se veían con un tal Lázaro, que había resucitado. A menos que hicieran algo, los cimientos de su poder, su influencia y su enseñanza se estaban resquebrajando bajo sus propios pies.
Así es que decidieron destruir la evidencia eliminando también a Lázaro... Los saduceos estaban dispuestos a suprimir la verdad para defender sus intereses.
Para muchas personas, el propio interés es el motivo más poderoso de la vida. La persona que tiene miedo de la verdad y coloca su prestigio y provecho propio por encima de ella se encuentra sin duda en una situación lamentable.

La bienvenida al Rey
Juan 12: 12-19
La Pascua, Pentecostés y Tabernáculos eran las tres fiestas de guardar de los judíos. Para la Pascua venían a Jerusalén judíos de todo el mundo. Dondequiera que viviera un judío, su ambición era celebrar una Pascua en Jerusalén.
Por entonces, Jerusalén y todos los pueblos de alrededor estaban abarrotados de peregrinos... Se ha calculado que se habría superado largamente el millón de personas y se habían divulgado noticias y rumores de que Jesús, el que había resucitado a Lázaro, estaba de camino hacia Jerusalén.
Había dos multitudes: la que acompañaba a Jesús desde Betania, y la que salió a su encuentro de Jerusalén; y deben de haber confluido juntas como una doble marea de la mar...
Jesús llegaba cabalgando en un borriquillo. Cuando la gente le encontraba, le recibía como a un conquistador. Y la vista de la tumultuosa bienvenida sumió a las autoridades en las profundidades de la desesperación; porque parecía que nada de lo que ellos hicieran podía detener la avalancha de los seguidores de Jesús.
Este incidente es tan importante que debemos hacer todo lo posible para comprender qué fue exactamente lo que sucedió:
-Algunos de la multitud no eran más que espectadores; muchos habían salido, sencillamente, a ver a una figura sensacional. Siempre es posible atraer gente por un tiempo con sensacionalismo y una publicidad astuta; pero no suele durar. Muchos de los que aquel día consideraban a Jesús sensacional, aquella misma semana pedirían su muerte.
-Muchos de la multitud vitoreaban a Jesús como a un conquistador. En el fondo, esa era la atmósfera dominante de toda la escena. La saludaban con las palabras: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, que es el Rey de Israel!” La palabra Hosanna quiere decir en hebreo ¡Salva ahora!; y el grito de la gente era casi precisamente el equivalente de: “¡Dios salve al Rey!”
Las palabras con las que dieron la bienvenida a Jesús son iluminadoras. Son una cita del Salmo 118:25-26. Ese salmo tenía muchas referencias que debían estar presentes en la mente de la mayoría. Era el último salmo del grupo conocido como Hallel (113-118). La palabra hallel quiere decir ¡Loado sea Dios!, y estos son salmos de alabanza... Sin duda, cuando la multitud cantaba ese salmo, estaba dando la bienvenida a Jesús como el Libertador Ungido por Dios, el Mesías esperado. Y no hay duda de que le recibían como conquistador... Para ellos sería una cuestión de tiempo el que sonaran las trompetas llamando a las armas, y la nación de Israel se lanzaba a la tan esperada victoria sobre Roma y el mundo entero. Jesús se dolería profundamente, porque le veían precisamente como lo que Él había rehusado ser.
-En una situación semejante está claro que Jesús no se podía dirigir a la multitud. No habría podido alcanzar con su voz a una audiencia tan extensa y enfervorizada; así es que hizo algo que todo el mundo podía ver: entró en Jerusalén montado en un borriquillo.
Aquello tenía dos significados.
a) Primero: era presentarse claramente como el Mesías. Fue una representación dramática de las palabras del profeta (Zacarías 9:9). Al cumplir así la profecía, Jesús se presentaba como el Mesías sin dejar lugar a ninguna clase de dudas.
b) Pero, segundo: se presentaba como un Mesías de una cierta clase. No debemos malentender esta escena. Entre nosotros, el asno es un animal pobre y despreciado, pero en el Este se le consideraba noble... El sentido es que un rey se presentaba montado a caballo cuando iba en son de guerra, pero en un asno cuando iba en son de paz. La acción de Jesús era una señal de que Él no era el guerrero que muchos soñaban, sino el Príncipe de Paz.
Nadie lo comprendió así entonces, ni siquiera sus discípulos, porque ellos esperaban al Mesías de sus sueños de grandeza y de sus fantasías nacionalistas; no esperaban al Mesías que Dios les habían enviado. Jesús trazó un cuadro dramático de lo que Él pretendía ser; pero nadie entendió su simbolismo.
-Entre bastidores estaban las autoridades judías. Se sentían fracasados y desesperados: nada de lo que pudieran hacer parecía bastar para detener el impacto de Jesús. Decían “¡Todo el mundo se va tras El!”
En este dicho de las autoridades tenemos otro ejemplo de la ironía dramática en la que Juan es un maestro. No hay otro autor en el Nuevo Testamento que pueda decir más con menos palabras... Fue porque Dios amó tanto al mundo por lo que Jesús vino al mundo; y aquí, sin darse cuenta del alcance de sus palabras, sus enemigos están diciendo que el mundo entero se va tras Él.
Las autoridades judías estaban diciendo algo que era mucho más verdad de lo que ellos pensaban.
No podemos dar por terminado nuestro estudio de este pasaje sin hacer referencia al detalle más sencillo y más conmovedor de todos. Rara vez, si alguna, se ha producido en toda la Historia de la humanidad un despliegue tan magnífico de valentía consciente como la de Jesús en la Entrada Triunfal. Debemos tener presente que Jesús era ya un fuera de la ley, y que las autoridades estaban decididas a acabar con Él. La prudencia más elemental habría bastado para aconsejarle que se diera la vuelta y se refugiara en Galilea o en el desierto.
Si tenía que entrar en Jerusalén de todas formas, la precaución más elemental le habría exigido hacerlo de incógnito y buscándose escondites bien seguros.
Pero Jesús entró en Jerusalén de tal manera que todas las miradas se enfocaron en su persona. Fue una acción de valor superlativo porque desafiaba a todo lo que la humanidad le pudiera hacer; y fue la acción de amor más superlativo, porque fue la última manifestación de su amor antes del final.




Lección nº 43:
LA SORPRENDENTE PARADOJA
Juan 12: 20-26

Unos griegos buscan a Jesús
Juan 12: 20-22
Ninguno de los otros evangelios nos relata este incidente; pero es muy significativo que nos lo encontremos en el de Juan. Este evangelio fue el que se escribió especialmente para presentar la verdad del Evangelio de manera que los griegos la pudieran entender y aceptar; así que es natural que sea en este evangelio en el que nos encontremos la historia de los primeros griegos que vinieron a Jesús.
Los griegos eran peregrinos llevados de acá para allá por el deseo de descubrir cosas nuevas... Por eso no hay que sorprenderse de encontrar un grupo de espectadores griegos ni siquiera en Jerusalén.
Pero los griegos eran más que eso. Eran buscadores de la verdad por encima de todo. No era raro encontrar a un griego que hubiera pasado de una escuela filosófica a otra, y de una religión a otra, y de un maestro a otro en busca de la verdad. Los griegos eran buscadores natos.
¿Cómo habrían llegado aquellos griegos a saber de Jesús y a tener interés en Él? Fue probablemente en la última semana de su ministerio, como nos dicen los otros tres evangelios, cuando Jesús purificó el templo y barrió de allí a los cambistas y a los vendedores de animales. Ahora bien, aquellos traficantes ponían sus puestos en el Atrio de los Gentiles, que era el mayor y el primero de todos los atrios del templo, y del que no podían pasar los gentiles bajo pena de muerte. Estos griegos que habían ido a Jerusalén en el tiempo de la Pascua no podrían por menos de visitar el templo, y se encontrarían en el atrio de los Gentiles. Tal vez habían presenciado aquella escena terrible de la expulsión de los comerciantes de aquel mismo atrio; y tal vez querían saber más del hombre que era capaz de hacer tales cosas.
En cualquier caso y fuera donde fuera, este es uno de los grandes momentos de la historia evangélica, porque aquí se nos insinúa tímidamente por primera vez que el Evangelio había de llegar a todo el mundo.
Los griegos se dirigieron con su petición a Felipe en primer lugar. ¿Por qué a Felipe? No lo podemos decir con seguridad; pero es posible que fuera porque el nombre Felipe es griego, y tal vez pensaron que uno que se llamara así los trataría con comprensión. Sin embargo, Felipe no sabía qué hacer, y fue a consultárselo a Andrés. Andrés no tenía la menor duda en esos casos, y los llevó a Jesús.
Andrés ya había descubierto por aquel entonces que no había nadie que pudiera ser una molestia para Jesús. Sabía que Jesús no le volvería la espalda a ningún sincero buscador.

Una sorprendente paradoja
Juan 12: 23-26
Sería difícil encontrar otras palabras de Jesús en el Nuevo Testamento que les produjeran un desencanto tan grande como estas a los que las oyeran por primera vez. Empiezan de una forma que sería lo primero que cualquiera podría esperar; pero acaban diciendo precisamente lo contrario.
Estaba claro que las cosas habían ido conduciendo a una crisis, y que esa crisis había llegado a producirse. Pero la idea que tenía Jesús de lo que esa crisis implicaba era totalmente distinta de la que tenían los demás.
Cuando Jesús hablaba del Hijo del Hombre... Para los judíos este término que procedía del libro de Daniel (Daniel 7: 1-8), hacía referencia a un enviado de Dios que les pondría por encima de todas las naciones, en lo que ellos llamaban la edad de oro que abriría el camino para el imperio universal de los judíos.
Así que cuando Jesús dice: “Ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre ha de ser glorificado”, sus oyentes creerían que la trompeta de la eternidad había sonado, que el poder del Cielo estaba en marcha y que la campaña victoriosa ya había comenzado.
Pero Jesús no quería decir eso cuando hablaba de ser glorificado; por glorificado Jesús entendía crucificado. Cuando se mencionó al Hijo del Hombre glorificado, ellos entendieron la conquista llevada a cabo por los ejércitos de Dios; pero Jesús se refería a la conquista de la Cruz.
La primera frase de Jesús inflamaría los corazones de los oyentes; a continuación siguió una serie de dichos que los dejarían confusos y perdidos, porque les resultarían incomprensibles o increíbles; porque hablaban, no en términos de conquista, sino de sacrificio y muerte.
Nunca entenderemos a Jesús, ni la actitud de los judíos hacia Él, hasta que nos demos cuenta de que Jesús puso al revés todas las ideas que ellos tenían, cambiando un sueño de conquista en la visión de la Cruz.
¿Cuál era la sorprendente paradoja que Jesús estaba enseñando? Estaba diciendo tres cosas, que son variantes de una verdad central de la fe y de la vida cristiana.
a) Estaba diciendo que sólo por medio de la muerte viene la vida. El grano de trigo es ineficaz e improductivo mientras se conserve seguro y a salvo. Es cuando se arroja a la tierra y se entierra como en una tumba cuando lleva fruto... Asi es que sólo cuando sepultamos los intereses y las ambiciones personales cuando empezamos a serle útiles a Dios para algo.
b) Estaba diciendo que la única manera de no perder la vida es darla. El que ama su propia vida está movido por dos motivos: el egoísmo y el deseo de seguridad. No una ni dos, sino muchas veces insistió Jesús en que el que atesora su vida acaba por perderla, y el que la entrega es el que al final la conserva. (Marcos 8:35; Mateo 16:25; Lucas 9:24; Mateo 10:39; Lucas 17:33).
El mundo se lo debe todo a los que se consumieron entregándose a sí mismos sin reservas a Dios y a sus semejantes. Probablemente existiremos algo más de tiempo si nos tomamos las cosas con calma, si nos evitamos las tensiones, si nos sentamos cómodamente y nos cuidamos de nosotros mismos. Puede que así existiéramos más tiempo pero no viviríamos.
c) Estaba diciendo que la grandeza no se obtiene más que mediante el servicio. Las personas que el mundo recuerda con amor son las que han servido a los demás.

Jesús vino a los judíos y al mundo con una nueva visión de la vida. Ellos consideraban la gloria como conquista, adquisición y poder; como el derecho a mandar. Él la veía como una Cruz. El le enseñó a la humanidad que la vida sólo viene mediante la muerte; que sólo cuando la entregamos conservamos la vida; que la verdadera grandeza está en el servicio.
Y lo más sorprendente es que, cuando nos ponemos a pensarlo un poco, la paradoja de Cristo no es, en el fondo, más que la verdad del sentido común.




Lección nº 44:
JESÚS, SU MISIÓN Y LA LUZ...
Juan 12: 27-36

Su misión hasta el fin y la Voz de Dios
Juan 12: 27-30
Juan nos muestra en este pasaje la tensión de Jesús y su triunfo; y también nos descubre qué fue lo que cambió aquella tensión en el triunfo final.
Juan nos muestra a Jesús peleando la batalla con su anhelo humano de evitar la Cruz. Nadie quiere morir a los treinta y tres años, y nadie quiere morir en una cruz.
Pero no habría tenido ningún mérito la obediencia de Jesús a su Padre si le hubiera resultado fácil y no le hubiera costado nada. El verdadero valor no quiere decir que no se tenga miedo: el verdadero valor es que, aunque se tenga un miedo terrible, se hace lo que se debe hacer... Ese era el valor de Jesús.
La voluntad de Dios quería la Cruz, y Jesús tenía que vencerse a sí mismo para aceptarla.
Pero al final de la lucha ya no queda tensión, sino victoria y seguridad.
Jesús estaba seguro de que, si seguía adelante, algo sucedería que acabaría con el poder del mal de una vez para siempre; si era obediente hasta la Cruz, estaba seguro de que el golpe mortal le sería asestado al príncipe de este mundo, Satanás. Iba a ser la última batalla que quebrantaría para siempre el poder del mal. Además, estaba seguro de que, si iba a la Cruz, la visión de su figura elevada y crucificada atraería hacia Él a toda la humanidad.
Jesús también anhelaba la victoria; Él también quería vencer al enemigo; Él también quería que todo se le sometiera; pero sabía que la única forma de conquistar los corazones humanos para siempre era mostrárseles en la Cruz.
Empezó con tensión; acabó con triunfo.
¿Qué hubo entre la tensión y el triunfo para obrar aquel cambio?
La voz del Padre...
Detrás de la llegada de la voz de Dios Padre subyace algo grande y profundo.
Hubo un tiempo en que los judíos creían que Dios hablaba directamente a las personas. Fue así como Dios habló al niño Samuel (1 Samuel 3:1-14); habló directamente a Elías cuando iba huyendo de la vengativa Jezabel (1 Reyes 19:1-18)...
Pero en el tiempo de Jesús se había dejado de creer que Dios hablara directamente. Los grandes días habían pasado; Dios estaba ya demasiado lejos; la voz que había hablado a los profetas estaba callada. Pero no fue el eco de una voz lo que Jesús oyó, ni una ilusión... Fue la voz de Dios mismo. Lo que viene a la humanidad con Jesús no es el eco de algún susurro distante de los lugares celestiales, sino el acento inconfundible de la voz del Padre.
Hay que fijarse en que la voz de Dios le llegó a Jesús en todos los grandes momentos de su vida: en su bautismo, cuando salió a hacer la obra que Dios le había encargado (Marcos 1:11); en el monte de la Transfiguración, cuando Jesús hizo la decisión de seguir el camino que le llevaría a Jerusalén y a la Cruz (Marcos 9:7); y en este momento, cuando su humanidad necesitaba la ayuda divina para el suplicio de la Cruz...
Lo que Dios hizo por Jesús lo hace por cualquiera de sus hijos... Cuando nos pone en camino, no nos envía sin instrucciones ni dirección clara. Cuando nos asigna una tarea, no nos abandona para que la hagamos en la debilidad solitaria de nuestras propias fuerzas. Dios no es mudo; y una y otra vez, cuando la tensión de la vida es demasiado para nosotros, y el esfuerzo que requiere su camino está por encima de nuestros recursos humanos, si escuchamos le oiremos hablar, y su fuerza inundará nuestra persona.
Nuestro problema no es que Dios no nos hable, sino que no le queremos escuchar.

El Hijo del Hombre y la Cruz
Juan 12: 31-34
Jesús anunció que, cuando fuera levantado de la tierra, atraería a sí a toda la humanidad.
Jesús, obviamente, se refería a la Cruz; y sus oyentes lo entendieron así.
Y ellos, una vez más, inevitablemente, reaccionaron con sorpresa incrédula. ¿Cómo se podía relacionar al Hijo del Hombre con una cruz? ¿No era el Hijo del Hombre el General invencible de los ejércitos del Cielo? ¿No iba a durar su reino para siempre? (Daniel 7:14)... ¿No había dicho Isaías del Emperador del nuevo mundo: “Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límites... desde ahora y para siempre”? (Isaías 9:7). Los judíos relacionaban al Hijo del Hombre con el Reino eterno; y aquí estaba Jesús, que pretendía ser el Hijo del Hombre, diciendo que sería levantado en una cruz. ¿Quién era ese Hijo del Hombre cuyo Reino iba a terminar antes de empezar?
La Historia nos demuestra que Jesús tenía razón. Fue en el imán de la Cruz donde concentró todas sus esperanzas. Y tenía razón, porque el amor vivirá para siempre después que haya muerto el poder de los hombres...
Los imperios basados en la fuerza de sus ejércitos se han desvanecido y se desvanecerán, dejando una memoria que también se desvanece en un breve tiempo. Pero el Imperio de Cristo, basado en el amor que se manifestó en la Cruz, extiende más y más sus fronteras de día en día.
El Mesías conquistador judío es el sueño nacionalista de un pueblo; pero el Príncipe del Amor en la Cruz es el Rey que llega a todos los corazones humanos para reinar en ellos para siempre.
El único fundamento estable del Reino es el amor que Jesús manifiesta en su obediencia hasta la muerte, y muerte de Cruz.

Hijos de luz
Juan 12: 35-36
Hay en este pasaje una promesa y una advertencia implícitas que no están nunca muy lejos del corazón de la fe cristiana.
a) Está la promesa de la luz.
La persona que camina con Jesús se libra de las sombras. Hay ciertas sombras que se proyectan más tarde o más temprano sobre las vidas de las personas...
Está la sombra del temor. A veces nos da miedo mirar hacia adelante. A veces, especialmente cuando vemos el daño que han hecho a otros, tenemos miedo de los azares y avatares de la vida.
Están las sombras de la duda y de la inseguridad. A veces el camino que tenemos por delante está poco claro, y nos sentimos como los que andan a tientas entre las sombras, sin nada a que asirse.
Están las sombras de la aflicción. Más tarde o más temprano el dolor llega y es como que se nos pone el sol al mediodía, y todo se oscurece...
Pero la persona que camina con Jesús está libre del temor; está libre de la duda, y tiene un gozo que nada ni nadie le puede quitar.
b) Está la advertencia implícita.
La decisión de confiarle la vida y todas las cosas a Jesús, de tomarle como Maestro y Guía y Salvador, hay que hacerla a tiempo.
En la vida hay que hacer todas las cosas a tiempo, o no se harán. Hay trabajos que no podemos hacer más que cuando tenemos la fuerza física para hacerlos. Hay estudios que hay que acometer cuando se tiene la mente despierta y la memoria retentiva suficiente. Hay cosas que se han de decir o hacer a tiempo, o se nos pasará la oportunidad...
Y así sucede con Jesús. En el preciso momento en que Él estaba diciendo esto, estaba invitando a los judíos a confiar en Él antes que llegara la Cruz y Él les fuera arrebatado.
Esta es una verdad eterna: en Cristo se nos ofrece la suprema oportunidad de reconciliarnos con Dios; y no es menos cierto que se ha de aceptar a tiempo...




Lección nº 45:
INCREDULIDAD Y JUICIO
Juan 12: 37-50
Ciega incredulidad
Juan 12: 37-41
Este pasaje ha causado mucha perplejidad a muchas personas.
Juan cita dos pasajes de Isaías.
El primero está tomado de Isaías 53:1-2. En él, el profeta pregunta si hay alguien que haya creído lo que él ha estado predicando, y si hay alguien que se haya dado cuenta del poder de Dios que se ha revelado...
Pero es el segundo pasaje el que más nos inquieta. El original está en Isaías 6:9-10...
Este pasaje recorre todo el Nuevo Testamento: se lo cita o refleja en Mateo 13:14-15; Marcos 4:12; Lucas 8:10; Romanos 11:8; 2 Corintios 3:14; Hechos 28:27.
Lo terrible e inquietante es que parece decir que la incredulidad humana se debe a la voluntad de Dios; como que Dios ha ordenado que ciertas personas no crean ni puedan creer.
Es claro que de cualquier manera que expliquemos este pasaje, es imposible creer que el Dios que nos ha revelado Jesús hiciera imposible el que sus hijos creyeran.
Aquí hay que decir dos cosas.
a) Debemos intentar introducirnos en la mente y el corazón de Isaías.
Él había proclamado la palabra de Dios con todo lo que tenía y era; y el pueblo se había negado a escuchar... Las palabras de Isaías brotan de un corazón herido. Son las palabras de un hombre destrozado por el hecho de que su mensaje parecía hacer más daño que bien, hacer al pueblo peor en vez de mejor. Entender estas palabras con un frío literalismo es no entenderlas en absoluto.
La revelación divina a través del profeta confrontó a sus oyentes a la verdad... Pero ellos no creyeron a pesar de la entrega del siervo que Dios había escogido. El dicho de Isaías nos muestra
a un Dios que habiendo hecho todo para que ellos se arrepintieran, viendo la dureza de su corazón, les deja abandonados a su suerte. Es que con el amor de Dios no podemos jugar; y aunque Él sea misericordioso, también es justo y debe dar a cada quien según cada uno haga con su Palabra... Fue esto lo que ocurrió con Faraón cuando la Biblia dice que “Dios endureció su corazón”; y es esto mismo lo que ocurrirá con aquellos que rechacen el amor de Dios ofrendado plenamente en la Cruz del Calvario a través de su Único Hijo.
Son los hombres con los que Dios ya nada puede hacer...
b) Pero hay otra cosa. Los judíos creían firmemente que Dios estaba detrás de absolutamente todo. Creían que nada podría suceder fuera de la voluntad de Dios.
Llevado al extremo, eso hacía a Dios responsable de que el pueblo no aceptara su mensaje, y que su incredulidad estuviera en el plan de Dios...
Para decirlo de manera más actual y conforme con nuestra manera de pensar, no diríamos que la incredulidad es el plan de Dios, pero sí que Dios, en su sabia Providencia, puede usar hasta la incredulidad humana para su propósito de amor. Así lo entendió Pablo: vio que Dios había usado la incredulidad de los judíos para que el Evangelio se predicara a los gentiles.

Debemos comprender que este pasaje no dice que Dios predestinó a ciertas personas a la incredulidad, sino que ni siquiera la incredulidad humana puede hacer fracasar el propósito eterno de Dios. Aquellos judíos no creyeron en Jesús; eso no fue culpa de Dios, sino de ellos; pero hasta eso tiene su lugar en el esquema divino... Dios, a pesar del tozudo rechazo de muchos, ha seguido y seguirá adelante con su plan para salvar a todos.
Cualquiera abandonaría sus buenas intenciones al vislumbrar tanto rechazo... Pero Dios es tan grande que no hay nada en el mundo, ni siquiera el pecado, que pueda hacer fallar su plan de Salvación.
Él deja atrás a quienes le rechacen con ciega incredulidad, y sigue adelante buscando a aquellos que habrán de creer...

Una fe cobarde
Juan 12: 42-43
Jesús no se encontró sólo con oídos sordos; había algunos, incluso entre las autoridades, que creían en lo secreto de su corazón; pero tenían miedo de confesar su fe porque no querían arriesgarse a que los excomulgaran de la sinagoga.
Esas personas estaban intentando lo imposible: ser discípulos secretos; porque el Señor espera que le confesemos públicamente para que Él nos confiese delante de su Padre...
Estos judíos cobardes temían que, si se declaraban seguidores de Jesús, saldrían perdiendo.
Es curioso hasta qué punto mucha gente tiene una escala de valores errónea. Una y otra vez han dejado de identificarse con una gran causa porque incidía en sus mezquinos intereses... Y estos gobernantes judíos eran un poco así también. Sabían que Jesús tenía razón; que sus compañeros de gobierno estaban tratando de destruir a Jesús y todo lo que El quería hacer; pero no estaban dispuestos a correr riesgos manifestándose públicamente por Él... Habrían tenido que sufrir ostracismo, tanto social como religioso. Aquello les parecía un precio excesivo; así que vivieron una mentira por no ser capaces de vivir la verdad.
Con una frase gráfica Juan diagnostica la posición de aquella gente: “Les importaba más estar a bien con la gente que con Dios”.
La verdadera sabiduría y prudencia consiste en valorar más el que Dios tenga una buena opinión de nosotros que el que la tenga la gente. Siempre será mejor estar a bien con la eternidad que por un poco de tiempo.

El juicio de su Palabra
Juan 12: 44-50
Según Juan, estas son las últimas palabras de la enseñanza pública de Jesús. A partir de aquí enseñará a sus discípulos; y más adelante se encontrará ante Pilato. Pero éstas son las últimas palabras que dirigió al público en general.
Jesús presenta el hecho que es la base de toda su vida: que en Él la humanidad se encuentra ante Dios. Escucharle a Él es escuchar a Dios; verle a Él es ver a Dios. En Jesús, Dios se encuentra con la humanidad, y la humanidad se encuentra con Dios.
Esa confrontación tiene dos resultados, y en ambos subyace el elemento de juicio:
a) Una vez más, Jesús vuelve al pensamiento que nunca se eclipsa en este evangelio: Él no vino al mundo para condenarlo, sino para salvarlo. No fue la ira de Dios lo que envió a Jesús a la Tierra, sino su amor.
Sin embargo, la venida de Jesús conlleva inevitablemente el juicio...
¿Por qué? Porque, por su actitud frente a Jesús, cada persona se revela como es en realidad; y, por tanto, recibe el veredicto...
Si es atraído por Jesús, aunque no consiga nunca hacer de su vida una vida perfecta de acuerdo a la Voluntad de Dios, ha sentido en el corazón el amor perdonador del Padre y, por tanto, está a salvo.
Si no ve en Jesús nada atractivo, y su corazón continúa totalmente insensible frente a su presencia, eso quiere decir que rechaza el amor perdonador de Dios, y queda juzgado por su actitud.
Esta paradoja esencial aparece con frecuencia en el evangelio de Juan: Jesús vino por amor, pero su venida implica un juicio.
Como ya hemos dicho antes, podemos ofrecerle a una persona, por puro amor, una gran experiencia que creemos que le hará mucho bien, y descubrir que aquello no significa nada para esa persona; la experiencia que se ofreció por amor se ha convertido en un juicio.
Jesús es la ofrenda y el toque amoroso de Dios. Nos identificamos, y juzgamos, por nuestra actitud hacia Jesús.
b) También dijo Jesús que las palabras que habían oído aquellas personas serían sus jueces...
Esta es una de las grandes verdades de la vida. A nadie se le puede echar la culpa por no saber. Pero, si sabe lo que es el bien y escoge el mal, su condena debe ser mucho más severa. Por tanto, todo lo sensato que hemos oído y todas las oportunidades que hemos tenido para conocer la verdad serán testigos en contra nuestra en el juicio final. .

Todo lo que hemos sabido y no hemos cumplido será un testigo en contra nuestra el día del Juicio final...




Lección nº 46:
EJEMPLO DE SERVICIO
Juan 13: 1-17
El servicio del Rey
Juan 13: 1-5
Pocos incidentes de los evangelios nos revelan tan claramente como este el carácter de Jesús y la maravilla de su amor.
a) Jesús sabía que estaba cerca la hora de su humillación, pero también sabía que su hora de exaltación estaba cerca. Tal conocimiento podría haberle llenado de orgullo; y, sin embargo, sabiendo que el poder y la gloria eran suyos, lavó los pies de sus discípulos... En el momento en que podía haber sentido un orgullo supremo, dio ejemplo de la suprema humildad.
Así es siempre el amor... Algunas personas se creen demasiado importantes para hacer cosas humildes. Jesús no era así. Sabía que era el Señor de todo, y les lavó los pies a sus discípulos.
b) Jesús sabía que había venido de Dios y que volvía a Dios. Podría haber sentido algo de desprecio hacia las personas y las cosas de este mundo. Podría haber pensado que ya había cumplido de sobra con el mundo, porque estaba de camino de vuelta a Dios. Fue precisamente entonces, cuando estaba más cerca de Dios, cuando Jesús llegó al límite de su servicio a los suyos. El lavar los pies de los huéspedes en una fiesta era el trabajo de los esclavos.
Lo maravilloso de Jesús es que, el estar más cerca de Dios, lejos de apartarle de los seres humanos, le acercaba aún más a ellos.
c) Jesús también sabía de que pronto sería traicionado. Tal conocimiento le podría haber inspirado odio y amargura; pero hizo que el corazón le fluyera con más amor que nunca. Lo más maravilloso es que, cuanto más le hería la humanidad, más la amaba. Jesús enfrentó con la peor injuria y la más horrible deslealtad con la mayor humildad y con el amor más sublime.

La oposición de Pedro y una lección
Juan 13: 6-11
Ya hemos visto que, en Juan, tenemos siempre que esperar un doble sentido: el que aparece en la superficie, y el que hay debajo de la superficie. Este relato no cabe duda de que tiene un segundo sentido. A la vista está la lección dramática e inolvidable acerca de la humildad. Pero hay aquí más que eso.
Hay un detalle muy difícil de entender. Al principio, Pedro se niega a dejar a Jesús que le lave los pies. Jesús le dice que, a menos que acepte este lavado, no podrá tener parte con El. Entonces Pedro suplica que, no sólo le lave los pies, sino también las manos y la cabeza; pero Jesús le dice que basta con lavarle los pies. No cabe duda de que aquí se hace referencia al Bautismo cristiano...
Era costumbre que, antes de ir a una fiesta, la gente se bañara. Cuando llegaban a la casa del convite, no tenían que bañarse otra vez; lo único que necesitaban era que les lavaran los pies. El lavado de los pies era la ceremonia que precedía a la entrada en la casa en la que iban a ser huéspedes. Así que Jesús dijo a Pedro: “Lo que necesitas no es lavarte de cuerpo entero. Eso lo puedes hacer por ti mismo. Lo que necesitas es el lavado que marca la entrada en la familia de la fe”.
Pedro, al principio, va a negarse a dejar que Jesús le lave los pies. Jesús le dice que, si se niega, no tendrá parte en Él. Es como si Jesús dijera: “Pedro, ¿vas a ser tan orgulloso como para no dejarme que te haga esto? Si lo eres, vas a perderlo todo”.
En la Iglesia Primitiva, como en la actual, la entrada era el bautismo... Esto quiere decir que, si una persona puede ser bautizada y es demasiado orgullosa para entrar por esa “puerta”, su orgullo la excluye de la familia de la fe.
(Es importante destacar que si se infiere una enseñanza acerca del bautismo cristiano, de este suceso, es lógico entonces deducir que el bautismo sólo puede ser consentido... La práctica del bautismo en algunas iglesias se aplica a los niños, y se hace por rociamiento. Aquí se nos habla de “lavado” y se menciona la necesidad del consentimiento. Por eso podemos afirmar que el bautismo resulta de una decisión personal que implica la madurez para comprender y decidir libremente, y que como la palabra lo indica (bautizar: sumergir) no corresponde entonces el rociamiento que algunos acostumbran.)

La grandeza del servicio
Juan 13: 12-17
Hay aún más en el trasfondo de este pasaje de lo que nos cuenta el propio Juan. Si volvemos al relato que nos hace Lucas de la última Cena, nos encontramos el detalle trágico: «Entonces los discípulos se pusieron a discutir a cuál de ellos había que considerar como el más importante» (Lucas 22:24). Aun a la vista de la Cruz, los discípulos seguían discutiendo cuestiones de primacía y de prestigio.
Es posible que la noche de la última Cena se habían envuelto en tal estado de competitividad que ninguno de ellos estaba dispuesto a hacerse responsable de que hubiera palanganas y toallas para que se lavara los pies el grupo al llegar; y Jesús remedió la omisión de la manera más sencilla. Hizo lo que ninguno de los de su compañía estaba dispuesto a hacer. Y después, les dijo: “Os he dado ejemplo de cómo debéis comportaros entre vosotros”.
Esto debería hacernos pensar. Aquí tenemos la lección de que no hay más que una clase de grandeza: la del servicio. El mundo está lleno de personas que se plantan en su dignidad cuando deberían estar de rodillas a los pies de sus hermanos. En todas las esferas de la vida lo que estropea el esquema de las cosas es el deseo de eminencia sobre los demás, olvidando el servicio... Cuando estemos tentados a pensar en nuestra dignidad, o prestigio, o derechos, recordemos al Hijo de Dios con una toalla y una palangana, arrodillándose a los pies de sus discípulos para lavárselos.




Lección nº 47:
LA DESLEALTAD Y EL AMOR COMO RESPUESTA
Juan 13: 18-30

La vergüenza de la traición...Y la gloria de la lealtad
Juan 13: 18-20
La crueldad brutal de la deslealtad de Judas se describe gráficamente de forma que resulta especialmente impactante para la mente oriental. Jesús hace una cita del Salmo 41:9. En Oriente, “comer pan con alguien” o “comer a la mesa de alguien” era una señal de amistad y de relación leal. Para el que había comido pan a la mesa de otro el ponerse en contra de él, cuando por aquel acto le había comprometido su lealtad, era una repugnante traición (Salmo 55:12-14).
Infiere el dolor más punzante del mundo el que un amigo sea culpable de tamaña deslealtad. La misma frase que se usa está llena de crueldad: “Levantó contra mí su calcañar” (calcañar: parte posterior de la planta del pie)...
Es una expresión que denota una violencia brutal; pero en este pasaje no hay la más leve insinuación de ira; sólo de dolor. Según Marcos 14:20, Jesús se refirió a Judas diciendo que mojaba con Él en el mismo plato; y Juan 13:26 nos conservará el gesto de supremo cariño y confianza de Jesús al darle a Judas un trozo de pan mojado. Jesús, en esta su última apelación, está descubriéndole a Judas la herida que Le ha abierto en lo más íntimo de su corazón.
Este pasaje también subraya el hecho de que, de alguna manera, toda esta tragedia está en el plan de Dios, y de que Jesús la aceptó plenamente y sin la menor resistencia. Sucedió como estaba anunciado en las Escrituras. Nunca hubo la menor duda de que la redención del mundo costaría el corazón partido de Dios. Jesús sabía lo que estaba sucediendo. Conocía el precio, y estaba dispuesto a pagarlo... No iban a matarle; era que Él escogía la muerte, y esto fue lo que quiso mostrar a sus discípulos para que ellos luego lo pudieran comprender.
Si en este pasaje se presenta la amargura de la deslealtad, por uno de los discípulos, también se subraya la gloria de la fidelidad de todos los demás... Llegaría el día en que estos mismos discípulos proclamarían al mundo el mensaje de Jesús.
Entonces serían nada menos que los representantes del Señor... Un embajador no actúa por su propia cuenta ni depende sólo de sus cualidades y calificaciones personales. Va revestido de toda la gloria y el honor de su rey. Escucharle a él es escuchar al que le envió, y honrarle es honrar al que representa.
El gran honor y la gran responsabilidad de ser un cristiano comprometido consiste en que representamos en el mundo a Jesucristo: hablamos por Él, actuamos por Él. El honor del Dios Eterno está en nuestras manos.

El último llamado del amor
Juan 13: 21-30
Cuando visualizamos esta escena, surgen ciertas cosas sumamente dramáticas.
La traición de Judas aparece en todo su horror. Tiene que haber sido un actor consumado y un perfecto hipócrita. Una cosa está clara: si los otros discípulos hubieran sabido lo que Judas se traía entre manos, no habría salido con vida de aquella habitación. Judas tiene que haber estado fingiendo un amor y una lealtad que engañaron a todos excepto a Jesús... Aquí hay una advertencia. Exteriormente podemos engañar a la gente; pero no se pueden esconder cosas a los ojos de Cristo.
Y hay más. Cuando comprendemos debidamente lo que estaba sucediendo, podemos descubrir que hubo una apelación tras otra a Judas. La primera: la organización de los puestos en aquella cena. Los judíos no se sentaban a la mesa: se reclinaban. La mesa era un bloque sólido, bajo, con una especie de sofás alrededor. Todo tenía una forma como de U, y el lugar del anfitrión era el centro. Los comensales se reclinaban sobre el lado izquierdo, descansando sobre el codo izquierdo y dejándose el brazo derecho libre para alcanzar la comida. Colocados de esa manera, la cabeza de cada uno estaba literalmente sobre el pecho del que estuviera reclinado a su izquierda. Jesús ocuparía el lugar del anfitrión, en el centro de la mesa...
El discípulo al que Jesús amaba tiene que haber estado a su derecha; porque, cuando se apoyaba con el codo en la mesa, tenía la cabeza sobre el pecho de Jesús (la opinión general y tradicional siempre ha sido que el discípulo amado no era otro que el mismo Juan; y no tenemos por qué dudarlo).
Pero es el sitio de Judas el que merece un interés especial. Está claro que Jesús podía hablarle tan privadamente que los otros no se enteraban. En ese caso, sólo puede haber estado en un sitio: tiene que haber sido a la izquierda de Jesús, de tal manera que, lo mismo que la cabeza de Juan se apoyaba en el pecho de Jesús, así también la de Jesús se apoyaba en el pecho de Judas. Lo revelador es que el sitio a la izquierda del anfitrión era el de máximo honor, y se le reservaba al amigo más íntimo. Antes de colocarse todos para la cena, Jesús tiene que haberle dicho a Judas: “Judas, ven a sentarte a mi lado esta noche; quiero tenerte cerca para poder hablar contigo”. Esa invitación era ya una llamada de amor.
Pero hay más. El que el anfitrión ofreciera a un invitado un bocado o una pieza especial de la fuente era señal de una amistad especial. Cuando Jesús le pasó el bocado a Judas, aquello era otra vez una señal de especial aprecio. Y advertimos que, hasta cuando Jesús lo hizo, los demás no se dieron cuenta de lo que significaban sus palabras; lo que muestra bien a las claras que Jesús tenía costumbre de hacerlo, y nadie se dio por sorprendido.
Y aquí está la tragedia. Una y otra vez Jesús llamó a la puerta de aquel negro corazón, y una y otra vez Judas lo mantuvo cerrado.
Y entonces, de pronto, llega el momento crucial: el momento en que el amor de Jesús admite su derrota. “Judas -le dijo- date prisa con lo que te propones hacer”. No había razón para más aplazamientos. ¿Para qué seguir llamando inútilmente cuando la tensión iba en aumento? Si había de hacerse, cuanto antes mejor.
Los discípulos seguían sin comprender nada. Creían que Jesús estaba mandando a Judas a cumplir con las obligaciones de la fiesta. Era la ocasión más especial para hacer algo por los pobres, así que los discípulos creyeron que Jesús mandaba a Judas a hacer la contribución acostumbrada para que también los pobres pudieran celebrar la Pascua.
Cuando Judas recibió el trozo de comida, el diablo entró en él (v. 27). Es terrible que, lo que se pretendía que fuera una llamada al amor se convirtiera en la dinámica del odio...
Eso es algo que el diablo puede hacer. Puede tomar las cosas más agradables y retorcerlas hasta que se convierten en agentes del infierno. Puede tomar el amor, y convertirlo en lujuria; o la piedad, y convertirla en una religiosidad inútil; o la disciplina, en crueldad enjuiciadora... Debemos estar en guardia en nuestra vida para que el diablo no convierta las cosas buenas en otras que contribuyan a sus propósitos.
Judas salió... y era de noche. Juan tiene una habilidad especial para henchir las palabras de sentido espiritual. Era de noche porque hacía tiempo que se había puesto el sol y estaba oscuro; pero aquí se insinúa otra noche.
Siempre es de noche cuando una persona se aleja de Cristo para seguir sus propios planes. Siempre es de noche cuando se escucha la llamada del mal en lugar de la del bien. Siempre es de noche cuando el odio apaga la luz del amor. Siempre es de noche cuando le volvemos la espalda a Jesús.
Si nos mantenemos en íntima relación con Cristo, andamos en la luz; si le volvemos la espalda, entramos en la oscuridad y andamos a oscuras... Y en la oscuridad, uno siempre se pierde.




Lección nº 48:
LA GLORIA DE DIOS, UN NUEVO MANDAMIENTO
Y UN TRISTE ANUNCIO
Juan 13: 31-38
Jesús y la Gloria de Dios
Juan 13: 31-32
Este pasaje nos habla de las cuatro dimensiones de la gloria.
a) La gloria de Jesús había llegado, y era la Cruz. La tensión había desaparecido; las dudas que podía haber habido se habían resulto definitivamente. Judas había salido y la Cruz era inminente.
La mayor gloria que da la vida se obtiene en el sacrificio...
La Historia nos muestra siempre que son los que han hecho los mayores sacrificios los que han recibido la mayor gloria.
b) En Jesucristo, Dios ha sido glorificado. Fue la obediencia de Jesús lo que dio gloria a Dios. Sólo hay una manera de demostrar que se ama y admira a un líder, y es obedeciéndole, si es necesario, hasta las últimas consecuencias. Jesús nos dejó el ejemplo supremo de lo que es dar a Dios el supremo honor y la suprema gloria, cuando obedeció a Dios hasta la muerte, y muerte de cruz.
c) En Jesús, Dios se glorificó a Sí mismo. Parecerá extraño que la suprema gloria de Dios dependa de la Encarnación y de la Cruz. No hay gloria como la de ser amado. Si Dios hubiera permanecido aislado e inconmovible habría habido personas que le habrían temido, y aun admirado; pero no le habrían amado. La ley del sacrificio no es sólo una ley de la Tierra, sino del Cielo... Es en la Encarnación y en la Cruz donde se despliega la suprema gloria de Dios.
d) Dios glorificará a Jesús. Aquí está la otra cara de la realidad. En aquel momento, la Cruz era la gloria de Jesús; pero habrían de seguirla la Resurrección, la Ascensión y el triunfo final de Cristo, que es a lo que se refiere el Nuevo Testamento cuando habla de la Segunda Venida. Jesús halló en la Cruz Su propia gloria. Pero llegó el día, y el día llegará, cuando esa gloria se le mostrará a todo el mundo y a todo el universo.

El nuevo mandamiento
Juan 13: 33-35
Jesús estaba dándoles a Sus discípulos Su mandamiento de despedida. Le quedaba poco tiempo; si aún necesitaban oír Su voz, tenía que se entonces. Él iba a hacer un viaje en el que ninguno podía seguirlo y, antes de marcharse, les dio el mandamiento de que se amaran entre sí como Él los había amado.
¿Qué quiere decir eso para nosotros, en nuestras relaciones con nuestros semejantes? ¿Cómo amó Jesús a sus discípulos?
a) Los amó sin el menor egoísmo. Hasta en el amor humano más noble hay algo de egoísmo. A menudo pensamos, puede que inconscientemente, en lo que vamos a sacar de provecho personal.... Pensamos en la felicidad que disfrutaremos, o en la soledad en que quedaremos si el amor falla o se nos niega. A menudo estamos pensando: ¿Qué me dará este amor? Por detrás de todo, es nuestra felicidad lo que estamos buscando. Pero Jesús no pensaba nunca en sí mismo. Su único deseo era darse a sí mismo y
todo lo que tenía por los que amaba.
b) Jesús amaba a Sus discípulos sacrificialmente. No había límite a lo que su amor pudiera llegar o dar. Ninguna demanda era excesiva. Si el amor quería decir la Cruz, Jesús la aceptaba.
A veces cometemos el error de pensar que el amor está para darnos la felicidad. A fin de cuentas es así; pero también puede traer dolor, y demandar una cruz.
c) Jesús amaba a sus discípulos comprensivamente. Los conocía íntima y totalmente... No conocemos a una persona a menos que hayamos convivido con ella, es después de vivir con ella cuando conocemos sus rarezas y debilidades. Jesús había convivido con sus discípulos día tras día durante muchos meses y sabía todo lo que había que saber de ellos y, sin embargo, los amaba.
A veces decimos que el amor es ciego. No hay tal, porque el amor que es ciego pronto se queda en nada, como no sea en desilusión y desencanto. El amor verdadero tiene los ojos bien abiertos. Ama, no lo que se imagina, sino lo que es. El corazón de Jesús es lo bastante grande como para amarnos tal como somos.
d) Jesús amaba a sus discípulos perdonándolos. Pedro le negaría; todos le abandonarían cuando más los necesitaba. Nunca, en toda su vida, le habían comprendido realmente... A veces eran ciegos e insensibles, lentos para aprender y faltos de comprensión. Por cierto que, al final, todos se portaron como unos cobardes. Pero Jesús nunca les tuvo rencor; no tenían fallo que Él no pudiera perdonar.
El amor que no ha aprendido a perdonar no puede hacer más que marchitarse y morir. Ciertamente hay una especie de fatalidad en aquellas cosas que nos hacen herir más a los que más nos aman... Por esa misma razón todo amor duradero ha de edificarse sobre el cimiento del perdón; porque, sin perdón, está destinado fatalmente a morir.


Una lealtad de palabra
Juan 13: 36-38
¿Qué diferencia había entre Judas y Pedro? Judas traicionó a Jesús, y Pedro, cuando Jesús le necesitaba más, le negó por tres veces, hasta con juramentos y blasfemias; sin embargo, mientras que el nombre de Judas ha pasado a la Historia como el símbolo de la vergüenza más negra, Pedro ha dejado el suyo como uno de los de mayor dignidad en la historia de la Iglesia.
La diferencia consiste en que la traición de Judas fue deliberada; la llevó a cabo a sangre fría; debe de haber sido el resultado de una idea y una planificación concienzuda; y, por último, rehusó impasiblemente la invitación más entrañable... Pero la negación de Pedro no tuvo nada de deliberada. Jamás pensó hacerlo; se vio arrastrado en un momento por la debilidad y por las circunstancias. Por un momento su voluntad fue demasiado débil...
Hay siempre una diferencia abismal entre un pecado calculado fría y deliberadamente, y el que arrastra involuntariamente a una persona en un momento de debilidad o de pasión. Sencillamente, no se pueden comparar el pecado a sabiendas, y el que le sobreviene a uno cuando está tan debilitado o tan inflamado que apenas se da cuenta de lo que hace.
Hay algo muy entrañable en la relación entre Jesús y Pedro:
Jesús conocía a Pedro en toda su debilidad. Sabía lo impulsivo y lo inestable que era; sabía que tenía el hábito de hablar con el corazón antes de pensarlo. Conocía bien la fuerza de su lealtad y la debilidad de su voluntad. Jesús sabía cómo era Pedro.
Y Jesús sabía que Pedro le amaba. Hiciera Pedro lo que hiciera, Jesús sabía que le amaba.
Jesús también conocía, no sólo al Pedro que era, sino al que podría llegar a ser. Sabía que, de momento, Pedro no podría seguirle; pero estaba seguro de que llegaría el día en que él también seguiría el mismo camino hacia el martirio.
La grandeza de Jesús está en que Él ve al héroe cuando no es más que un cobarde; Él tiene el amor de ver lo que podemos ser, y el poder para ayudarnos a alcanzarlo.




Lección nº 49:
EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA
Juan 14: 1-6
Una promesa de gloria...
Juan 14: 1-3
Al cabo de muy poco tiempo, la vida de los discípulos se haría muy difícil...
Hay momentos en que tenemos que creer y aceptar aunque no podamos entender nada. Si, en la hora más oscura, creemos que, de alguna manera, hay un propósito en la vida, y que es un propósito de amor, hasta lo insoportable se hace soportable, y hasta en lo más denso de las tinieblas hay un rayo de luz.
Por eso Jesús añade algo más; no dice solamente: “Creed en Dios”; dice también: “Creed en Mí”.
Jesús, con su entrega, es la prueba de que Dios está dispuesto a dárnoslo todo. Como Pablo lo diría (Romanos 8:32).
Si creemos que tenemos el retrato de Dios en Jesús, entonces, a la vista de un amor tan maravilloso, llega a ser, no fácil, pero sí posible, aceptar hasta lo que no podemos entender, y mantener una fe serena en medio de las tormentas de la vida.
Jesús siguió diciendo: “Hay muchas habitaciones en la casa de Mi Padre”, haciendo referencia al Cielo...
Pero, ¿qué quería decir con ésto?
Los judíos mantenían que en el Cielo hay diferentes grados de bendición que se concederán a las personas conforme a la bondad y fidelidad que hayan mostrado en la Tierra y las alegorías sobre el tema comparaban al Cielo con un palacio inmenso con muchas habitaciones, cada una asignada a cada persona conforme haya merecido en la vida.
Pero también puede ser que el sentido sea muy sencillo y encantador. “Hay muchas habitaciones en la casa de Mi Padre” puede que quiera decir sencillamente que en el Cielo hay sitio para todos. Las casas terrenales a menudo se abarrotan de personas; las posadas y los hoteles terrenales tienen que poner muchas veces el cartel de “No hay habitaciones libres”... Pero en la casa del Padre celestial no pasa eso, porque el Cielo es tan grande como el corazón de Dios y hay sitio para todos.

Hay otras grandes verdades en este pasaje.
Nos habla de la honestidad de Jesús. “Si no fuera así, yo os lo hubiera dicho...” Nadie podrá jamás decir que Jesús no ha sido claro y sincero en sus demandas... Jesús les dijo claramente a sus posibles seguidores que los cristianos tenemos que despedirnos para siempre de la comodidad (Lucas 9:57-58); también advirtió acerca de la persecución, el odio, los oprobios que tendrían que soportar (Mateo 10:16-22) y les habló de la cruz que tendrían que sufrir (Mateo 16:24), aunque también les habló de la gloria que hay al final del camino cristiano.
Nos habla de la misión de Jesús. Él les dijo: “Voy a prepararos un sitio”. Uno de los grandes pensamientos del Nuevo Testamento es que Jesús va delante de nosotros, y nos abre el camino para que sigamos sus huellas. Jesús no ha abierto el camino que conduce al Cielo y a Dios para que le sigamos a salvo.
Nos habla del triunfo final de Jesús. Él dijo: “Vendré otra vez...”
La Segunda Venida de Jesús es una esperanza sobre la que no se suele predicar mucho... Es verdad que no podemos decir ni el día ni la hora cuando sucederá, ni cómo sucederá; pero una cosa es segura: la Historia se dirige a una meta. Sin ese final quedaría incompleta y la consumación de la Historia será el triunfo de Jesucristo. Y Él ha prometido que el día de su triunfo recibirá en su Reino a sus amigos.
Jesús dijo: “Donde Yo esté, allí estaréis también vosotros”. Aquí tenemos una gran verdad dicha de la manera más sencilla. Para el cristiano, el Cielo es donde está Jesús. No tenemos por qué especular acerca de cómo es el Cielo. Nos basta con saber que estaremos ya siempre con Jesús.
Cuando amamos a alguien con todo el corazón, sólo estamos vivos cuando estamos en su compañía. Eso nos pasa con Cristo.
La mejor definición del Cielo es el estado en que estaremos siempre con Jesús.

El Camino, la Verdad y la Vida
Juan 14: 4-6
Una y otra vez Jesús les había dicho a sus discípulos adónde se iba; pero, por lo que se ve, no le habían entendido (Juan 7:33). Jesús les había dicho claramente que iba al Padre que le había enviado, con el que era una misma cosa; pero ellos todavía no sabían de qué viaje se trataba. Y menos todavía se habían enterado de cuál sería el camino, que Jesús les había dicho que pasaba por la Cruz.
Para entonces, los discípulos ya estaban totalmente confusos. Había uno entre ellos que nunca podía decir que entendía lo que no entendía, que era Tomás. Era demasiado honrado y tomaba las cosas demasiado en serio para darse por satisfecho con piadosas vaguedades. Tenía que estar seguro; así es que expresó sus dudas, y lo maravilloso es que fue su confesión lo que dio origen a una de las revelaciones más gloriosas que Jesús hizo nunca a sus discípulos...
Jesús le dijo a Tomás: “Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida”. Eso nos parece una gran afirmación; pero aún lo sería más para un judío que la oyera por primera vez. En ella, Jesús tomó tres de las grandes concepciones básicas de la religión judía, e hizo la tremenda declaración de que en Él se habían hecho realidad.
a) Los judíos hablaban mucho del camino por el que había que andar, y de los caminos de Dios (Deuteronomio 5:32-33; 31:29; Isaías 30:21; 35:8; Salmo 27:11)... Los judíos hablaban del camino de Dios por el que se debe ir; y Jesús dijo: “Yo soy el Camino”. ¿Qué quería decir?
Supongamos que nos encontramos en un pueblo desconocido y preguntamos por cierto camino; y que la persona a la que hemos preguntado nos dice: “Tome la primera a la derecha, y la segunda a la izquierda; cruce la plaza, pase la iglesia, tome la tercera a la derecha y la carretera que usted busca es la cuarta de la izquierda”... Lo más probable es que nos perdamos a mitad de camino. Pero supongamos que esa persona nos dice: “Yo los llevaré”... En ese caso, esa persona es para nosotros el camino, y no nos podemos perder. Eso es lo que Jesús hace por nosotros: no se limita a darnos consejos y direcciones, sino que nos lleva de la mano, y nos fortalece y nos guía cada día... No se limita a indicarnos el camino; Él es el camino.
b) Jesús dijo también: “Yo soy la Verdad” (Salmo 86:11; 26:3; 119:30). Hasta Jesús muchos habían dicho la verdad, pero ninguno llegó a encarnarla.
Hay una cosa de suprema importancia acerca de la verdad moral... El carácter de un profesor no afecta a su enseñanza de geometría o de gramática latina. Pero si se trata de un profesor de ética, su carácter influye decisivamente. La verdad moral no se transmite sólo con palabras; tiene que mostrarse en el ejemplo. Y es ahí donde el mejor maestro humano se quedará corto. Ningún maestro ha sido la personificación de la verdad que enseñaba, más que Jesús. Muchos podrán decir: “Yo os enseño la verdad”; pero sólo Jesús pudo decir: “Yo soy la verdad”. Lo más tremendo de Jesús es que la verdad moral no encuentra en Él simplemente su mejor expositor, sino su mejor realizador.
c) Jesús dijo también: “Yo soy la vida” (Proverbios 6:23; 10:17; Salmo 16:11). En último análisis, lo que la humanidad está siempre buscando es la vida. No busca tanto el conocimiento en sí, sino lo que hace que la vida valga la pena... Eso es lo que hace Jesús. La vida con Jesús es la auténtica.

Hay una manera de decir todo esto que incluye todas estas verdades. Jesús dijo: “No se puede llegar al Padre nada más que pasando por Mí”. Él es el único Camino que conduce al Padre. Solamente en Jesús podemos ver cómo es Dios; y Él es el único que puede conducirnos a la presencia de Dios sin vergüenza ni temor.




Lección nº 50:
VIENDO AL PADRE EN JESÚS Y DOS
PROMESAS NOTABLES
Juan 14: 7-14
Viendo al Padre
Juan 14: 7-9
Bien puede ser que para el mundo antiguo esto fuera lo más alucinante que dijo Jesús. Para los griegos, Dios era esencialmente El Invisible; y los judíos estaban seguros de que a Dios nadie le había visto jamás. Pero Jesús les dijo: “Si me hubierais reconocido a Mí habríais conocido también a Mi Padre”.
Entonces Felipe pidió lo que le parecería un imposible. Tal vez estaba pensando en aquel tremendo día del pasado cuando Dios le reveló Su gloria a Moisés (Éxodo 33:12-32). Pero aun aquel gran día, Dios le dijo a Moisés: “Verás Mis espaldas; mas no se verá Mi rostro”.
Y entonces Jesús dijo con suprema sencillez: “¡El que Me ha visto a Mí, ha visto al Padre!”.
Ver a Jesús es ver cómo es Dios. Cuando vemos a Jesús, podemos decir: “Este es Dios viviendo nuestra vida”. Si es así, podemos decir de Dios las cosas más hermosas.
a) Dios Se introdujo en un hogar ordinario y en una familia normal y corriente. En el mundo antiguo se habría creído que, si Dios había de venir al mundo, vendría como rey a un palacio real con todo el poder y la majestad que el mundo considera grandeza; pero en Jesús, Dios santificó de una vez para siempre el nacimiento humano y el humilde hogar de la gente sencilla.
b) Dios no tuvo vergüenza en hacer el trabajo humano. Vino al mundo como un obrero. Jesús fue el carpintero de Nazaret.
c) Dios sabe lo que es sufrir la tentación. La vida de Jesús nos presenta, no la serenidad, sino la lucha de Dios. Era fácil imaginarse a Dios viviendo en una serenidad y paz que no podían alterar las tensiones de este mundo; pero Jesús nos muestra a Dios pasando por todas nuestras angustias. Dios no es como un general que dirige a su ejército desde una posición cómoda y segura, sino que está con nosotros en primera línea.
d) En Jesús vemos a Dios amándonos. Cuando hay amor, se siente el dolor. En Jesús vemos a Dios preocupándose intensamente, anhelando relacionarse con la humanidad, sintiendo entrañablemente por y con las personas, amándolas hasta el punto de llevar en su corazón las heridas del amor.
e) En Jesús vemos a Dios en la Cruz. No hay nada más increíble en el mundo. Es fácil imaginarse a un dios que condena a la gente; y más aún a un dios que, si las personas se le oponen, las elimina. Nadie habría soñado con un Dios que eligió la Cruz para salvar a la humanidad.

Todo esto lo podemos decir y sentir así, porque en su misteriosa naturaleza, JESÚS ES DIOS...
¡El que Me ha visto ha visto al Padre!”, dijo el Señor... Jesús es la revelación de Dios, por mucho que esa revelación inunde la inteligencia humana de sorpresa y de admiración increíble.

Uno en Dios
Juan 14: 10-11
Jesús pasa a decir otra cosa. La absoluta unicidad de Dios (Dios es Uno) era algo que los judíos nunca podrían olvidar. Los judíos eran monoteístas a ultranza. El peligro de la fe cristiana es colocar a Jesús como una especie de dios secundario; pero el mismo Jesús insistía en que lo que Él decía y hacía no era el producto de su propia iniciativa y capacidad, sino que lo decía y hacía el mismo Dios.
Sus palabras eran la voz de Dios hablando a la humanidad; Sus obras eran el resultado del poder de Dios fluyendo a través de Él para alcanzar a las personas. Él era realmente el canal por el que Dios venía a la humanidad.
Jesús vino a transmitir a la humanidad la gloria y el amor y la presencia y la visión de Dios. Él trajo a la humanidad el acento y el mensaje y la mente y el corazón de Dios.
Detrás de Jesús, y en Él, estaba Dios.
Jesús siguió ofreciendo una prueba basada en sus palabras y en sus obras.
Él proponía que se le sometiera a la prueba de lo que decía. Cuando oímos o leemos las palabras de Jesús no podemos por menos de decirnos: “¡Si todo el mundo viviera de acuerdo con estos principios, qué diferente sería el mundo! Y si yo pudiera vivir de acuerdo con estos principios, ¡qué diferente sería yo!”
También proponía que se le sometiera a la prueba de sus obras. Le dijo a Felipe: “Si no podéis creer en Mí por lo que Yo os digo, sin duda os dejaréis convencer por lo que Yo puedo hacer”. Esa era la misma respuesta que Jesús le envió a Juan el Bautista cuando éste le envió mensajeros que le preguntaran si era Él, Jesús, el Mesías, o si tendrían que seguir esperando a otro (Mateo 11:1-6).
La manera de llegar a ser cristiano no es discutir acerca de Jesús, sino escucharle y mirarle. Si así lo hacemos, su impacto personal nos obligará a creer que Él es el Salvador del mundo, y nuestro Salvador.

Tremendas promesas
Juan 14: 12-14
No es fácil encontrar promesas que sean mejores que las dos de este pasaje. Pero son de tal naturaleza que debemos tratar de entenderlas.
a) La primera es que Jesús dijo que sus discípulos harían lo que Él hacía, y aun mayores cosas. ¿Qué quería decir?
Está fuera de toda duda que la Iglesia Primitiva tenía poder para realizar sanidades (Corintios 12:9, 28, 30; Santiago 5:14). Pero aunque se pudiera decir que la Iglesia Primitiva hacía las mismas cosas que Jesús, no se podría decir que las hacía aún mayores
Conforme ha ido pasando el tiempo, la humanidad ha ido conquistando la enfermedad. Los médicos y los cirujanos tienen poderes que el mundo antiguo habría considerado milagrosos y hasta divinos. Aún queda mucho camino por recorrer; pero, una tras otra, se han ido abatiendo las fortalezas de la enfermedad...
Pero lo más sorprendente de todo esto es que ha sido el poder y la influencia de Jesucristo lo que lo ha producido.
¿Por qué habríamos de esforzarnos en salvar a los débiles, a los enfermos y a los moribundos, a todos los que tienen el cuerpo dañado o la mente trastornada? ¿Por qué los intelectuales y los científicos se han sentido movidos, y hasta impulsados, a dedicar sus vidas y esfuerzos, muchas veces hasta arruinando su salud y perdiendo su vida, para encontrar curas para la enfermedad y remedios para el sufrimiento?
La indudable respuesta es que, aunque no se dieran cuenta de ello, Jesús era el que les estaba diciendo por medio de su Espíritu: “Hay que ayudar y curar a estas personas...”.
Es el Espíritu de Cristo el que ha estado impulsando la conquista de la enfermedad; y, en consecuencia, se pueden hacer cosas ahora que en tiempos de Jesús ni siquiera se habrían creído posibles.
Pero todavía no hemos llegado al fondo. Recordemos lo que Jesús hizo en los días de su carne. No predicó nunca fuera de Palestina. Durante su vida en la Tierra, el Evangelio no llegó ni a Europa. Él no conoció nunca la degradación moral de Roma.
No fue en su tiempo cuando el Evangelio salió por un mundo en el que el matrimonio no se respetaba, el adulterio no era ni siquiera un pecado convencional y los vicios más degradantes florecían como en una selva tropical.
Pero fue a ese mundo al que salieron los primeros cristianos, y lo ganaron para Cristo... Entonces los triunfos del mensaje de la Cruz fueron todavía mayores que los de Jesús en los días de su carne.
Y Él dijo que aquello sería porque El iba al Padre. ¿Qué quería decir con eso? Pues que, en los días de su carne, estaba limitado a Palestina; pero, después de morir y resucitar, fue liberado de las limitaciones de espacio y tiempo, y su Espíritu pudo obrar poderosamente por todas partes.
b) En su segunda promesa, Jesús dice que cualquier oración que se haga en su nombre será concedida. Esto es algo que nos interesa entender bien. Fijémonos con cuidado que Jesús no dijo que todo lo que pidiéramos se nos concedería, sino que todas las oraciones que hiciéramos en su nombre se nos concederían.
La prueba de una oración es: ¿Puedo hacerla en el nombre de Jesús?... Nadie podría, por ejemplo, pedir una venganza, una ambición, algún objetivo indigno de un cristiano en el nombre de Jesús.
Cuando oramos, debemos preguntarnos siempre: ¿Podemos hacer esta petición honradamente en el nombre de Jesús?... La oración que supera esa prueba y que, al final dice, “Hágase Tu voluntad”, siempre será contestada afirmativamente. Pero la que se basa en el yo no puede esperar que Dios la conceda.




Lección nº 51:
LA PROMESA DEL ESPÍRITU SANTO
Juan 14: 15-
El Consolador
Juan 14: 15-17
Para Juan no hay más que una manera de demostrar el amor, y es la obediencia. Fue en su obediencia como Jesús le demostró al Padre que le amaba; y en la nuestra como debemos demostrarle a Jesús nuestro amor. Juan no deja nunca que el amor se convierta en un sentimiento de emoción. Su expresión es siempre moral, y se manifiesta en la obediencia.
Para Jesús, el verdadero amor no es nada fácil. Se muestra sólo en la obediencia (v. 1).
Pero Jesús no nos deja luchar solos en la vida cristiana. Dijo que nos mandaría otro Auxiliador. La palabra griega es paraklétos, que es imposible de traducir. Las versiones más comunes la traducen como Consolador, auqnue podría decirse que su obra excede el simple consuelo...
Los griegos usaban esta palabra en muchos contextos. Un paraklétos podía ser una persona llamada como abogada para defender a un acusado, y al que se le va a imponer una pena; podría también tratarse de un experto al que se llama para que aconseje en una situación difícil; o alguien a quien se llama para ayudar, por ejemplo, a una compañía de soldados que se encuentra deprimida y desanimada, infundiéndole nuevo ánimo... Siempre el paraklétos es alguien que se llama para que ayude en tiempos de dificultad o necesidad. Algunas versiones clásicas inglesas le traducen como Confortador; alguien que infunde valor a personas derrotadas o acobardadas o desanimadas.
Así entendemos que el Espíritu Santo transforma una situación desesperada en una vida victoriosa.
Jesús prosiguió diciendo que el mundo no puede reconocer al Espíritu. Por mundo se entiende la parte de la humanidad que vive como si no hubiera Dios. La punta de las palabras de Jesús es que no se puede ver más que lo que se está preparado para ver (uno que entiende algo de arte ve mucho más en un cuadro que otro que no entienda nada; uno que sepa algo de música sacará mucho más de un concierto que otro que no sepa nada)... De la misma manera una persona que ha eliminado a Dios de su vida nunca le puede ver ni oír. No podremos recibir el Espíritu Santo a menos que esperemos su venida con anhelante expectación y oración.
El Espíritu Santo no entra en ningún corazón rompiendo la puerta; espera a que se le abra. Cuando pensamos en las maravillas que puede hacer el Espíritu Santo en nuestra vida, no nos cuesta apartar un tiempo en el ajetreo de la vida para aguardar su venida en silencio.

No os dejaré solos”
Juan 14: 18-24
Ahora ya los discípulos no podían por menos de sentirse acechados por augurios de tragedia. Pero Jesús les dijo: “No os dejaré solos”. La palabra en griego es órfanos, de la que viene la española con el mismo sentido: literalmente sin padre; pero también se aplicaba a situaciones de desamparo y falta de protección. Pero Jesús les dijo a sus discípulos que ese no sería su caso: “Volveré a vosotros”, aseguró.
Sin dudas que se refería a su Resurrección y a su presencia espiritual. Los discípulos le verían, porque Él estaría vivo y ellos también.
Lo que Él quería decirles era que ellos estarían espiritualmente vivos. De momento estaban confundidos y apabullados por el presentimiento de la inminente tragedia; pero llegaría el día en que se les abrirían los ojos y entonces le verían de veras. Eso fue exactamente lo que les sucedió cuando Jesús resucitó. Su resurrección cambió la desesperación en esperanza, y fue entonces cuando reconocieron, sin la menor sombra de duda, que Él era el Hijo de Dios.
En este pasaje Juan sigue barajando algunas ideas que nunca están lejos de su pensamiento:
a) Primero y principalmente, está el amor. Para Juan el amor es la base de todas las cosas. Dios ama a Jesús; Jesús ama a Dios; Dios ama a la humanidad; Jesús ama a la humanidad; la humanidad ama a Dios por medio de Jesús; los seres humanos se aman unos a otros; el Cielo y la Tierra, la humanidad y Dios, las personas entre sí... todo está enlazado con el vínculo del amor.
b) Una vez más Juan subraya la necesidad de la obediencia, que es la única prueba del amor. Fue a los que le amaban a los que se apareció Jesús cuando resucitó, no a los escribas y fariseos y los demás adversarios.
c) Este amor obediente y confiado conduce a dos cosas. La primera, a la seguridad absoluta. El día del triunfo de Jesús, los que hayan estado unidos a Él por el amor obediente estarán a salvo en un mundo que se hunde. La segunda, a una revelación cada vez más plena... Es a la persona que cumple sus mandamientos a la que se revela Cristo. Una persona mala jamás podrá recibir la revelación de Dios. Y es sólo a la persona que, a pesar de sus fracasos, se eleva hacia Dios, a la que Dios desciende.
La comunión con Dios y la revelación de Dios dependen del amor; y el amor depende de la obediencia. Cuanto más obedecemos a Dios, mejor le entendemos; y la persona que anda por sus caminos sentirá que el Señor camina con él...

El legado de Jesús
Juan 14: 25-31
Este es un pasaje lleno de verdades hasta rebosar. En él Jesús nos habla de cuatro cosas para destacar:
a) Nos habla del Espíritu Santo, y nos dice un par de cosas básicas acerca de Él:
El Espíritu Santo nos enseñará todas las cosas. Hasta el fin de su camino, el cristiano es un aprendiz; porque hasta el fin de su camino el Espíritu Santo le guía a mayores profundidades de la verdad de Dios. El cristiano que piensa que ya no tiene más que aprender es un cristiano que ni siquiera ha empezado todavía a entender lo que quiere decir la doctrina del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo nos recordará lo que ha dicho Jesús. El Espíritu Santo nos trae a la mente constantemente las cosas que dijo Jesús. No es tanto la verdad lo que tenemos que descubrir, porque Él ya nos dijo la verdad; lo que tenemos que descubrir es lo que quiere decir esa verdad y aplicarla a nuestra vida
Casi todos nosotros tenemos esta clase de experiencia de la vida: estamos tentados a hacer algo que está mal y, a punto de hacerlo, nos vuelve a la mente un dicho de Jesús, el versículo de un salmo, el recuerdo de Jesús, las palabras de alguien a quien amamos y admiramos o la enseñanza que recibimos cuando éramos pequeños. En el momento de peligro, estas cosas aparecen sin que sepamos cómo en nuestra mente: es la acción del Espíritu Santo.
b) Jesús habla de su don, el don de su paz (v. 27). En el Antiguo Testamento la palabra para paz es shalóm, que nunca quiere decir simplemente la falta de problemas, sino todo lo que contribuye a nuestro bienestar total y bien supremo. La paz que el mundo nos ofrece es la de la evasión, la que viene de evitar los problemas o de no arrostrar las responsabilidades. La paz que Jesús nos ofrece es la de la victoria: ninguna experiencia de la vida nos la puede quitar, ni ningún pesar ni peligro ni sufrimiento nos la puede ensombrecer. Es independiente de todas las circunstancias exteriores.
c) Jesús habla de su destino: vuelve a su Padre; y dice que, si sus discípulos le aman de veras, se alegrarán. Iba a ser liberado de las limitaciones de este mundo, y a ser restituido a su gloria. Si captamos de veras la verdad del Evangelio, nos alegraremos siempre que los que amamos se vayan para estar con Dios. Eso no es decir, desde luego, que no debemos sentir la punzada de la separación y de la pérdida temporal; pero, pese al dolor y a la soledad, debemos alegrarnos de que, después de las dificultades y pruebas de la Tierra, los que amamos han ido a algo mejor. No debemos nunca ver con malos ojos el que hayan entrado en su descanso; porque debemos recordar que han entrado, no en la muerte, sino en la verdadera vida.
d) Jesús habla de su lucha. La Cruz era su batalla final con los poderes del mal; pero Jesús no tenía miedo, porque sabía que el mal no tenía ningún poder decisivo sobre El. Iba a la muerte con la seguridad, no de la derrota, sino de la victoria definitiva.




Lección nº 52:
PARA QUE LLEVÉIS FRUTO...
Juan 15: 1-17
La vid y los sarmientos
Juan 15: 1-10
Jesús, como en otras ocasiones, elabora en este pasaje figuras e ideas que eran parte de la herencia religiosa de la nación judía. Una y otra vez en el Antiguo Testamento, Israel se representa como la parra o la viña de Dios (Isaías 5:1-7; Jeremías 2:21; Ezequiel 19:10-14; Oseas 10:1; Salmo 80:8). La vid había llegado a ser de hecho el símbolo de la nación de Israel.
Jesús se llama “la auténtica Vid”. Es curioso que el símbolo de la vid se usa en el Antiguo Testamento unido a la idea de un pueblo rebelde.... La alegoría de Isaías es que la viña se ha vuelto silvestre. Jeremías dice que Dios se queja de que la nación que Él plantó de pura cepa se ha vuelto cepa extraña...
De esta manera Jesús estaba estableciendo el principio de que el verdadero camino a la salvación de Dios no es tener sangre judía, sino tener fe en Él.
Cuando Jesús trazó la alegoría de la vid sabía de lo que estaba hablando. La vid se cultivaba y se cultiva todavía en toda Palestina. Es una planta que requiere mucha atención si se quiere obtener un fruto de calidad. El terreno tiene que estar perfectamente limpio, y las plantas se separan convenientemente para que se puedan desarrollar. Se suelen podar los sarmientos en el invierno reduciendo la cepa a su mínima expresión. Siempre requieren una buena preparación y un buen cuidado del suelo.
Ya adulta produce dos tipos de sarmientos, unos que dan fruto y otros que no. Los que no van a dar fruto se cortan bien atrás para que no vuelvan a brotar ni esquilmen la fuerza de la planta. La vid no puede dar buen fruto a menos que se la pode drásticamente... Y Jesús lo sabía muy bien.
Además, la madera de la vid tiene la curiosa particularidad de que no sirve para nada. Es demasiado fibrosa y poco compacta. En ciertas épocas del año, establecía la ley, se tenían que llevar al templo ofrendas de madera para los fuegos de los altares; pero no se consideraban aceptables las cepas. Lo único que se podía hacer con los sarmientos de la poda era una fogata, para que no trajeran plagas a los árboles. En muchos países se usa para leña en las casas de los pueblos o para encender los hornos. Este es otro detalle que añade verosimilitud a la alegoría de Jesús.
Jesús dice que así son sus seguidores. Algunos de ellos son estupendos sarmientos que llevan fruto, y otros no dan ningún fruto.
¿En quién estaba pensando Jesús al hablar de los sarmientos estériles? Se pueden dar dos respuestas:
La primera es que estaba pensando en los judíos. ¿No era esa la lección que habían dado los antiguos profetas? La mayoría de los judíos se negaron a escuchar a Jesús y a aceptarle; por tanto, eran sarmientos estériles y secos.
La segunda es que estaba pensando en algo más general que incluye a los cristianos cuyo cristianismo es pura profesión sin práctica; creyentes, pero no practicantes. Estaba pensando en los cristianos inútiles: todo hojas, pero nada de fruto. Y estaba pensando en los cristianos que se vuelven apóstatas, que oyeron el mensaje y lo aceptaron y lo abandonaron convirtiéndose en traidores al Maestro al que se habían comprometido a servir... Y el sarmiento improductivo acaba en el fuego.
Jesús dice que, como sarmientos, para llevar fruto, debemos mantenernos unidos a Él... Mantenernos en Cristo es vivir de acuerdo con sus enseñanzas y mantener nuestra comunión con su Espíritu...
El secreto de la vida de Jesús era su constante contacto con Dios; con frecuencia se retiraba a algún lugar solitario a encontrarse con Él. Asi también nosotros debemos mantenernos en contacto con Jesús.
Por último, fijémonos en que aquí se establecen dos cosas acerca del buen discípulo. Primero, que enriquece su propia vida; su contacto con Jesús le hace vivir una vida fructífera que Dios enriquece (v. 7) y segundo, que una vida así da gloria a Dios y le honra ante los demás...
Dios es glorificado cuando llevamos mucho fruto y nos mostramos discípulos de Jesús. La mayor gloria de los cristianos es dar gloria a Dios con nuestra vida y conducta.

El amor como símbolo del discípulo
Juan 15: 11-17
La idea clave de este pasaje es lo que dice Jesús de que no han sido sus discípulos los que le han escogido a Él, sino Él escogió a sus discípulos. Es decir que no hemos sido nosotros los que hemos escogido a Dios, sino que Dios, en su gracia, se ha acercado a nosotros con la llamada y la invitación de su amor.
De este pasaje podemos sacar una lista de las cosas para las que Jesús nos ha escogido y llamado:
a) Nos ha escogido para la alegría. Por muy difícil que sea el camino cristiano es, tanto por su recorrido como por su destino, un camino de alegría. Siempre hay alegría en hacer lo que es debido. El cristiano es una persona alegre, un sonriente caballero de Cristo. Un cristiano lúgubre es una contradicción en términos; y nada ha producido más daño al Cristianismo en toda su historia que su identificación con las togas negras y las caras largas. Es verdad que el cristiano es un pecador, pero un pecador redimido; y de ahí su alegría. ¿Cómo puede dejar de ser feliz una persona que camina por los senderos de la vida con Jesús?
b) Nos ha escogido para el amor. Jesús nos envía al mundo para que nos amemos los unos a los otros. A veces vivimos como si se nos hubiera echado al mundo para competir, o para discutir, o hasta para pelearnos los unos con los otros. Pero el cristiano ha de vivir de tal manera que muestre lo que quiere decir amar a sus semejantes. Y Jesús pone frente a nosotros su propio ejemplo... Jesús nos dejó un mandamiento que El mismo fue el primero en cumplir. Por eso nos dice: “Como Yo os he amado”.
c) Jesús nos ha llamado para que seamos sus amigos. Dijo a los suyos que ya no los iba a llamar más siervos, sino amigos. Ahora bien, ser siervo o esclavo del Señor era un honor mayor (Deuteronomio 34:5; Josué 24:29; Salmo 89:20); era un título que Pablo se sentía orgulloso de usar (Tito 1:1), lo mismo que Santiago (Santiago 1:1)... Pero Jesús dice: “Yo tengo algo todavía mejor para vosotros: ya no vais a ser esclavos, sino amigos”. Cristo, desde que vino al mundo, nos ofrece una confianza con Dios que ni los mayores del pasado se atrevieron a soñar. Así Jesús nos introduce en esa intimidad con Dios, que ya no es para nosotros un extraño inasequible, sino nuestro Amigo íntimo.
d) Jesús no nos escogió sólo para otorgarnos una serie de privilegios tremendos. Nos llamó para que fuéramos sus socios en los asuntos de Dios (v. 15)... El esclavo tenía que hacer lo que se le mandara, sin discusión ni demora, pero Jesús nos da el honor de hacernos sus socios en su obra. Nos ha comunicado su pensamiento, y nos ha abierto su corazón.
e) Jesús nos escogió como sus embajadores. “Yo os he escogido para enviaros...” No nos ha escogido para que vivamos una vida retirada del mundo, sino para que le representemos en el mundo. Jesús nos escogió, primero, para que viniéramos a Él, y luego, para que saliéramos al mundo. Y ese debe ser el esquema y ritmo diario de nuestra vida.
f) Jesús nos escogió para que le diéramos a conocer a otros... Nos escogió para que nos pusiéramos a dar fruto, y un fruto que resistiera la prueba del tiempo. La manera de extender el Cristianismo es siendo cristianos. La manera de traer a otros a la fe cristiana es mostrarles el fruto de la vida cristiana. Jesús nos envía a hacer nuevos cristianos atrayéndolos con nuestro ejemplo; viviendo de tal manera que el fruto sea tan maravilloso que otros lo quieran para sí mismos.
g) Jesús nos escogió para que fuéramos miembros privilegiados de la familia de Dios. Nos escogió para que el Padre nos diera todo lo que le pidiéramos en su nombre, recordando que la oración debe hacerse con fe genuina (Santiago 5:15), en el nombre de Jesús sabiendo que no podemos pedir cosas que sabemos que Jesús no aprueba y que debe incluir siempre: “Hágase Tu voluntad” porque la oración auténtica debe ser, no que Dios nos envíe las cosas que nosotros queremos, sino que nos capacite para aceptar lo que Él quiera enviarnos. Jesús nos ha escogido para que seamos miembros privilegiados de la familia de Dios. Podemos y debemos llevarle todo a Dios en oración; pero, cuando lo hayamos hecho, debemos aceptar la respuesta que Dios nos envíe en su perfecta sabiduría y perfecto amor. Y cuanto más amemos a Dios, tanto más fácil nos resultará.




Lección nº 53:
EL RECHAZO Y LA RESPONSABILIDAD...
Juan 15: 18-25
El rechazo del mundo
Juan 15: 18-21
Juan siempre ve y dice las cosas en blanco y negro, sin medias tintas. Para él hay dos grandes entidades: la Iglesia y el mundo. Y no hay contacto ni entendimiento entre las dos. Hay que definirse, porque no se puede pertenecer más que a una, y no hay término medio.
Además, tenemos que recordar que, cuando Juan estaba escribiendo, la Iglesia estaba amenazada de persecución constantemente. Se perseguía a los cristianos sencillamente por llamarse así en recuerdo de Cristo... El Cristianismo era ilegal. Un magistrado no tenía que preguntar nada más que si una persona era cristiana para condenarla a muerte.
De una cosa no cabe duda: ningún cristiano que sufriera persecución podía decir que no se le había advertido. En este tema Jesús había sido totalmente explícito. Les había dicho a los suyos de antemano lo que podían esperar (Marcos 13:9-13; cp. Mateo 10:1722; 23-29; Lucas 12:2-9; 51-53).
Cuando Juan escribía esto, ya hacía tiempo que se había desatado el odio.
El gobierno romano odiaba a los cristianos porque los consideraba personas desafectas al régimen. La postura del gobierno era bien simple y comprensible: el imperio era vasto; se extendía desde el Éufrates hasta Gran Bretaña, de Alemania al Norte de África. Incluía toda clase de gentes y de países. Había que encontrar alguna fuerza unificadora que soldara toda esa masa heterogénea, y se encontró en el culto al emperador.
Ahora bien: el culto al césar no se impuso desde arriba, sino que surgió entre la misma gente; es fácil comprender que la gente pensara que el emperador simbolizaba el espíritu de Roma; representaba a Roma, encarnaba a Roma.. Sería un grave error creer que los pueblos sometidos aborrecían el gobierno romano; en su mayor parte le estaba profundamente agradecidos, porque Roma había traído la justicia, la liberación de reyes caprichosos, la paz y la prosperidad. Los montes quedaron limpios de bandoleros, y los mares de piratas. La pax romana, la paz romana se extendía por todo el mundo civilizado.
Fue en Asia Menor donde la gente empezó a pensar en el césar, el emperador, como el dios que personificaba a Roma; y eso, por gratitud por las bendiciones que había traído Roma. Al principio, los emperadores lamentaron y desanimaron esa tendencia; insistieron en que no eran más que hombres y no se los debía adorar como a dioses; pero vieron que no podían detener aquel movimiento quq pronto se extendió por todo el imperio. Y entonces el gobierno vio que podía usar aquello como la fuerza unificadora que necesitaba. Así es que llegó el tiempo en que, una vez al año, todos los habitantes del imperio tenían que quemar una pizca de incienso a la divinidad del césar.
Al hacerlo se demostraba que se era un ciudadano leal de Roma. Después de hacerlo, se recibía un certificado que decía que se había cumplido con la normativa.
Era esta una práctica y una costumbre que hacía que todos se sintieran parte del imperio romano, y que garantizaba su lealtad. Ahora bien, Roma era la esencia de la tolerancia: después de quemar la pizca de incienso y decir “César es Señor”, uno podía ir a adorar al dios que le diera la gana, siempre que su culto no escandalizara la decencia ni alterara el orden público.
Pero eso era precisamente lo que los cristianos no harían jamás: no llamaban ”Señor” nada más que a Jesucristo. Se negaban a someterse y, por tanto, el gobierno romano los consideraba desleales y peligrosos.
Per no era sólo que el gobierno perseguía a los cristianos: la gente ignorante y supersticiosa también los odiaba. ¿Por qué?
Porque se creían algunas calumnias que se habían divulgado acerca de los cristianos. No hay duda de que los judíos eran responsables, por lo menos hasta cierto punto, de esas calumnias:
Así se decía que los cristianos eran revolucionarios. Ya hemos visto una de las causas de esa sospecha. Era inútil que los cristianos dijeran que eran los mejores ciudadanos del imperio: el hecho era que se negaban a quemar incienso al emperador y decir “César es Señor”.
También se decía que eran caníbales. Esto procedía de las palabras de la Santa Cena: “Esto es Mi cuerpo” y “Esta es Mi sangre”... Sobre la base de estas palabras, no era difícil diseminar entre la gente ignorante, dispuesta a creer lo peor, que los cristianos celebraban banquetes canibalescos. No nos sorprende que esta calumnia despertara el odio en los que la creyeran.
Se decía también que practicaban la inmoralidad más flagrante: su comida común semanal se llamaba Agapé, la Fiesta del Amor. Cuando los cristianos se encontraban donde fuera, se saludaban con el beso de la paz. No sería difícil a los que encontraban fácil el atribuir malicia aun a lo más santo que la Fiesta del Amor era una orgía sexual, y que el beso de la paz era su santo y seña.
Y también se decía que eran incendiarios (2 Pedro 3:10)... Cuando se produjo el incendio que devastó Roma, el propio Nerón, para desviar las sospechas de muchos de que él había sido el causante, les echó las culpas a los que predicaban que el fin del mundo vendría con fuego.
Aún había otra acusación, con ciertos visos de verdad... Era que los cristianos dividían las familias, deshacían los hogares y separaban los matrimonios. En cierto sentido, eso pasaba. Cristo no vino a traer paz donde no se Le recibiera, sino espada (Mateo 10:34). A veces una mujer se convertía y su marido no. A menudo los hijos se hacían cristianos, pero no sus padres. Entonces, a veces se dividían las familias.
Con estas y otras calumnias no nos sorprende que bastara saber que una persona era cristiana para que se la odiara.
Tales fueron las causas del odio del mundo a los cristianos en los primeros tiempos; pero sigue siendo verdad que el mundo aborrece a los cristianos.
Como ya hemos dicho, por la palabra mundo Juan se refiere a la sociedad humana que se organiza sin contar con Dios. No puede por menos de haber una escisión entre los que ven en Dios la realidad suprema de la vida y los que le consideran como totalmente irrelevante.
El mundo sospecha de los que son diferentes de la mayoría. Eso se ve en las cosas más simples: los que son diferentes, ya sea por la ropa, por las ideas o por el color de la piel, automáticamente les caen mal a los demás, que los consideran extravagantes, locos, o un escándalo o un peligro público, y se les hace la vida imposible.
Al mundo le resultan especialmente repelentes los que, con su manera de vivir, condenan a los demás por su mala manera de vivir. Es realmente peligroso ser buenas personas y tener un nivel de vida superior al del mundo.
Así también el mundo siempre mira con suspicacia a los que no siguen la corriente... El que no se somete a las modas, a las costumbres y a los hábitos mayoritarios seguramente tendrá más de un problema...
Pero la demanda esencial del Evangelio sigue siendo el coraje de ser diferente. Eso será peligroso, pero no se puede ser cristiano si no se asume ese riesgo; porque tiene que haber diferencia entre el que es del mundo y el que es de Cristo.
Así sucedía en tiempos de Juan, al final del primer siglo... Y Juan recuerda con énfasis esta advertencia de Jesús para los de su tiempo y para los cristianos de todos los tiempos.

Privilegios y responsabilidades
Juan 15: 22-25
Aquí vuelve Jesús al pensamiento que nunca está lejos de su mente: la convicción de que el conocimiento y el privilegio conllevan responsabilidad. Hasta la venida de Jesús, la humanidad nunca había tenido posibilidad de conocer realmente a Dios; nunca había oído claramente su voz, ni se le había presentado la clase de vida que Él quiere que vivamos. Cuantos más conocimientos se tienen y más privilegios se han disfrutado, es natural que se exija una mayor responsabilidad.
Jesús hacía dos cosas.
Primero, exponía el pecado. Decía lo que ofende a Dios y cómo quiere Dios que nos conduzcamos, presentando el verdadero camino.
Y segundo, proveía el remedio para el pecado; y esto en un doble sentido: abrió el camino para el perdón de los pecados pasados, y proveyó el poder que capacita para vencer al pecado y vivir una vida nueva. Estos fueron algunos de los privilegios y el conocimiento que Jesús trajo a la humanidad.
Muchos con este conocimiento desoyen a Jesús y viven como si Él no hubiera venido... Pero nosotros sabemos que nadie podrá experimentar la auténtica vida en este mundo o en el venidero si prescinde del Señor de la Vida... Este es un privilegio; vivirlo es una responsabilidad.




Lección nº 54:
EL TESTIMONIO, LA ADVERTENCIA
Y EL DESAFÍO
Juan 15: 26 – 16: 4

El testimonio...
Juan 15: 26-27
Aquí nos reproduce Juan dos ideas que están íntimamente relacionadas en su corazón y entrelazadas en su pensamiento.
La primera es el testimonio del Espíritu Santo. ¿Qué quiere decir con eso?
Cuando se nos cuenta la historia de Jesús y se nos presenta su figura, ¿qué es lo que nos hace comprender que esta y no otra es la verdadera imagen del Hijo de Dios?
La reacción de la mente humana, la respuesta del corazón humano es la obra del Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo dentro de nosotros quien nos mueve a responder a la invitación de Jesucristo.
La segunda es el testimonio de Cristo que dan los creyentes (v. 27). Hay tres elementos en el testimonio cristiano:
a) El testimonio cristiano viene de una larga comunión e intimidad con Cristo. Los discípulos eran sus testigos porque habían estado con Él desde el principio. Un testigo es una persona que dice: “Esto es verdad, y yo lo sé, porque estuve ahí...”; no puede haber testimonio sin experiencia personal.
Sólo podemos testificar de Cristo si hemos estado con Él.
b) El testimonio cristiano viene de una convicción interior. La convicción personal es uno de las señales más inconfundibles: apenas una persona ha empezado a hablar, y ya sabemos si cree de veras lo que dice o no. No puede haber testimonio eficaz de Cristo sin esta convicción interior que viene de la intimidad personal con Cristo.
c) El testimonio cristiano se manifiesta... Un testigo no es sólo una persona que sabe que algo es verdad, sino que también está dispuesta a decirlo. El testigo cristiano es la persona que no sólo conoce a Cristo, sino que quiere que otros también le conozcan.

Es nuestro privilegio y tarea el ser testigos de Cristo en el mundo; y no podemos serlo sin conocimiento personal, íntima convicción y testimonio de nuestra fe hacia fuera.

La advertencia y el desafío a seguirle
Juan 16: 1-4
Para cuando estaba escribiendo Juan era inevitable que algunos cristianos se hubieran apartado, porque la persecución ya se había desencadenado sobre la Iglesia... El Apocalipsis condena a los cobardes entre otros muchos culpables de diversos pecados (Apocalipsis 21:8).
Cuando Plinio, el gobernador romano de Bitinia, estaba interrogando a algunos para ver si eran cristianos o no, escribió al emperador Trajano para decirle que algunos reconocían “que habían sido cristianos, pero que habían dejado de serlo hacía muchos años, algunos hacía veinte años”. Hasta en medio del heroísmo de la Iglesia Primitiva hubo algunos que no tuvieron bastante fe para resistir la persecución, ni valor para mantenerse fieles.
Jesús lo previó todo, y lo advirtió de antemano. No quería que nadie pudiera decir que no sabía lo que le podía esperar si se hacía cristiano... Jesús ofrecía la gloria, pero también demandaba la cruz.
Jesús habló de dos maneras en que perseguirían a sus seguidores:
Serían excomulgados de la sinagoga. Eso era algo terrible para un judío. La sinagoga ocupaba un lugar clave en la vida judía. Algunos de los rabinos llegaban hasta a decir que la oración no era eficaz a menos que se ofreciera en la sinagoga. Los discípulos de Jesús eran gente normal y corriente; necesitaban compañía; por ende necesitaban la sinagoga y su culto. Sería terrible para ellos que los expulsaran y les cerraran todas las puertas.
Aunque por cierto que algunas veces tenemos que aprender que “es mejor estar a solas con Dios” porque a veces, la soledad en la sociedad es el precio de la compañía con Dios...
Y Jesús también les dijo que no faltarían quienes creyeran que le estaban prestando un servicio a Dios matando a sus seguidores...
Una de las tragedias de la religión ha sido que muchos creían que estaban sirviendo a Dios cuando perseguían a los que consideraban herejes. Probablemente ninguno estuvo más convencido de que estaba sirviendo a Dios que Saulo, cuando estaba haciendo todo lo posible para acabar con los seguidores de Jesús (Hechos 26:9-11).
Eso sucederá, decía Jesús, porque no reconocen a Dios.
La tragedia de la Iglesia es que muchos se han afanado en propagar su idea de la religión; muchas veces se han creído que ellos tenían el monopolio de la verdad y de la gracia de Dios.
Y lo desesperante es que sigue pasando; esa es la barrera que impide la unión y la unidad entre las iglesias. Siempre existirá la persecución -aunque no necesariamente matando y torturando, pero sí excluyendo de la Casa de Dios- mientras haya quienes crean que sólo hay un camino a Dios, que es, desde luego, el de ellos y no Jesús (Juan 14: 16).
Jesús sabía tratar con las personas. De hecho, estaba diciendo: “Os ofrezco la tarea más difícil y arriesgada del mundo. Os ofrezco algo que os lacerará el cuerpo y os rasgará el corazón. ¿Sois lo bastante valientes para aceptarlo?”... Ese era el desafío; y ese sigue siendo el desafío de Jesús a los que están dispuestos a seguirlo con fidelidad.
Jesús ofreció, y todavía ofrece, no un camino fácil, sino el camino de la gloria. Quiere personas que estén dispuestas y con los ojos abiertos a ofrecer todo por Él; y con Él, porque sabemos que si somos fieles está siempre con nosotros.




Lección nº 55:
LA OBRA DEL ESPÍRITU Y LA VERDAD
Juan 16: 5-15
La obra del Espíritu Santo
Juan 16: 5-11
Los discípulos estaban desconcertados y apesadumbrados. Todo lo que habían comprendido era que iban a perder a Jesús.
Pero Él les dijo que, a fin de cuentas, todo sería para su bien; porque, cuando El se fuera, vendría el Ayudador, es decir, el Espíritu Santo. Cuando Él estaba en el cuerpo, no podía estar con ellos en todas partes; siempre era cosa de despedidas y bienvenidas. Cuando estaba en el cuerpo no podía llegar a las mentes, los corazones y las conciencias de las personas en todas partes, sino que estaba confinado por las limitaciones del espacio y el tiempo. Pero el Espíritu no está sujeto a limitaciones.
La venida del Espíritu sería el cumplimiento de la promesa: “He aquí Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20).
Aquí tenemos un sumario casi completo de la obra del Espíritu. Juan usa la palabra elenjein, que se traduce “convencer”... Elenjein se usa para el interrogatorio de un acusado o de un testigo en un juicio, o para la contestación de un contrario en una discusión.
Siempre conserva la idea del examen o interrogatorio al que se somete a una persona hasta que admite sus errores o se muestra convencido por un razonamiento de algo que no había comprendido antes. La usaban, por ejemplo, los griegos, para referirse al examen de conciencia en la mente o el corazón de una persona. Veamos que dice Jesús que hará el Espíritu Santo:
a) El Espíritu Santo demostrará que el mundo es culpable de pecado. Cuando los judíos crucificaron a Jesús creían, no que estaban pecando, sino que estaban sirviendo a Dios. Pero, cuando se predicó después la crucifixión de Jesús, aquello les atravesó el corazón (Hechos 2:37). Repentinamente tuvieron la convicción de que habían cometido el crimen más horrible de toda la Historia de la humanidad, y de que aquello había sido la consecuencia de su pecado.
¿Qué es lo que nos produce el sentimiento de pecado y nos hace reconocerlo? ¿Qué es lo que nos humilla ante la Cruz? Sin duda alguna que es la acción del Espíritu Santo.
b) El Espíritu Santo convencerá a la humanidad de la justicia de Cristo. Jesús fue crucificado como un criminal. Le juzgaron; le encontraron culpable; los judíos le consideraron un malvado hereje o blasfemo, y los romanos, un elemento peligroso para la seguridad del estado; le condenaron a la peor muerte, que se reservaba para los peores criminales, marcándole como enemigo de la humanidad y de Dios. ¿Cómo se cambió aquel dictamen? ¿Qué hizo ver en la figura de aquel Crucificado al Hijo de Dios, como le pasó al centurión al pie de la Cruz (Mateo 27.54), y a Saulo en la carretera de Damasco (Hechos 9:1-9)? Es la acción del Espíritu Santo. Es Él el que convence a las personas de la justicia absolutamente perfecta de Cristo, respaldada por el hecho de que resucitó y volvió a la gloria de Su Padre.
c) El Espíritu Santo convence al mundo de juicio. En la Cruz el mal ha quedado condenado y derrotado. ¿Qué nos hace estar seguros de que nos espera un juicio? Es la obra del Espíritu Santo. Es El quien nos da la inquebrantable convicción de que hemos de comparecer todos ante el tribunal de Dios.
d) Queda otra cosa que, de momento, Juan no pasa a mencionar. Cuando estamos convencidos de nuestro pecado, cuando estamos convencidos de la justicia de Cristo y cuando estamos convencidos del juicio venidero, ¿qué nos da la seguridad de que en la Cruz de Cristo tenemos el perdón de nuestros pecados y la salvación del juicio? También esto es la obra del Espíritu Santo. Es Él quien nos convence y nos asegura de que en esta Figura crucificada podemos reconocer a nuestro Salvador y a nuestro Señor.

El Espíritu Santo nos convence de la realidad de nuestro pecado y nos convence de la suficiencia de nuestro Salvador.

El Espíritu y la revelación de la Verdad
Juan 16: 12-15
Para Jesús, el Espíritu Santo es el Espíritu de la Verdad, cuya gran misión es traer la verdad de Dios al mundo.
Tenemos una palabra especial que quiere decir traer la verdad de Dios a la humanidad, y es la palabra revelación; y no hay ningún pasaje en el Nuevo Testamento que nos presente más claramente que este lo que podríamos llamar los principios de la revelación.
a) La revelación no puede por menos de ser un proceso progresivo. Jesús sabía muchas cosas que no podía decirles a sus discípulos en aquel momento, porque ellos no estaban preparados para recibirlas. No se le puede decir a una persona más de lo que puede comprender.
Por ejemplo, algunos pasajes difíciles del Antiguo Testamento a veces nos preocupan e inquietan, porque no son fáciles de entender; pero sabemos que en esa etapa, eso era todo lo que los hombres podían comprender de la verdad de Dios... Así tiene que ser la revelación: Dios no puede revelar más de lo que podemos y queremos asimilar.
Reconocer que la revelación es algo progresivo, es la prueba de que la revelación de Dios no es algo cerrado. Dios no ha dejado de hablar, aunque hayan pasado más de dos mil años de que se escribiera el último libro de la Biblia, porque el Espíritu de Dios siempre está actuando; siempre está revelándose. Es verdad que su revelación suprema e insuperable vino en Jesús; pero Jesús no es simplemente el protagonista de un libro, sino una Persona viva en quien la revelación de Dios continúa y que sigue revelando su verdad a la humanidad.
b) La revelación de Dios incluye toda la verdad. Nos equivocamos si creemos que se limita a lo que podríamos llamar la verdad teológica remitiéndonos a una simple doctrina... Debemos pensar en todos los asuntos de la vida: cuando un hombre de ciencia descubre algo que va a ayudar a la humanidad en sus afanes, o cuando un cirujano descubre una nueva técnica para salvar vidas humanas, o cuando un médico descubre un nuevo tratamiento que traerá vida y esperanza a la humanidad doliente, esas cosas son también revelaciones de Dios. Toda verdad es de Dios, y la revelación de toda verdad es obra del Espíritu Santo.
c) Lo que se nos revela viene de Dios. Él es el dueño y el dador de toda verdad. La verdad no es un descubrimiento humano, sino un don de Dios. No es algo que nosotros creamos, sino algo que estaba ahí, como América, esperando que lo descubriéramos. Detrás de toda verdad está Dios.
d) La revelación consiste en tomar las cosas de Jesús y descubrirnos su significado. Parte de la grandeza de Jesús está en que es inagotable. No ha habido nadie que haya abarcado en toda su profundidad todo lo que Él vino a decirnos. Nadie ha desarrollado totalmente todo el significado de su enseñanza de la vida y de la fe, para la persona y para el mundo, para la sociedad y para la nación... La revelación es un constante descubrimiento del sentido quee Jesús tiene para todos nosotros.

Aquí tenemos el secreto del asunto. La revelación nos viene, no de un libro o una doctrina, sino de una Persona viva. Cuanto más cerca vivamos de Jesús, mejor le conoceremos. Cuanto más lleguemos a parecernos a El, más podrá comunicarnos. Cuanto más nos rindamos a su señorío, más disfrutaremos de su revelación.




Lección nº 56:
ALEGRÍA, PERDÓN Y VICTORIA
Juan 16: 16-33
La tristeza se volverá alegría
Juan 16: 16-24
Los judíos creían que la Historia se dividía en dos partes: la edad presente y la por venir. La edad presente era rematadamente mala y estaba bajo condenación; y la por venir era la edad de oro de Dios. Entre las dos edades, antes de la venida del Mesías, que era el que introduciría la nueva edad, estaba el Día del Señor, que iba a ser un día terrible en el que el mundo sufriría grandes sacudidas antes que amaneciera la edad de oro. Los judíos solían llamar a ese tiempo de prueba “el alumbramiento de los días del Mesías”.
Jesús conocía esa literatura, y tenía en mente sus imágenes. Y ahora estaba diciendo a sus discípulos: “Ahora os dejo solos, pero volveré otra vez. Llegará el día en que venga Mi Reino, pero antes tendréis que pasar cosas terribles, con dolores como los de una mujer cuando está de parto. Pero, si los sufrís con fidelidad, las bendiciones serán maravillosas”.
Y de ahí pasó a describir la vida del cristiano que soporte la prueba.
a) La tristeza se convertirá en alegría. Habrá un tiempo que parecerá que ser cristiano no trae más que sufrimiento, y ser del mundo nada más que bienestar; pero llegará el día en que la alegría descuidada del mundo se cambiará en tristeza, y la aparente tristeza del cristiano se tornará alegría.
El cristiano debe recordar siempre, cuando tenga que pagar cara su fe, que ese no es el fin de todo, y que la tristeza se volverá alegría.
b) La alegría cristiana tendrá dos preciosas características: Nunca nos será arrebatada; la alegría que produce el mundo está a merced del mundo; la que da Cristo es independiente de todo lo que el mundo pueda hacer. Y será completa: en la alegría del mundo siempre hay algo que falta; en la alegría cristiana, en el gozo de la presencia de Cristo, no hay ningún vestigio de imperfección. Es perfecto y completo.
c) En el gozo cristiano, el dolor que se sufrió antes desaparece sin dejar secuelas de amargura, sino una abundante bendición. La madre olvida el dolor del parto ante la maravilla de su bebé. El mártir se olvida de la agonía en la gloria del Cielo... Si la fidelidad a Cristo costó cara, el precio se considerará que no fue nada ante el gozo de estar ya para siempre con Cristo (Romanos 8:18).
d) Habrá plenitud de conocimiento. “Ese día -dijo Jesús- ya no tendréis necesidad de hacerme más preguntas”. En esta vida hay muchas preguntas que no tienen respuesta y muchos problemas que no tienen solución. No son más que fragmentos de la verdad lo que podemos percibir, y atisbos de Dios los que podemos ver; pero en la edad por venir, con Cristo, habrá plenitud de conocimiento (1 Corintios 13:12).
e) Tendremos una nueva relación con Dios. Cuando conozcamos a Dios de veras y a fondo, podremos acudir a Él y pedirle todo lo que necesitemos. Sabemos que la puerta está abierta; sabemos que Él es nuestro Padre, y que su corazón es amor.
En esa relación, Jesús dice que podemos pedir lo que sea... Así es que nosotros podemos llegar a tal intimidad con Dios que tengamos libertad para consultárselo todo; pero siempre debemos terminar con “¡Hágase Tu voluntad!”
f) Es Jesús el que hace posible esa nueva relación con Dios. Existe en su nombre.

Todo es gracias a Él: que nuestro gozo es indestructible y perfecto, que nuestro conocimiento es completo, que el camino al corazón de Dios está abierto. Todo lo que tenemos nos ha venido por medio de Jesucristo. Sólo en su nombre podemos pedir, nos podemos acercar, y somos bienvenidos.

Acceso directo a Dios
Juan 16: 25-28
Jesús les dice que hasta aquí le ha hablado en alegorías. La palabra griega es paroimía, que es la que se usa para las parábolas de Jesús, pero que significa básicamente algo que es difícil de entender, un dicho cuyo sentido está velado para el que lo escucha casualmente, que requiere meditación para descubrir lo que quiere decir.
Jesús les quiere decir que hasta ese momento les ha estado haciendo sugerencias e indicaciones, dándoles la verdad cubierta con un velo; les ha estado diciendo cosas que les hacían pensar o que les dejaban confusos; pero que a partir de ese instante les diría la verdad con toda claridad... Y pasa a decirles sencillamente que vino de Dios y que vuelve a Dios. Ese era su secreto: no era sino el Hijo de Dios, y la Cruz no iba a ser la muerte de un criminal sino el camino de vuelta a Dios.
Y entonces Jesús dice una cosa que no debemos olvidar: los suyos tienen acceso directo a Dios porque Dios los ama; Jesús no tiene necesidad de presentarle a Dios las súplicas de los suyos; ellos lo pueden hacer por sí mismos... Y Jesús lo dice antes de la Cruz.
Jesús no murió para hacer que Dios nos amara, sino porque Dios nos ama; no para hacer que Dios sea un Dios de amor, sino para demostrar que Dios es amor. Jesús vino, no porque Dios odiaba al mundo, sino porque lo amaba de tal manera... Jesús ha traído a la humanidad el amor de Dios.
Jesús también dice a sus discípulos que su obra está concluida. Vino del Padre y ahora, por el camino de la Cruz, vuelve a Él... Ahora el acceso a Dios está abierto para todas las personas. Jesús no tiene que presentarle a Dios nuestras oraciones; cada cual puede presentárselas. Dios ama a los que aman a Cristo.

Perdón, confianza y victoria
Juan 16: 29-33
Aquí se ilumina extrañamente cómo, por fin, los discípulos se rindieron a Jesús. De pronto dieron el gran salto de la fe porque se dieron cuenta de que Jesús no tenía necesidad de preguntarle a nadie nada.
¿Qué querían decir? Que Jesús podía leerles los corazones como si fueran libros abiertos. Por eso fue por lo que creyeron en Él... Fue su conocimiento de Dios y de sus corazones lo que convenció a sus discípulos de que era el Hijo de Dios.
Pero Jesús era realista. Les dijo que, a pesar de su fe, se acercaba la hora en que le abandonarían.
Aquí tenemos algo que es tal vez lo más extraordinario de Jesús. Sabía lo vacilantes que eran sus hombres, y conocía sus fracasos; sabía que le fallarían en el momento en que más los necesitara; pero, sin embargo, los amaba; y, lo que es todavía más maravilloso: ¡confiaba en ellos!
Jamás se habían combinado así el perdón y la confianza.
¡Qué lección tenemos aquí! Jesús nos enseña a perdonar, y a confiar en la persona que nos ha fallado.

Aquí hay cuatro cosas bien claras acerca de Jesús:
a) Está la soledad de Jesús. Los suyos le iban a dejar solo; y, sin embargo, Él no se sentía solo, porque tenía a Dios. Nadie que esté de parte del bien estará nunca solo: Dios siempre estará con él.
b) Está el perdón de Jesús. Sabía que sus amigos le abandonarían, y sin embargo no se lo echó en cara, y después no les guardó rencor. Los amaba con todas sus debilidades; los veía y los amaba tal como eran.
c) Está la simpatía de Jesús. “Todo esto os lo he dicho para que estéis en paz conmigo”, les dice amorosamente. El sentido es que, si Jesús no les hubiera anunciado a sus discípulos su debilidad, después, cuando se dieran cuenta de que le habían fallado, podrían haberse desesperado irremisiblemente.
Aquí vemos juntos el perdón y la misericordia de Dios. Jesús estaba pensando, no en el daño que le haría a Él el que los Suyos le fallaran, sino en el daño que les haría a ellos.
d) Está el don de Jesús: la victoria... Muy pronto iban a ver los discípulos que el mundo le haría a Jesús lo peor, y sin embargo no le derrotaría. Y Él les dijo: “Pero confiad, yo he vencido al mundo”, dando a entender que esa victoria sería la victoria de ellos también...
Este es el gran don, el maravilloso regalo que Jesús nos ofrece, haciendo nuestra su Victoria.




Lección nº 57:
LA GLORIA DE LA CRUZ Y LA OBRA DE JESÚS
Juan 17: 1-8

La Gloria de la Cruz y el conocimiento del Padre
Juan 17: 1-5
Para Jesús, la vida tenía un clímax, que era la Cruz. Para Él, la Cruz era la gloria de la vida y el acceso a la gloria de la eternidad. ¿Qué quería decir Jesús cuando hablaba de la Cruz como su gloria y su glorificación?
Es un hecho de la historia que una y otra vez fue en la muerte cuando las grandes figuras alcanzaron la gloria. Fue cuando murieron, y cómo murieron, lo que mostró realmente quiénes y cómo eran.
Eso sucedió con Jesús; porque, hasta el centurión que estaba al pie de la cruz quedó diciendo: “¡No cabe duda de que Éste era el Hijo de Dios!” .
- La Cruz fue la gloria de Jesús porque fue en ella donde mostró supremamente su majestad, y desde donde atrae a sí definitivamente el reconocimiento, el amor y la lealtad de la humanidad.
- Además, la Cruz fue la gloria de Jesús porque fue la culminación de su obra. “He llevado a cabo el trabajo que Tú me encargaste” dijo al Padre. Para Él, el haberse detenido antes de la Cruz habría supuesto dejar su labor sin terminar porque había venido a este mundo para enseñarle a la humanidad el amor de Dios, no sólo con palabras, sino con toda su vida. Llegando a la Cruz, Jesús mostró que no hay nada que el amor de Dios no esté dispuesto a asumir por la humanidad; que no tiene límites...
- Hay otra cuestión: ¿Cómo glorificó la Cruz a Dios?
La única forma de glorificar a Dios es obedecerle. Un niño honra a sus padres cuando los obedece; un ciudadano contribuye a la gloria de su país cuando obedece sus leyes; un estudiante honra a su profesor cuando sigue y pone en práctica su enseñanza...
Jesús dio honor y gloria a Dios con su perfecta obediencia. La historia evangélica deja muy claro que Jesús pudo evitar la Cruz. Humanamente hablando, podría haber vuelto la espalda y no haber ido a Jerusalén. Pero Él glorificó a Dios en la Cruz ofreciéndole la perfecta obediencia de un amor perfecto.
- Pero hay todavía más: Jesús le pidió a Dios que le glorificara y que se glorificara. La Cruz no era el final. Habría de seguirla la Resurrección, que sería la reivindicación de Jesús... Fue la demostración de que, aunque la humanidad le hiciera lo peor, Jesús no sería derrotado, sino saldría vencedor.
La Cruz era lo peor que la humanidad podía hacerle a Jesús, pero ni aun así le podría vencer... Y esa gloria se manifestaría en la resurrección; y la resurrección glorificaría al Padre.
- Podemos decir también que para Jesús, la Cruz era el camino de vuelta: “Glorifícame -oró- con la gloria que tuve antes que el mundo empezara”. Era como un caballero que hubiera salido de la corte de su rey para realizar alguna hazaña heroica y peligrosa, y que, una vez cumplida su misión, volvía en triunfo a gozar de la gloria de la victoria. Jesús vino de Dios y volvió a Dios. La empresa gloriosa entre su venida y su vuelta culminó en la Cruz. Para El, por tanto, la Cruz era la puerta de entrada a la gloria; y, si hubiera rehusado pasar por ella, ¿cómo habría vuelto a la gloria? ¿Habría habido una gloria a la que volver? Para Jesús la Cruz fue Su vuelta a Dios.
Hay otra idea importante en este pasaje, porque contiene la gran definición que da el Nuevo Testamento de la vida eterna: es conocer a Dios, y a Jesucristo, a quien Él ha enviado.
Recordemos lo que quiere decir eterno. En griego es aiónios. Esta palabra tiene que ver, no tanto con la duración de la vida, porque una vida que fuera interminable no tendría que ser por ello deseable, como con la calidad de la vida. Sólo hay Uno al que se puede aplicar adecuadamente la palabra aiónios, y es Dios. La vida eterna no es otra cosa, por tanto, que la vida de Dios. Poseerla, entrar en ella, es experimentar aquí y ahora algo del esplendor, y la majestad, y el gozo, y la paz, y la santidad que son características de la vida de Dios. Por eso para poseer la vida eterna es imprescindible conocer al Padre.
¿Qué quiere decir conocer a Dios?
Sin duda que hay un elemento de conocimiento intelectual. Quiere decir, por lo menos en parte, saber cómo es Dios; y eso es algo que cambia radicalmente la vida al saber que Dios no es vengativo ni cruel, sino amor... Estas cosas las sabemos; pero no las habríamos sabido si Jesús no hubiera venido a decírnoslas. Pero hay algo más. En el Antiguo Testamento se usa corrientemente la palabra conocer con el sentido de la relación sexual (Génesis 4: l) haciendo referencia a la más íntima relación entre el hombre y su mujer, de manera tal que marido y mujer ya no son dos, sino una sola carne (El acto sexual no es lo más importante, sino la intimidad e identidad de corazón, mente y alma que en el verdadero amor lo preceden).
Conocer a Dios no es, por tanto, un mero conocimiento intelectual de Él, sino una íntima relación personal con Él que es como la relación más próxima y amada de la vida.
De nuevo hemos de decir que, sin Jesús, tal intimidad con Dios habría sido impensable e imposible. Es Jesús el que nos ha enseñado que Dios no es un Ser remoto e inasequible, sino el Padre cuya naturaleza es amor.
Conocer a Dios es no sólo saber cómo es, sino también estar en términos de la más íntima relación de amistad con Él; y ninguna de las dos cosas es posible sin Jesucristo.

La obra de Jesús y el discipulado
Juan 17: 6-8
Jesús nos da aquí una definición de su obra y dice a Dios: “He manifestado tu nombre...”
Aquí hay dos grandes ideas que les resultarían claras a los que lo leyeran por primera vez.
Hay una idea que es esencial y característica del Antiguo Testamento; allí se usa la palabra nombre en un sentido especial; no quiere decir simplemente el nombre propio de una persona, sino todo su carácter en tanto en cuanto puede conocerse (Salmo 9:10; 20:7; 22:22; Isaías 52:6).
Así que, cuando Jesús dice esto está diciendo que ha dado a la humanidad la posibilidad de ver cuál es la verdadera naturaleza de Dios (Juan 14:9). Es la suprema afirmación de Jesús que, en Él, la humanidad ve la mente, el carácter y el corazón de Dios.
Pero hay otra idea aquí. En tiempos algo más avanzados, cuando los judíos hablaban del nombre de Dios se referían al tetragrámaton, el nombre de cuatro letras que se transcribiría YHWH. Ese nombre era tan sagrado para los judíos que no se pronunciaba nunca, excepto una vez al año, el sumo sacerdote cuando entraba en el lugar santísimo el día de la expiación. Las cuatro letras corresponden al nombre de YAHWEH. Se suele escribir Jehová, aunque nunca se pronunciaba así, sino Adónay, que quiere decir el Señor, de donde tomó las vocales... Y Jesús está diciendo que ese Nombre puede ser ahora pronunciado porque los hombres conocen el verdadero carácter de Dios que el mismo Jesús les ha dado a conocer trayendo a Dios tan cerca de nosotros que hasta el cristiano más humilde puede tomar en sus labios el nombre antes inefable de Dios.
Pero este pasaje ilumina también el sentido del discipulado.
El discipulado cristiano se basa en el hecho de que Jesús ha venido de Dios. Un discípulo es una persona que se ha dado cuenta de que Jesús es el Embajador de Dios, y que en sus palabras oímos la voz de Dios, y en sus obras vemos a Dios en acción..
El discipulado además conduce a la obediencia... El discípulo es el que obedece la Palabra de Dios como la recibe en Jesús; el discipulado implica sumisión.
Y finalmente en este pasaje Jesús dice que el discipulado es algo que está preparado de antemano por Dios, porque afirma que las personas que le pertenecen le han sido dadas por el Padre... Eso no quiere decir que Dios destinó a algunas personas para que fueran discípulos, y a otros para que rechazaran el discipulado, sino que hace referencia al propósito que Dios tiene paratodos los hombres, auqnue en su omnisciencia Él sepa que muchos le habrían de rechazar, sigue adelante por aquellos que escucharían su llamado...
Hay en todo este pasaje, y más aún en todo este capítulo, una confianza ilusionada acerca del futuro en la voz de Jesús: estaba con sus hombres, los que Dios le había dado; daba gracias a Dios por ellos; y nunca dudaba de que llevarían a cabo la misión que El les había confiado, a pesar de su simpleza y de las dificultades, porque afirmaba su confianza en el Padre...
Jesús tenía dos cosas: fe en Dios y fe en sus hombres.
Es una de las cosas que más entusiasman en el mundo el pensar que Jesús puso su confianza en personas como nosotros; por eso nosotros tampoco nos tenemos que desanimar por las debilidades humanas ni por los principios humildes porque habremos de lanzarnos adelante con una fe confiada en Dios...




Lección nº 58:
JESÚS ORA POR SUS DISCÍPULOS
Juan 17: 9-26

Sus discípulos en el mundo
Juan 17: 9-19
Aquí tenemos un pasaje lleno de verdades... En primer lugar, nos dice algo de los discípulos de Jesús.
El discípulo es, como vimos, un don de Dios a Jesús... Y por medio del discípulo le viene gloria a Jesús. El paciente al que ha curado le da gloria al médico; el estudiante al que ha preparado le da gloria al profesor; el atleta al que ha entrenado le da gloria al entrenador. Las personas que Jesús ha redimido le dan honor a Él. La persona que era mala y se ha vuelto buena es la honra de Jesús...
El discípulo es además una persona a la que se le ha confiado una tarea. Como Dios envió a Jesús, así Jesús envía a sus discípulos. Jesús pide por sus discípulos, no por el mundo, pero lo que Jesús hace por el mundo es enviarle a sus discípulos para que conozca a Dios y vuelva a Él...
Orando a Dios, Jesús dice: “Todo lo que tengo es Tuyo, y todo lo que Tú tienes es mío”... La primera parte es natural y fácil de comprender, porque todo pertenece a Dios, y Jesús lo repitió una y otra vez; pero la segunda parte es alucinante: “¡Todo lo que Tú tienes es mío!”... Esto es algo que ninguna criatura puede decirle a Dios; pero Jesús lo dijo presentando claramente su identidad con Dios. Jesús es una misma cosa con Él de tal manera que dispone de su mismo poder y prerrogativas.
Debernos fijarnos es que Jesús no le pidió a Dios que sacara a sus discípulos de este mundo. El no pidió para ellos una posibilidad de evasión, sino que alcanzaran la victoria. La clase de cristianismo que se refugia en conventos o monasterios no le habría parecido verdadero a Jesús. Él insistía en que era en medio de las vueltas y revueltas de la vida donde se tenía que vivir el Cristianismo.
Por supuesto que se necesita orar y meditar y retirarse a puerta cerrada para estar a solas con Dios; pero estas cosas no son el fin de la vida, sino medios para alcanzar el fin, que no es otro que demostrar la vida cristiana en los trabajos y las pruebas de la vida del mundo... El cristiano no debe desear abandonar el mundo, sino conquistarlo.
Jesús también pidió por la unidad de sus discípulos. Donde hay divisiones, exclusividad, competencia entre las iglesias, la causa del Cristianismo está en peligro, y la oración de Jesús, frustrada. Jesús pidió que sus discípulos fueran tan realmente una sola cosa como Él y el Padre; y a menudo no es esto lo que se ve en el seno de la Iglesia, lamentablemente.
Jesús además pidió a Dios que protegiera a sus discípulos de los ataques del maligno, sabiendo el poder de la maldad... Nos da ánimo y confianza saber que Dios está vigilando nuestras vidas como un centinela para mantenerlas a salvo del mal. El hecho de que caigamos en la tentación tantas veces es debido a que tratamos de enfrentarnos con ella dependiendo de nuestras propias fuerzas en lugar de buscar la ayuda y de recordar la presencia de nuestro Protector.
Jesús finalmente pidió que sus discípulos estuvieran consagrados a la verdad. La palabra para consagrar es haguiazein, que viene del adjetivo haguios, que se traduce por santo, cuyo sentido más radical es diferente o separado.
Así vemos que el discípulo está separado para una tarea especial (Jeremías 1:5)... Pero también quiere decir equipar a una persona con las cualidades de mente, corazón y carácter que le serán necesarias para la tarea... Si una persona ha de servir a Dios, debe tener algo de la bondad y de la sabiduría de Dios en sí misma. El que ha de servir al Dios santo tiene que ser también santo. Y así Dios, no sólo escoge a una persona para una tarea especial y la aparta con ese fin, sino que la equipa con las cualidades que
necesitará para llevarla a buen término.
Debemos recordar siempre que Dios nos ha escogido y consagrado para un servicio especial, que es amarle y obedecerle, y traerle a otros para que hagan lo mismo. Y Dios no nos deja a merced de nuestros propios recursos, sino nos guarnece en su gracia para la tarea si ponemos nuestra vida en sus manos.

Los que habrán de creer y la unidad
Juan 17: 20-21
En esta sección, la oración de Jesús ha ido extendiéndose gradualmente hasta abarcar todos los límites de la Tierra. Empezó pidiendo por sí mismo al encontrarse frente a la Cruz. Pasó luego a pedir por sus discípulos, y por el poder protector de Dios para ellos. Ahora su oración remonta el vuelo para contemplar el futuro y los países distantes, y ora por todos los que en tierras y edades todavía lejanas llegarán a conocer y aceptar el Evangelio.
En aquel momento sus seguidores eran pocos; pero, aun con la Cruz cerrándole aparentemente el paso, su confianza permanecía inalterable, y estaba pidiendo por los que llegarían a creer en su nombre. Este pasaje debería sernos especialmente precioso, porque en él vemos a Jesús orando por nosotros. Vemos también la confianza que tenía en sus hombres. Sabía que no habían llegado a entenderle del todo; sabía que al cabo de muy poco tiempo iban a abandonarle cuando más los necesitara; pero veía en esos mismos hombres, con una confianza total, a los que iban a extender su nombre por todo el mundo.
Y pidió también que todos fueran una sola cosa, como lo eran El y el Padre. Y se refería a una una unidad de relación personal entre ellos. Ya hemos visto que la unión entre Jesús y Dios era la del amor y la obediencia. Era la unidad del amor la que Jesús pedía al Padre, una unidad en la que las personas se amaran porque le amaban a Él, una unidad basada totalmente en una relación de corazón a corazón.
Los cristianos no van a organizar sus iglesias nunca de la misma manera en todas partes y nunca darán culto a Dios exactamente de la misma forma; pero la unidad cristiana trasciende todas esas diferencias y une a las personas en amor.
La causa de la unidad cristiana en el momento presente, como, por supuesto, a lo largo de toda la historia sufre y peligra porque los seres humanos aman sus propias organizaciones eclesiásticas, sus credos y sus rituales, más que a sus hermanos. Si nos amáramos realmente los unos a los otros y a Cristo no habría iglesias que excluyeran a nadie que fuera discípulo de Cristo.
Además, según lo vio y lo pidió Jesús, había de ser precisamente esa unidad la que convenciera al mundo de la verdad del Evangelio y del lugar de Cristo. Es más fácil y natural para los humanos el estar divididos que el estar unidos. Es más humano para las personas el disgregarse que el congregarse. La unidad verdadera entre todos los cristianos sería un hecho tan sobrenatural que revelaría una intervención directa de Dios... Si los cristianos no están unidos, el mundo no puede ver el valor supremo de la fe cristiana. Es nuestra obligación personal el demostrar esa unidad del amor con los semejantes que es la respuesta a la oración de Cristo.

La promesa de Gloria
Juan 17: 22-26
En primer lugar, Jesús dijo que les había dado a Sus discípulos la gloria que el Padre Le había dado a Él. Él mismo hablaba de ella de tres formas:
a) La Cruz era su gloria. Jesús no hablaba nunca de ser crucificado, sino de ser glorificado. Por tanto, en primer lugar, la gloria del cristiano es la cruz que le corresponde llevar. Es un honor sufrir por Jesucristo. No debemos considerar nuestra cruz como nuestro castigo, sino como nuestra gloria.
b) La perfecta obediencia de Jesús a la voluntad de Dios era también su gloria. Nosotros encontramos la nuestra, no en hacer lo que nos gusta a nosotros, sino lo que Dios quiere de nosotros... Cuanto mayor la obediencia, mayor la gloria.
c) La gloria de Jesús consiste en el hecho de que, al considerar su vida, se reconoce su relación única y exclusiva con Dios... Así también nuestra gloria consiste en que se vea en nuestra vida el reflejo de Dios.

En segundo lugar, Jesús dijo que era Su deseo que sus discípulos vieran su gloria en los lugares celestiales... El cristiano va a compartir todas las experiencias de Cristo. Si comparte su Cruz, también compartirá su gloria (2 Timoteo 2:11-12; 1 Corintios 13:12; 2 Corintios 3: 18).
Después de esta oración de Jesús pasamos inmediatamente a la traición, el juicio y la Cruz. Ya no hablaría más con Sus discípulos antes de padecer. Es maravilloso y precioso recordar que, inmediatamente antes de aquellas terribles horas, Sus últimas palabras no fueron de desesperación, sino de gloria.




Lección nº 59:
ARRESTO Y JUICIO
Juan 18: 1-14: 19-25

El arresto de Jesús
Juan 18: 1-11
Cuando terminaron la última cena Jesús y sus discípulos se dirigieron al Huerto de Getsemaní, en el monte de los Olivos; allí era donde se molían las aceitunas que producían los olivos del monte. Bastantes familias acomodadas tenían allí sus viviendas de descanso.
Es probable que algún amigo de Jesús de buena posición le diera la llave de su vivienda y le permitiera retirarse allí cuando estaba en Jerusalén. Jesús y sus discípulos solían ir allí en busca de un poco de paz y tranquilidad. Judas sabía que allí podía encontrar a Jesús y sería de lo más fácil perpetrar su arresto.
Hay algo sorprendente acerca de la fuerza que se movilizó para arrestar a Jesús. Juan dice que era una compañía de soldados, además de algunos agentes de los principales sacerdotes y de los fariseos. Esos agentes pertenecerían a la policía del templo. Los agentes, por tanto, serían policías judíos; pero también había una compañía de soldados romanos. Para esta se usa la palabra speira que, en el menor de los sentidos se refiere por lo menos a doscientos hombres... ¡qué expedición se mandó para arrestar a un carpintero galileo desarmado!
En los días de la Pascua siempre había soldados extra en Jerusalén, acuartelados en la Torre Antonia que daba al templo, así es que habría hombres disponibles. ¡Qué importancia le daban al poder de Jesús! Cuando las autoridades decidieron arrestarle, mandaron casi un ejército.
Pocas escenas evangélicas nos revelan las cualidades de Jesús tan bien como la de su arresto en el huerto.
a) Nos muestra su valor. Lejos de esconderse de la comitiva, Jesús les salió al encuentro y se dio a conocer inmediatamente. Aquí tenemos el valor de un Hombre que da la cara.
b) Nos muestra su autoridad. Allí estaba un Hombre solo y desarmado. Tenía enfrente centenares de hombres de guerra, armados y equipados y, sin embargo, cara a cara con Él, retrocedieron y cayeron por tierra. Fluía de Jesús una autoridad que le hacía más fuerte que el poder de los ejércitos.
c) Nos muestra que Jesús eligió morir. De nuevo está claro que podría haber conservado la vida si hubiera querido. Podría haber pasado por en medio de ellos y haberse marchado, pero no lo hizo.
d) Nos muestra su amor protector. No pensó en sí mismo, sino en sus amigos: “...dejad que estos se vayan” dijo. El amor protector de Jesús abrazó a sus discípulos hasta en Getsemaní.
e) Nos muestra su total obediencia. Esa era la voluntad de su Padre, y con eso bastaba. Jesús fue fiel hasta la muerte a su misión y al Padre que le había enviado.

Hay un personaje en esta escena al que tenemos que hacer justicia, y es Pedro. Él, uno solo, desenvainó la espada contra centenares. Muy pronto Pedro había de negar a su Maestro; pero en aquel momento estaba dispuesto a enfrentarse solo contra centenares por Cristo. Es muy fácil hablar de la cobardía y del fallo de Pedro; pero no debemos olvidar el sublime valor que desplegó en este momento.

Ante el Sumo Sacerdote
Juan 18: 12-14, 19-24
Para seguir la narración agrupamos aquí los dos pasajes que se refieren a la vista ante Anás, y haremos lo mismo con los otros dos que tratan de la tragedia de Pedro.
Juan es el único de los evangelistas que nos dice que Jesús fue conducido en primer lugar a presencia de Anás. Anás era un personaje célebre; era el poder entre bastidores en Jerusalén. Había sido sumo sacerdote entre los años 6 y 15 d.C., y cuatro de sus hijos también ocuparon ese puesto, y Caifás, que era su yerno. Ese hecho ya es suficientemente sugestivo y esclarecedor. La familia de Anás era inmensamente rica, y uno tras otro de sus hijos había alcanzado la cima con sobornos e intrigas, mientras él mismo seguía moviendo todas las marionetas.
Su manera de hacer dinero tampoco era menos objetable. En el Atrio de los Gentiles estaban los puestos de vendedores de animales para los sacrificios, a los que Jesús había echado con cajas destempladas; los puestos de venta en el templo se llamaban “El Bazar de Anás”, porque eran propiedad de su familia, y la manera en que Anás había amasado su fortuna. Por eso los mismos judíos odiaban a la familia de Anás. Ahora podemos entender por qué había dispuesto Anás que le llevaran a Jesús en primer lugar a él: Jesús había atentado contra sus intereses creados, había echado del templo a los vendedores de víctimas y había tocado a Anás en la parte más sensible de su persona, la bolsa. Anás quería ser el primero en regodearse en la captura de aquel perturbador galileo.
La vista ante Anás fue una burla de la justicia. Era uno de los principios de la jurisprudencia judía que no se le podían hacer a un preso preguntas que le pudieran incriminar, pero Anás violó los principios de la justicia judía cuando interrogó a Jesús. Fue eso precisamente lo que Jesús le recordó... Cuando Jesús dijo aquello, uno de los agentes le dio una bofetada, y le recriminó, pero Jesúis no se quedó callado porque conocía la ley que estaba siendo infringida.
Jesús no tenía la menor esperanza de justicia. Había tocado los intereses creados de Anás y sus colegas, y sabía que estaba condenado antes de ser juzgado.

Pedro: ¿valiente o cobarde?
Juan 18: 15-18, 25-27
Cuando los otros discípulos abandonaron a Jesús y huyeron, Pedro se negó a hacerlo. Siguió a Jesús y así llegó a la casa del sumo sacerdote Caifás en compañía de otro discípulo que tenía acceso a la casa porque era conocido del sumo sacerdote. Algunos sostienen que este otro discípulo era el mismo Juan que, por razones comerciales (Zebedeo su padre era proveedor de pescado salado a la casa de Caifás, según algunos historiadores) era concido de la familia del sumo sacerdote.Lo cierto es que Pedro fue introducido en el patio de la casa del sumo sacerdote, donde negó por tres veces a su Señor.
Hay aquí un detalle muy interesante. Jesús había dicho que Pedro le negaría tres veces antes del canto del gallo. Es probable que Jesús se refiriera a un sonido de trompeta romana porque según el ritual judío no estaba permitido tener aves de corral en la santa ciudad. Pero los romanos tenían una cierta práctica militar: la noche se dividía en cuatro vigilias y después de la tercera vigilia, el cambio de la guardia se anunciaba con un toque de trompeta a las 3 que se llamaba en latín gallicinium y en griego alektorofónia, que quieren decir las dos “el canto del gallo”. Cuando la trompeta sonó Pedro se acordó de lo que Jesús le había dicho.
Por esta negación no ha habido nadie que haya sido tan cruelmente tratado como Pedro y siempre se hace hincapié en su fracaso y vergüenza. Pero hay otras cosas que debemos recordar.
a) Debemos recordar que todos los demás discípulos excepto Juan, si era él el discípulo anónimo, abandonaron a Jesús y huyeron. Pero pensad en lo que hizo Pedro: sólo él desenvainó la espada en notoria desventaja en el huerto, y sólo él siguió a Jesús, aunque fuera sin ser reconocido, a ver lo que sucedía. Lo primero que debemos recordar de Pedro no es su fracaso, sino el valor que le mantuvo lo más cerca posible de Jesús cuando los demás habían huido. Su fracaso sólo le podía ocurrir a una persona de valor superlativo. Cierto que falló; pero en una situación que ninguno de los otros discípulos se atrevió a arrostrar ni de lejos. Falló, no por ser un cobarde, sino por ser un valiente.
b) Debemos recordar lo mucho que Pedro amaba a Jesús. Los otros habían abandonado a Jesús; sólo Pedro se mantuvo lo más cerca posible. Amaba tanto a Jesús que no podía separarse de Él. Cierto que falló; pero falló en circunstancias que sólo uno que amara entrañablemente tendría que enfrentar.
c) Debemos recordar hasta qué punto Pedro se redimió a sí mismo. Las cosas no le podían haber resultado fáciles. La historia de su negación correría maliciosamente de boca en boca. Puede que la gente, como cuenta la leyenda, imitaran a su paso el canto del gallo. Pero Pedro tenía la constancia y el coraje necesarios para redimirse, para empezar desde el fracaso y llegar hasta la victoria... Y lo hizo de tal manera que se convirtió en el líder de la iglesia naciente.
Y eso fue lo que Jesús vio en Pedro...




Lección nº 60:
ANTE PILATO (I)
Juan 18:28 - 19:16

Este es el relato más dramático del juicio de Jesús que tenemos en el Nuevo Testamento, y será mejor estudiarlo, no sección por sección, sino siguiendo a los personajes que intervienen en él.

Los judíos
Empezaremos por los judíos. En el tiempo de Jesús los judíos estaban sometidos a los romanos, que les concedían una cierta medida de autogobierno pero no les permitían dictar ni ejecutar sentencias de muerte. Es verdad que algunas veces, como en el caso de Esteban, los judíos se tomaban la ley en sus propias manos; pero, legalmente, no tenían derecho a infligir la pena capital. Por eso tuvieron que traer a Jesús a Pilato, para que le condenara legalmente a muerte y le mandara crucificar.
Si los judíos hubieran podido ejecutar la sentencia de muerte, habría sido mediante lapidación (Levítico 24:16). En ese caso, los testigos cuya palabra había probado el crimen tenían que tirar las primeras piedras (Deuteronomio 17:7).
Los judíos, de principio a fin, estaban procurando usar a Pilato para sus fines. No podían matar a Jesús por sí mismos, así es que determinaron que los romanos les hicieran ese servicio. Aunque debemos entender que esa muerte, considerada universal (no propia de un pueblo) manifestaba el alcance de la muerte de Jesús: para todos los hombres.
Pero aún quedan otras cosas interesantes acerca de los judíos.
a) Empezaron por odiar a Jesús, pero acabaron en una histeria de odio, aullando como lobos y con los rostros contorsionados por la amargura. Nada de este mundo deforma el juicio tanto como el odio.
b) El odio de los judíos les hizo perder todo sentido de proporción. Estaban tan pendientes de la pureza ceremonial y ritual que se negaban a entrar en el cuartel general de Pilato; y sin embargo estaban haciendo todo lo posible para crucificar al Hijo de Dios con argumentos a todas luces injustos.
c) Los judíos no dudaban en tergiversar sus acusaciones a Jesús. En su interrogatorio privado ya habían llegado a la conclusión, si es que no habían partido ya de ella, de que Jesús era culpable de blasfemia (Mateo 26:65). Sabían muy bien que Pilato no tomaría en consideración una acusación así, asique los cargos que presentaron los judíos contra Jesús fueron de rebelión y de insurrección política, concientes de la mentira... El odio es una cosa terrible, y no duda en tergiversar la verdad.
d) Para lograr la muerte de Jesús, los judíos negaron todos sus principios. Llegaron hasta el colmo cuando dijeron: “¡No tenemos más rey que el César!”, aunque Samuel le había dicho al pueblo de Israel que Dios era su único Rey (1 Samuel 12:12). Los judíos estaban dispuestos a renegar de todos sus principios con tal de eliminar a Jesús.

Pilato
Ahora nos volvemos hacia la segunda personalidad de esta historia: Pilato. Durante todo el juicio su conducta es, por decir lo menos, incomprensible. Está suficientemente claro, no podía estarlo más, que Pilato sabía que las acusaciones de los judíos eran una serie de mentiras, y que Jesús era totalmente inocente. Le dejó profundamente impresionado, y no quería condenarle a muerte -y, sin embargo, eso fue lo que hizo.
En primer lugar trató de sacudirse aquel caso; luego, intentó dejar en libertad a Jesús sobre la base de que se solía soltar a un preso para la Pascua; y después, trató de satisfacer el deseo de venganza de los judíos mandando azotar a Jesús; por último, hizo una última apelación. Pero el caso es que rehusó en absoluto mantenerse firme y decirles a los judíos que no quería saber nada de sus asesinas maquinaciones.
Nunca podremos empezar a entender a Pilato a menos que conozcamos su historia.
Para entender el papel que representó Pilato en este drama tenemos que retroceder considerablemente en el tiempo. Para empezar, ¿qué pintaba un gobernador romano en Judea?
El año 4 a.C. murió Herodes el Grande, que había reinado sobre toda Palestina. A pesar de sus muchas faltas fue, en muchos sentidos, un buen rey, y consiguió llevarse bien con los romanos. En su testamento dividió su reino entre tres de sus hijos, dejando a Arquelao, que entonces no tenía más que dieciocho años, Idumea, Judea y Samaria. Los romanos aprobaron y ratificaron esta división.
Arquelao gobernó con tales extorsiones y tiranía que los mismos judíos pidieron a Roma que le quitara y les mandara un gobernador. Todas las provincias romanas se dividían en dos clases: las que requerían tropas estacionadas estaban bajo el control directo del emperador y eran provincias imperiales; y las que no requerían tropas y eran pacíficas y fáciles de gobernar dependían directamente del senado y se llamaban provincias senatoriales. Palestina era, sin duda, una tierra conflictiva; necesitaba tropas, y por tanto estaba bajo el control directo del emperador. A las provincias más pequeñas las gobernaba un procurador, que tenía a su cargo la administración militar y judicial de la provincia. Visitaba todos los lugares de la provincia por lo menos una vez al año, y escuchaba los casos y las quejas, cobraba del tesoro, y tenía estrictamente prohibido aceptar ya fueran regalos o sobornos; y, si se excedía en el cumplimiento de sus deberes, los habitantes de su provincia tenían derecho a informar al emperador.
Fue un procurador el que nombró Augusto para llevar los asuntos de Palestina, y el primero se instaló en el año 6 d.C. Pilato fue instalado en el año 26 d.C., y siguió en el puesto hasta el año 35 d.C.
Pero Pilato fue un fracaso como gobernador. Pareció empezar con un desprecio y una total falta de simpatía hacia los judíos. En su primera visita a Jerusalén. Jerusalén no era la capital de la provincia, sino Cesarea, donde estaban la sede del gobierno y el cuartel general; pero el procurador visitaba Jerusalén con
frecuencia y, cuando lo hacía, se quedaba en el antiguo palacio de Herodes en la parte Oeste de la ciudad. Cuando venía a Jerusalén, siempre se traía un destacamento de soldados, que tenían sus banderas, en la parte más alta de las cuales había un pequeño busto de metal del emperador del momento. Al emperador se le consideraba un dios; y, para los judíos, aquel pequeño busto de las banderas era la imagen de un ídolo. Todos los gobernadores romanos anteriores, por respeto a los escrúpulos religiosos de los judíos, habían quitado los bustos antes de entrar en Jerusalén; pero Pilato se negó. Los judíos se lo pidieron insistentemente. Pilato se mantuvo firme en la negativa; no iba a ser indulgente con las supersticiones de los judíos. Se volvió a Cesarea. Los judíos le siguieron durante cinco días. Eran humildes, pero insistentes en sus peticiones. Por último, Pilato les dijo que los recibiría en el anfiteatro. Los rodeó de soldados armados, y los informó de que, si no retiraban sus peticiones, los mataría allí inmediatamente. Los judíos descubrieron los cuellos e invitaron a los soldados a matarlos. Ni aun Pilato podía masacrar a hombres indefensos. Se dio por vencido y se vio obligado a quitar las imágenes de las banderas en lo sucesivo. Así empezó Pilato, y fue un mal principio.
Además como el servicio de agua era insuficiente en Jerusalén. Pilato decidió construir un nuevo acueducto. ¿De dónde podía sacar el dinero? Saqueó el tesoro del templo, que era riquísimo. No es probable que se incautara del dinero de los sacrificios y demás servicios del templo, pero sí otros dineros...
Pero el pueblo se lo tomó a mal; hubo levantamientos en todas las calles, Pilato hizo que sus soldados se mezclaran con la multitud vestidos de paisanos, con las armas escondidas y, a una señal convenida, atacaron al gentío y se liaron a palos y a puñaladas con la gente, matando a muchos. Una vez más Pilato puso en contra suya a todo el pueblo, y estuvo en peligro de que le denunciaran al emperador.
Finalmente, después de la crucixión de Jesús, Pilato, en Jerusalén, mandó hacer algunos escudos con el nombre del emperador Tiberio, que eran los que se llamaban escudos votivos, es decir, dedicados a la memoria y en honor del emperador. Ahora bien: el emperador era considerado por los romanos como un dios, así que ahí estaba el nombre de un dios extraño inscrito y desplegado para que se le dieran honores en la santa ciudad. La gente se enfureció; los más nobles, hasta sus más íntimos colaboradores judíos, le pidieron a Pilato que los quitara, pero se negó. Esta vez los judíos le denunciaron al emperador Tiberio, lo que le costó a Pilato el puesto.
Está claro por qué Pilato actuó en el juicio de Jesús de aquella manera. Los judíos le chantajearon para que crucificara a Jesús. Le dijeron: “¡Tú no eres amigo del César si sueltas a este Hombre!”, lo que equivalía a decirle le informaremos al emperador y te costará el puesto... Aquel día en Jerusalén, el pasado de Pilato le
alcanzó y desafió.
Casi no se puede evitar el sentir pena por él. Quería hacer justicia, pero no tuvo valor para enfrentarse con los judíos. Mandó crucificar a Jesús para conservar su posición.




Lección nº 61:
ANTE PILATO (II)
Juan 18:28 - 19:16

Hemos considerado el cuadro de la multitud en el juicio de Jesús y hemos pensado en la figura de Pilato. Ahora debemos concentrar nuestra atención en el Personaje central del drama: Jesús mismo.

Jesús
Lo primero y principal es que no se puede leer esta historia sin percibir la absoluta majestad de Jesús. No hay nada que le coloque en tela de juicio. Cuando alguien se enfrenta con Él, no es Jesús el que recibe el veredicto, sino la otra persona.
Puede que Pilato tratara muchas cosas judías con desprecio arrogante, pero no a Jesús. No podemos por menos de tener la impresión de que es Jesús el que está en control, y Pilato el que no sabe por dónde tirar y se debate en una situación que no puede controlar ni comprender. La majestad de Jesús nunca brilló más gloriosamente que cuando se presentó a juicio ante la humanidad.
a) Jesús nos habla con absoluta claridad acerca de su Reino. No es, nos dice, de esta Tierra. El ambiente de Jerusalén era siempre explosivo, y durante la Pascua era pura dinamita. Los romanos lo sabían muy bien, y en el tiempo de la Pascua destacaban más tropa a Jerusalén. Si Jesús hubiera querido enarbolar la bandera de la rebelión y entablar batalla, podría haberlo hecho con la máxima facilidad. Pero deja bien claras sus credenciales regias, e igualmente claro que su Reino no se basa en la fuerza, sino que se establece en los corazones. Nunca habría negado Jesús que se proponía la conquista; pero era la conquista del amor.
b)Jesús nos dice para qué había venido al mundo: para dar testimonio de la verdad, para decirle a la humanidad la verdad acerca de Dios, acerca de sí misma y acerca de la vida. Los días de las conjeturas, de las medias verdades y del andar a tientas se habían terminado. Jesús vino a decirnos la verdad. Esa es una de las grandes razones por las que no tenemos más remedio que aceptar o rechazar a Cristo. No hay término medio en relación con la verdad. O la aceptamos, o la rechazamos; y Cristo es la verdad.
c) Una vez más vemos aquí en el juicio de Jesús su aceptación voluntaria de la Cruz y el supremo control de Dios. Pilato le advirtió a Jesús que tenía poder para soltarle y para crucificarle. Jesús le contestó que él, Pilato, no tenía absolutamente ningún poder, excepto el que Dios mismo le había dado. La Crucifixión nunca, de principio a fin, se nos presenta como la historia de un hombre que se encuentra enredado en una maraña inexorable de circunstancias sobre las que no tiene absolutamente ningún control; nunca se nos presenta como la historia de un hombre conducido a la muerte, sino como la de un Hombre cuyos últimos días fueron una marcha triunfal hacia la meta de la Cruz.
d) Y aquí tenemos también la escena terrible del silencio de Jesús. Hubo un momento en el que no tuvo respuesta que darle a Pilato. Hubo otros momentos en los que Jesús guardó silencio. Estuvo callado ante el sumo sacerdote (Mateo 26:63; Marcos 14:61), y también ante Herodes (Lucas 23:9). Guardó silencio cuando las autoridades judías presentaron los cargos que tenían contra Él ante Pilato (Mateo 27:14; Marcos 15:5).
No puede haber nada más terrible para una mente humana que el estar tan cerrada por el orgullo o la propia voluntad que no hay nada que le pueda decir Jesús que pueda tener sentido o suponer ninguna diferencia.
e) Por último, es posible que tengamos aquí otro ejemplo magnífico de la ironía dramática de Juan.
La escena llega a su fin cuando se nos dice que Pilato sacó a Jesús y se sentó en el sillón del juez. Esto era el béma, en el que se sentaba el magistrado para pronunciar la sentencia definitiva. El verbo para sentarse es kathizein, que puede ser transitivo o intransitivo; es decir, sentarse uno mismo o sentar a otro. Es posible que quiera decir que Pilato, en un último gesto burlesco, sacó a Jesús vestido de aquella túnica púrpura y con la corona de espinas en la frente, todo cubierto de sangre, y le sentó en el sillón del juez, diciendo a continuación con un gesto y tono irónicos: “¿Cómo voy a crucificar a vuestro Rey?”... Si fue así, ¡qué tremenda ironía dramática había en aquella escena! Lo que se presentó en burla es en realidad la verdad; y un día, los que caricaturizaron a Jesús como juez se presentarán ante Él como el Juez y se acordarán de lo que le hicieron.

Así que en la escena dramática del juicio contemplamos la inmutable majestad, el valor inalterable, la serena aceptación de la Cruz, de Jesús. Nunca se Le vio en la Tierra tan regio como cuando se hizo todo lo posible para humillarle.

Otras personas...
Ya hemos visto las principales personalidades que intervinieron en el proceso de Jesús: los judíos, con su odio; Pilato, con su dudoso pasado, y Jesús, con su serenidad y majestad regia.
Pero había otras personas al borde de la escena.
Estaban los soldados.
Cuando les entregaron a Jesús para que le azotaran, se divirtieron con Él de una manera brutal y cruel. ¿Era un rey? Pues entonces le proveyeron de un manto y una corona. Le pusieron una vieja túnica de púrpura y una corona de espinas, y se entretuvieron dándole de bofetadas.
Y sin embargo, de todos los que intervinieron en el proceso de Jesús, los soldados eran los menos culpables, porque no sabían lo que estaban haciendo. Lo más probable es que les había correspondido venir de Cesarea como refuerzo para los días de la Pascua, y no sabían nada de lo que estaba pasando. Jesús no era para ellos más que el criminal de turno.
Aquí tenemos otro ejemplo de la ironía dramática de Juan. Los soldados hacían una caricatura de Jesús como rey, cuando en realidad Él era allí el único Rey. Bajo la parodia se ocultaba y revelaba la verdad eterna.
El último de todos era Barrabás.
De esa costumbre de soltar a un preso para la Pascua no sabemos más que lo que nos dicen los evangelios. Los otros tres completan la breve noticia de Juan y, cuando lo reunimos todo, descubrimos que Barrabás era un preso notable, un bandolero que había tomado parte en una insurrección en la ciudad y había cometido un asesinato (Mateo 27:15-26; Marcos 15:6-15; Lucas 23:17-25; Hechos 3:14).
Es probable que no debamos tenerle por un delincuente vulgar. La palabra que se le aplica es léstés, que quiere decir bandolero. O era uno de los muchos que infestaban la carretera de Jerusalén a Jericó, la clase de personas en cuyas manos cayó el viajero de la parábola; o, todavía más probable, era uno de los celotes que habían jurado barrer de Palestina a los romanos, aunque tuviera que ser a base de crímenes, asaltos, robos y asesinatos. Barrabás no era un delincuente cualquiera. Era un hombre violento, eso sí; pero de los que se convierten en leyenda y son considerados como héroes populares y azote de las autoridades al mismo tiempo.
La elección de la multitud ha sido siempre la elección histórica. Barrabás era un hombre que alcanzaba sus propósitos por medios violentos. Jesús era un Hombre de amor y ternura, cuyo Reino se hace realidad en los corazones. Es un hecho trágico de la Historia que los pueblos escogen muchas veces el camino de la violencia en lugar del camino del amor, el camino de Barrabás en lugar del de Cristo.




Lección nº 62:
EN LA CRUZ
Juan 19:17-27
El camino de la Cruz
Juan 19: 17-22
No había una muerte peor que la crucifixión. Hasta los romanos la miraban con horror. Fue en su origen un método persa de ejecución.
Tal vez lo inventaron porque para los persas la tierra era sagrada, y no querían contaminarla con el cuerpo de un criminal; así que le clavaban a una cruz y le dejaban morir allí, a la vista de los buitres y de las otras carroñeras que terminarían la ejecución.
La crucifixión no era el método de ejecución que se seguía en Roma, pero sí en las provincias, aunque sólo se solía aplicar a los esclavos. Era inconcebible que se le aplicara esa muerte a un ciudadano romano. Fue esa muerte, la más terrible del mundo antiguo, reservada para esclavos y criminales, la que sufrió Jesús.
La rutina de la crucifixión era siempre igual. Después de celebrarse el juicio y de ser condenado el criminal, el juez pronunciaba la terrible sentencia y el veredicto se llevaba a cabo inmediatamente. Camino a la cruz, delante de él iba un oficial con el cartel en el que se podía leer el crimen por el que se le había condenado, y se le conducía pasando por el mayor número posible de calles. Eso se hacía por dos razones. La primera, para que el mayor número posible de personas lo vieran y tomaran ejemplo; pero también por una razón más humana: se llevaba el cartel delante del condenado por la ruta más larga para que, si alguien podía dar testimonio a su favor, saliera a hacerlo. En tal caso, se detenía la comitiva y se devolvía el caso al tribunal.
El lugar de ejecución en Jerusalén se llamaba El lugar de la Calavera, Kranion, en hebreo Gólgota. Calvario es la palabra latina con el mismo significado. Estaba fuera de la muralla, porque no era legal crucificar a nadie dentro de los límites de la ciudad.
Así es que Jesús salió, destrozado y sangrante, con la espalda rasgada en tiras por los azotes, llevando su Cruz hasta el lugar donde había de morir.
En este pasaje hay otras dos cosas que no debemos pasar por alto. El cartel que se puso en la Cruz de Jesús estaba escrito en hebreo, latín y griego. Estas eran las tres grandes lenguas del mundo antiguo, y representaban a tres naciones. En el plan de Dios, todas las naciones tienen algo que enseñarle al mundo; y estas tres hicieron tres grandes aportaciones al mundo y a la Historia universal. Grecia le enseñó al mundo la belleza de la forma y del pensamiento; Roma le enseñó al mundo la ley y el gobierno, e Israel le enseñó al mundo la religión y el culto del único Dios verdadero. En Jesús vemos la consumación de estas
tres cosas.
No cabe duda que Pilato puso aquel cartel en la Cruz de Jesús para humillar y enfurecer a los judíos. Acababan de decir que no tenían más rey que al César; acababan de rechazar a Jesús como su Rey. Y Pilato, sarcásticamente, puso aquel cartel en la Cruz. Las autoridades judías le pidieron insistentemente que lo quitara o cambiara, pero Pilato se negó.

Al pie de la Cruz
Juan 19: 23-24
Un grupo de soldados conducía al reo al lugar de la ejecución. Uno de los gajes de esos soldados era la ropa del reo. Los judíos solían ponerse cinco artículos: calzado, turbante, cinto, túnica y manto exterior. Eran cuatro soldados, y había cinco artículos a repartir y aún quedaba la túnica interior. Era sin costura, tejida toda de una pieza. Cortarla en cuatro piezas no habría servido para nada, así es que se la jugaron a la suerte.
No hay escena en la que se vea más claramente la indiferencia con que pagaba a Cristo el mundo. Allí, en aquella Cruz, Cristo estaba en agonía; y, al pie de la misma Cruz, los soldados echaban los dados como si no estuviera pasando nada. La tragedia no es la hostilidad del mundo hacia Cristo, sino su indiferencia, el no darle ninguna importancia al amor de Dios.
Pero hay otra cosa aquí entre líneas. La túnica de Jesús se nos dice que era sin costura, tejida de una sola pieza de arriba abajo. Esa es exactamente la descripción de la túnica de lino que usaba el sumo sacerdote. Recordemos que la función sacerdotal consistía en ser el lazo de unión entre Dios y el pueblo. La palabra latina para sacerdote es pontifex, que quiere decir el que hace de puente, porque su función era precisamente la de ser intermediario entre Dios y los seres humanos. Nadie había realizado jamás esa función como la realizó entonces Jesús. Él es el perfecto Sumo Sacerdote por el que la humanidad tiene
acceso a Dios. Cuando Juan menciona la túnica inconsútil, no lo hace simplemente para describirnos la ropa que llevaba Jesús, sino para presentárnosle como el perfecto Sacerdote que abre con su perfecto y definitivo sacrificio el camino para que todos podamos llegar a la presencia de Dios.
Por último, advertimos que Juan encuentra en este incidente el cumplimiento literal de una profecía del Antiguo Testamento:”Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes” (Salmo 22:18).

Jesús y su madre
Juan 19: 25-27
Al final, Jesús no estaba completamente solo. Cerca de la Cruz había cuatro mujeres que le amaban. Se ha explicado su presencia diciendo que, en aquel tiempo, las mujeres tenían tan poca importancia que nadie se fijaba en las discípulas, y por eso estas mujeres no corrían mucho riesgo al acercarse a la Cruz de Jesús. Pero siempre era peligroso, y para todo el mundo, asociarse con una persona que el gobierno romano consideraba lo suficientemente peligrosa como para merecer la Cruz. La presencia de estas mujeres cerca de la Cruz no era debida al hecho de que fueran tan poco importantes que nadie les prestaba atención, sino al hecho de que el perfecto amor destierra el temor.
Eran un curioso grupo. De una, María la mujer de Cleofás, no sabemos nada; pero sí de las otras tres.
Allí estaba María, la Madre de Jesús. Puede que no llegara a comprenderlo todo, pero sí a amar totalmente. Su presencia allí era la cosa más natural del mundo para una madre. Puede que Jesús fuera un criminal a los ojos de la ley, pero era su Hijo.
El amor eterno de todas las madres estaba representado en María al pie de la Cruz.
Allí estaba la hermana de su Madre. Juan no la nombra; pero si estudiamos los pasajes paralelos resulta claro que era Salomé, la madre de Santiago y de Juan (Marcos 15:40; Mateo 27:56). Lo curioso es que Jesús le había dirigido unas serias palabras de reprensión cuando vino a Él para pedirle que les concediera a sus hijos los puestos más importantes de Su Reino, y Jesús le enseñó lo equivocados que eran sus deseos ambiciosos (Mateo 20:20). Salomé era la mujer que Jesús había reprendido y allí estaba, a los pies de la Cruz! La presencia de Salomé al pie de la Cruz es una lección para nosotros acerca de cómo se debe recibir una corrección.
Y allí estaba María Magdalena. Todo lo que sabemos de ella es que Jesús la había librado de siete demonios (Marcos 16:9; Lucas 8:2). Nunca pudo olvidar lo que Jesús había hecho por ella: el amor de Jesús la había rescatado, y el amor que ella le tenía no podía morir.
Pero en este pasaje hay algo que es una de las cosas más encantadoras de toda la historia evangélica. Cuando Jesús vio a Su Madre, confió a María al cuidado de Juan, y a Juan al cuidado de María, de forma que se consolaran mutuamente de su partida.
Hay algo infinitamente conmovedor en el hecho de que Jesús, en la agonía de la Cruz, cuando la Salvación del mundo estaba en juego y dependía exclusivamente de Él, considerara la soledad en que quedaría su Madre en los días por venir. Él nunca olvidó los deberes que Le concernían y que estaba en Su mano cumplir. Era el Hijo primogénito de María; y, aun en el momento sublime de su vida y enfrentando a la muerte no se olvidó de las cosas más sencillas que concernían a su familia. Hasta el mismo final de su vida en la Tierra, aun sobre la Cruz, Jesús está pensando más en los dolores de otros que en los suyos.




Lección nº 63:
MUERTE Y SEPULTURA
Juan 19: 28-42

Una exclamación triunfante
Juan 19: 28-30
En este pasaje Juan nos coloca frente a frente a dos cosas acerca de Jesús.
Nos pone cara a cara con Su sufrimiento humano; cuando Jesús estaba en la Cruz experimentó la agonía de la sed.
Si Él había de redimir a la humanidad, tenía que hacerse humano. Tenía que hacerse como nosotros para hacernos como Él. Por eso Juan hace hincapié en el hecho de que Jesús sufrió la sed. Quería hacer ver que era verdaderamente humano, y que realmente experimentó la agonía de la Cruz. Juan se detiene todo lo necesario para subrayar el hecho de la perfecta humanidad y el sufrimiento real de Jesús. Juan relaciona el grito de Jesús: “Tengo sed!” con el cumplimiento de lo profetizado en el Salmo 69:21.
Pero, igualmente, nos pone cara a cara ante el triunfo de Jesús. Su exclamación “¡Ya todo está completo!” es sólo una palabra en griego, tetélestai; y Jesús murió con ese grito de triunfo en sus labios. Parecía estar destrozado en la Cruz, pero sabía que había obtenido la victoria.
La última frase de este pasaje aún lo deja más claro. Juan dice que Jesús recostó la cabeza hacia atrás y entregó el espíritu. Como si reclinara la cabeza en la almohada. Para Jesús, el combate había terminado, y aun en la Cruz conoció el gozo de la victoria y el descanso del que ha completado su tarea y puede relajarse, contento y en paz.

Agua y Sangre
Juan 19: 31-37
En una cosa sí eran los judíos más piadosos que los romanos. Cuando los romanos ejecutaban una crucifixión siguiendo sus reglas, simplemente dejaban que el reo muriera en la cruz, aunque fuera después de pasar varios días al calor del mediodía y al frío de la noche, torturado por la sed y por los insectos que se cebaban en sus heridas abiertas. A menudo los crucificados morían dando muestras de locura furiosa aunque impotente. Tampoco enterraban los romanos a los que morían en la cruz, sino simplemente los dejaban a merced de los buitres y de los perros.
La ley judía era diferente: Deuteronomio 21:22-23; y en esta ocasión era todavía más importante el que no se dejaran los cuerpos en las cruces durante la noche, porque el día siguiente era sábado, y el muy especial sábado de la Pascua.
Para despachar a los reos que seguían vivos más de lo conveniente se usaba un método bastante macabro: se les rompían las piernas con una maza. Eso fue lo que hicieron a los reos que estaban crucificados con Jesús; pero en su caso no fue necesario, porque cuando llegaron los soldados Jesús ya estaba muerto. Juan ve en esa circunstancia el cumplimiento de otro símbolo del Antiguo Testamento: había la norma de no quebrantar ningún hueso del cordero pascual (Números 9:12); Juan ve en Jesús al Cordero pascual de Dios que libra de la muerte a su pueblo.
Por último se nos presenta un extraño incidente. Cuando los soldados vieron que Jesús ya estaba muerto, no le rompieron los miembros con la maza; pero uno de ellos, probablemente para asegurarse aún más de que estaba muerto, le atravesó con la lanza el costado, del que fluyeron agua y sangre. Juan le atribuye a aquello un sentido especial. Ve en ello el cumplimiento de la profecía de Zacarías 12:10. Y añade expresamente que ese es el testimonio de un testigo ocular de lo que realmente sucedió, y que él personalmente garantiza que es cierto.

José y Nicodemo: del miedo a la valentía
Juan 19: 38-42
Donde habían crucificado a Jesús había un huerto, y en él había una tumba nueva en la que todavía no se había enterrado a nadie. Allí fue donde enterraron a Jesús, porque estaba a mano y era víspera de sábado y los sábados no se podía hacer ningún trabajo. Los discípulos de Jesús eran pobres, y no le habrían podido dar un entierro digno; pero otros dos se hicieron cargo.
Uno era José de Arimatea. Siempre había sido discípulo de Jesús; era un hombre importante y miembro del sanedrín, y hasta entonces había mantenido secreto que era discípulo de Jesús por temor a las consecuencias. Y el otro era Nicodemo. La costumbre de los judíos era envolver los cadáveres en tela de lino y poner especias aromáticas entre los pliegues. Nicodemo trajo especias suficientes para el entierro de un rey. Así es que José de Arimatea le dio la tumba a Jesús, y Nicodemo le dio la ropa y los perfumes que habrían de cubrirle en la tumba.
Tanto Nicodemo como José de Arimatea eran miembros del sanedrín, y eran también discípulos secretos de Jesús. O no estuvieron presentes en la reunión del sanedrín en la que juzgaron y condenaron a Jesús, o no intervinieron en ella… ¡Qué diferente habría sido para Jesús el que, entre aquellas voces condenatorias, hubiera sonado alguna en su defensa! Pero José y Nicodemo estaban atemorizados.
Pero la muerte de Jesús había hecho por José y Nicodemo lo que no había hecho toda su vida; en cuanto murió Jesús en la Cruz, José olvidó sus temores y fue a dar la cara ante el gobernador romano para pedirle su cuerpo y allí estaba Nicodemo para llevarle un tributo que todos podían ver. La cobardía, la vacilación, la prudente reserva se habían acabado. Los que habían tenido miedo cuando Jesús estaba vivo, se declararon por Él de una manera que todos podían ver tan pronto como murió.
El poder de la Cruz ya entonces estaba transformando a los cobardes en héroes y a los vacilantes en personas que se decidían irrevocablemente por Cristo.




Lección nº 64:
UN AMOR AGRADECIDO
Juan 20:1-18

Un amor devoto
Juan 20: 1-10
Es posible que nadie amara a Jesús tanto como María Magdalena. Él había hecho algo por ella que ningún otro habría podido hacer, y ella no lo podía olvidar. La tradición ha dado por seguro que María Magdalena era una pecadora empedernida a la que Jesús reclamó, y perdonó, y purificó.
María Magdalena había pecado mucho, y amó mucho; el amor era todo lo que podía traer.
Era costumbre en Palestina visitar la tumba de un ser querido hasta tres días después del entierro. Se creía que el espíritu de la persona difunta estaba por allí aquellos tres días; pero después se alejaba, porque el cuerpo había empezado a descomponerse y estaba irreconocible.
El primer día de la semana, nuestro domingo, fue cuando María Magdalena se dirigió a la tumba de madrugada. La palabra que se usa es prói, que designaba la última de las cuatro vigilias en que se dividía la noche, y que iría desde las 3 hasta las 6 de la mañana. Todavía estaba oscuro cuando María llegó a la tumba; pero ella no podía seguir esperando más tiempo.
Cuando llegó a la tumba, se quedó alucinada y aterrada. Las tumbas de la antigüedad no solían tener puertas. En la entrada había como un canal en el suelo por el que se deslizaba una piedra circular, como las de molino, para cerrar la entrada. Además, Mateo nos dice que las autoridades habían sellado la piedra para asegurarse de que no la movían (Mateo 27:66). María, naturalmente, se quedó perpleja al ver que no estaba en su sitio.
Era una situación que María no podía arrostrar sola; así es que volvió a la ciudad a buscar a Pedro y a Juan. María es el ejemplo supremo de la persona que sigue amando y creyendo más allá de lo que puede entender; y ése es el amor y ésa la fe que acaban encontrando la gloria.
Así que fue a Pedro y Juan a los que acudió María, y ellos se dirigieron inmediatamente a la tumba. Fueron a la carrera; y Juan, que debe de haber sido más joven que Pedro puesto que vivió hasta el final del siglo I, dejó atrás a su compañero. Cuando llegó a la tumba, Juan miró hacia dentro, pero no entró. Pedro, impulsivo por naturaleza, no sólo miró, sino entró. De momento, Pedro sólo se sorprendió de que la tumba estuviera vacía; pero algo empezó a ocurrir en la mente de Juan. Si alguien se hubiera llevado el cuerpo de Jesús, si lo hubieran robado los ladrones de tumbas, ¿por qué se iban a dejar la mortaja?
Entonces otra cosa le sorprendió aún más: los lienzos no estaban tirados de cualquier manera, sino colocados todavía con sus dobleces: los que habían cubierto el cuerpo, donde había estado el cuerpo; y los que la cabeza, donde había estado la cabeza. Lo que se nos quiere decir es que las ropas fúnebres no parecían como si se le hubieran quitado al cadáver, sino que estaban colocadas como si el cuerpo de Jesús se hubiera esfumado. Aquello penetró en la mente de Juan; se dio cuenta de lo que había sucedido ¡y creyó! No fue lo que había leído en las Escrituras lo que le convenció de que Jesús había resucitado, sino lo que vio con sus propios ojos.
El papel del amor en esta historia es extraordinario. Fue María, la que tanto amaba a Jesús, la primera en ir a la tumba. Y fue Juan, el discípulo al que amaba Jesús y que amaba a Jesús de una manera especial, el primero que creyó en la Resurrección. Esa será siempre la mayor gloria de Juan. Fue el primero en darse cuenta y en creer. El amor le abrió los ojos para leer las señales, y la mente para entenderlas.
El amor puede captar la verdad cuando el intelecto se mueve todavía inseguro y a tientas. El amor puede darse cuenta del sentido de una cosa cuando la investigación sigue a ciegas. No podemos entender a Jesús ni ayudar a otros a entenderle, si no le entregamos nuestros corazones tanto como nuestras mentes.

La dignidad y el privilegio
Juan 20: 11-18
Se ha dicho que esta escena es la más grande historia de reconocimiento de la literatura universal. A María le corresponde la gloria de haber sido la primera persona que vio a Cristo Resucitado. Toda la historia está salpicada de referencias a su amor. Había vuelto a la tumba; había llevado la noticia de la tumba abierta a Pedro y Juan, que deben de haberla dejado atrás en su carrera a la tumba; así es que, para cuando ella llegó, ellos ya se habían vuelto a su alojamiento, tal vez por otro camino. El caso es que aquí nos la encontramos otra vez a la entrada de la tumba, llorando desconsoladamente.
No hay por qué buscar razones complicadas para explicar el que no reconociera a Jesús. Lo más sencillo y conmovedor es que no le veía a través de las lágrimas.
Toda su conversación con el que tomó por el hortelano revela su amor. No mencionó el nombre de Jesús; supuso que todo el mundo sabría a quién estaba buscando; tenía la mente tan llena de Él que no le quedaba sitio para nadie más en todo el mundo. Dijo también: “yo me lo llevaré”. ¿Cómo lo iba a llevar, y adónde, una mujer sola? Pero ella ni siquiera se había planteado esos problemas. Lo único que anhelaba era poder llorar su amor sobre el cuerpo muerto de Jesús.
Y entonces no hizo falta más que una palabra: “¡María!”
Cuando viene la aflicción, no debemos dejar que las lágrimas nos cieguen a la gloria, ni tampoco fijar nuestros ojos en la tumba olvidando el Cielo.
María tuvo la dignidad y el privilegio de haber sido elegida por Jesús para manifestarse vivo, resucitado, por primera vez… Una dignidad y un privilegio dignos de un gran amor agradecido.

Una dificultad y una respuesta
Hay una dificultad innegable en este pasaje. Cuando se ha completado la escena del reconocimiento, a primera vista, en cualquier caso, Jesús le dijo a María: “No me toques, porque todavía no he ascendido al Padre”. Y unos pocos versículos más adelante nos encontramos conque Jesús invita a Tomás a que Le toque (Juan 20:27). Lucas también nos presenta a Jesús invitando a sus discípulos: “¡Miradme las manos y los pies! ¡Mirad, soy Yo! ¡Tocadme y miradme! Un fantasma no es una persona de carne y hueso como veis que soy Yo” (Lucas 24:39). En el relato de Mateo leemos que “ellas se le acercaron, se abrazaron a sus pies y le adoraron» (Mateo 28:9).
Se ha sugerido que el griego es realmente una traducción inexacta de un original arameo. Es verdad que Jesús hablaría en arameo, y no en griego; y que lo que nos dice Juan aquí es la traducción de lo que dijo Jesús. Se sugiere que lo que Jesús dijo realmente fue: “¡No me retengas; sino, antes de que Yo ascienda a Mi Padre, ve a decirles a Mis hermanos...” Puede que sea esta la mejor explicación; y de hecho eso fue lo que hizo María.
Lo que está claro es que Jesús le dijo a María que volviera a los discípulos con el mensaje de que lo que les había dicho a menudo estaba a punto de suceder: Jesús volvía a su Padre; y María llegó con la noticia: “¡He visto al Señor!”
El mensaje de María contiene la esencia del Evangelio, porque un cristiano es el que puede decir: “He visto al Señor”. El Cristianismo no quiere decir saber de Jesús, sino conocer a Jesús. No es poder discutir acerca de Jesús, sino encontrarse con Él. Quiere decir tener la certeza de que Jesús está vivo.




Lección nº 65:
UN MANDATO, UNA DUDA Y UN OBJETIVO
Juan 20: 19-31

El mandato a la Iglesia
Juan 20: 19-23
Es muy probable que los discípulos siguieran juntos en el aposento alto donde habían celebrado la Pascua con Jesús; pero lo que los mantenía unidos era el miedo a los judíos que habían tramado la muerte de Jesús, y temían que a ellos también les llegara el turno.
Cuando estaban allí, Jesús apareció de pronto en medio de ellos. Les dirigió el saludo más corriente en el Oriente: “¡Que la paz sea con vosotros!”… Y entonces Jesús les transmitió a sus discípulos la comisión que la Iglesia no debe olvidar: Les dijo que, como Dios le había enviado a Él, así ahora Él los enviaba a ellos. Aquí tenemos lo que alguien llamó La Constitución de la Iglesia.
Jesucristo cuenta con la Iglesia, que es exactamente lo que Pablo quería decir cuando llamaba a la Iglesia “El Cuerpo de Cristo” (Efesios 1:23; 1 Corintios 12:12). Jesús había traído un mensaje para toda la humanidad, y ahora se volvía con su Padre; su mensaje no podría alcanzar a toda la humanidad a menos que la Iglesia se encargara de transmitirlo.
La Iglesia necesita a Jesús porque el que ha de ser enviado necesita a alguien que le envíe; necesita un mensaje que llevar; necesita un poder y una autoridad que respalden ese mensaje; necesita alguien a quien poder dirigirse cuando tenga dudas o dificultades. Sin Jesús, la Iglesia no tiene mensaje; sin Él, no tiene poder; sin Él, no tiene a nadie a quien apelar cuando se encuentra en dificultades; sin Él no tiene a nadie que le ilumine el entendimiento, ni que le fortalezca los brazos, ni que le anime el corazón.
Jesús envía a la Iglesia de una manera paralela a como Dios envió a Jesús. Pero no podemos leer la historia del Cuarto Evangelio sin darnos cuenta de que la relación entre Jesús y Dios dependía continuamente de la perfecta obediencia y el perfecto amor de Jesús. Jesús podía ser el perfecto Mensajero de Dios porque ofrecía a Dios la obediencia perfecta y el perfecto amor. De ahí se sigue que la Iglesia es apta como mensajera e instrumento de Cristo sólo cuando le ama y obedece de una manera perfecta. La Iglesia no se dirige al mundo para propagar su propio mensaje, sino el mensaje de Cristo.
En este acto Jesús sopló sobre sus discípulos y les dio el Espíritu Santo, preparándolos para aquella tarea que la iglesia amante de su Señor debe realizar en el mundo.
Jesús nos sorprende entonces cuando dice a sus discípulos: “Si le remitís a alguien los pecados, le quedan remitidos; y si se los retenéis, le quedan retenidos” Este es un dicho cuyo sentido verdadero debemos procurar comprender. Una cosa es segura: que ninguna persona puede perdonar los pecados de otra. Pero es igualmente cierto que la Iglesia tiene el gran privilegio de comunicar el mensaje del perdón de Dios a la humanidad. Los apóstoles estaban en las mejores condiciones para llevar el mensaje de Jesús a otras personas, porque le conocían muy bien. Si sabían que alguien estaba verdaderamente arrepentido podían proclamarle con absoluta seguridad el perdón de Cristo. Pero, igualmente, si sabían que no había arrepentimiento en su corazón, o que estaba comerciando con el amor y la misericordia de Dios, podían decirle que hasta que su corazón no cambiara no había perdón para él. Esto no quiere decir que se confiara el poder para perdonar pecados a ninguna persona o personas; pero sí el poder de proclamar ese perdón, lo mismo que el de advertir que ese perdón no es para el que no esté arrepentido. Es lo que debe entenderse por el verbo remitir…

Uno que duda
Juan 20: 24-29
Para Tomás la Cruz había sido lo que él se había temido. Cuando Jesús les propuso volver a Betania, cuando recibieron la noticia de la enfermedad de Lázaro, la reacción de Tomás había sido: ”¡Vamos nosotros también a morir con Él!” (Juan 11:16). A Tomás no le faltaba valor; tal vez era pesimista por naturaleza. No hay la menor duda de que amaba a Jesús.
Le amaba lo bastante para estar dispuesto a ir a Jerusalén a morir con Él cuando los otros vacilaban y tenían miedo. Había sucedido lo que él se había temido; y, aunque lo esperaba, le había destrozado el corazón de tal manera que quería estar solo con su dolor.
Por eso, cuando se les presentó Jesús a sus discípulos, Tomás no estaba entre ellos; y, cuando le dijeron que habían visto al Señor, aquello le pareció demasiado bueno para ser verdad, y se mostró incapaz de creerlo.
Pasó una semana, y Jesús volvió; y esta vez Tomás estaba allí. Y Jesús conocía el corazón de Tomás: le repitió sus propias palabras, y le invitó a hacer la prueba que él mismo había sugerido. Y a Tomás se le salió el corazón de alegría y de amor, y sólo pudo decir: “¡Mi Señor y mi Dios!”
El carácter de Tomás se nos presenta con toda claridad.
-Cometió una equivocación: el retirarse de la compañía de los que habían compartido con él lo mejor de sus vidas. Buscó la soledad; y, por no estar con sus camaradas, se perdió la primera visita de Jesús.
Así también nosotros nos perdemos un montón de cosas cuando nos separamos de la comunión cristiana y tratamos de arreglárnoslas solos. Nos pueden suceder cosas buenas en la comunión de la Iglesia de Cristo que no nos sucederán si estamos solos.
-Pero Tomás tenía dos grandes virtudes. Se negaba a decir que creía lo que no creía, o que entendía lo que no entendía. No era de los que recitan un credo sin saber lo que están diciendo.
Tomás tenía que estar seguro, y eso no se le puede reprochar. Tennyson escribió: Vive más fe en una honrada duda que en muchos de los credos, créeme.
La otra gran virtud de Tomás era que, cuando estaba seguro, no se quedaba a mitad de camino; “¡Mi Señor y mi Dios!”, dijo. Esa no fue una confesión a medias, sino la más completa del Nuevo Testamento; Tomás dudó hasta llegar a la seguridad; y una vez que llegó, se rindió totalmente a la certeza.
Cuando una persona alcanza la convicción de que Jesucristo es el Señor venciendo sus dudas llega a una seguridad que no puede alcanzar la que acepta las cosas sin pensarlas.

El objetivo del evangelio escrito
Juan 20: 30-31
Parece claro que, tal como se dispuso el evangelio en un principio, acababa aquí. El capítulo 21 se considera un apéndice y una posdata, con claras intenciones del autor que veremos al estudiarlo en su oportunidad.
No hay pasaje en los evangelios que resuma mejor que este de Juan 20: 30-31, el propósito del que lo escribió.
Está claro que los evangelistas no se propusieron darnos un relato completo de la vida de Jesús. Nos dan, no un relato exhaustivo de todo lo que Jesús hizo y dijo, sino unos ejemplos que nos muestran cómo era y la clase de cosas que hacía y decía.
Y también está claro que los evangelios no se proponían ser biografías de Jesús, sino invitaciones a tomarle como Salvador y Señor. El objetivo no era dar información sino dar vida; presentar un retrato de Jesús que nos permitiera ver que la Persona que hablaba y enseñaba y obraba así no podía ser más que el Hijo de Dios.
Por eso cuando nos ponemos a leer los evangelios como si fueran historia o biografía estamos adoptando una actitud equivocada. Debemos leerlos, no como si fuéramos estudiantes de historia que buscan información, sino como hombres y mujeres que buscan a Dios.




Lección nº 66:
UN CAPÍTULO ESPECIAL
Juan 21: 1-25

Jesús, realmente vivo
Juan 21: 1-14
Esta ya era la tercera vez que Jesús se aparecía a sus discípulos después de su Resurrección.
El que cuenta esta historia no puede haber sido sino uno que conocía bien a los pescadores del mar de Galilea. La noche era el mejor tiempo para pescar...
Puede que fuera porque todavía estaba oscuro por lo que los discípulos no reconocieron a Jesús. Pero el discípulo amado tenía una vista aguda. Se dio cuenta de que era el Señor; y, cuando Pedro lo oyó, salto al agua. No estaba desnudo del todo. Llevaría un ceñidor, que era una especie de calzoncillos, que era lo único que llevaban los pescadores cuando faenaban. Ahora bien: la ley judía decía que el saludar era un acto religioso, y para realizar un acto religioso había que estar dignamente vestido; así es que Pedro, antes de venir al encuentro de Jesús, se puso la túnica de pescador; porque quería ser el primero en saludar a su Señor.
Ahora llegamos a la primera gran razón para que se añadiera este extraño capítulo al evangelio ya concluido. Fue para demostrar de una vez para siempre la realidad de la Resurrección. Había muchos que decían que las apariciones del Cristo Resucitado no eran más que visiones que tuvieron los discípulos.
Los evangelios se esfuerzan en demostrar que el Cristo Resucitado no era una visión, y menos una alucinación, ni un fantasma, sino una Persona real. Insisten en que la tumba estaba vacía, y en que el Cristo Resucitado tenía un cuerpo real, que conservaba las señales de los clavos y de la lanza que le atravesó el costado.
Pero esta historia va un paso más lejos. Una visión o un fantasma no sería normal que indicara la posición de un banco de peces a un grupo de pescadores. Menos aún encendería un fuego para asarles unos peces a unos agotados pescadores, y menos aún los compartiría con ellos. Y sin embargo esta historia nos cuenta que Jesús sí hizo esas cosas.
El primero y el más sencillo propósito de esta historia es dejar bien clara la realidad de la Resurrección; lo que ellos vieron no era una imaginación exaltada, ni la aparición de un fantasma; era Jesús resucitado…

Una observación:
Se ha sugerido que se contaron los peces sencillamente porque había que repartir la pesca entre los que habían participado en ella; y se menciona el número por lo extraordinariamente grande que fue. Pero algunos suponen que aquí hay algo más de lo que aparece en la superficie.
Se han propuesto muchas sugerencias ingeniosas, la sugerencia más sencilla es la que nos da Jerónimo. Dice que hay en el mar 153 clases de peces, y que aquella pesca incluía representantes de todas ellas; y que, por tanto, el número simboliza el hecho de que algún día todas las personas de todas las naciones se reunirán en Jesucristo.
Mencionaremos otro detalle: todos estos peces se reunieron en la red, y la red los pudo contener a todos sin romperse. La red representa a la Iglesia; y hay sitio en ella para todas las naciones. Aunque todos entraran en ella, es bastante grande para contenerlos.
No es erróneo suponer que aquí Juan nos está hablando en su manera característica y sutil de la universalidad de la Iglesia. Ningún exclusivismo cabe en ella, ni racismo ni discriminación… En ella hay lugar para todos los hombres del mundo.

Pedro y su misión especial
Juan 21: 15-19
Aquí tenemos una escena que tiene que haber quedado grabada indeleblemente en la memoria de Pedro.
Puede que Jesús mirara a los otros componentes del grupo de discípulos cuando le preguntó a Pedro: “Simón, ¿Me amas más de lo que Me aman estos?”… Puede que Jesús se estuviera refiriendo a lo que dijo Pedro la otra noche: “¡Aunque todos estos Te fallen, yo no Te voy a fallar!” (Mateo 26:33). Tal vez estaba recordándole afectuosamente a Pedro que en cierta ocasión había pensado que él era el único que se mantendría fiel, pero también había fallado.
Jesús le hizo la pregunta tres veces, y lo hizo así por algo. Fueron tres las veces que Pedro negó a su Señor, y tres las oportunidades que le dio su Señor de afirmar su amor. Jesús le concedió a Pedro la oportunidad de borrar de su memoria la triple negación con una triple afirmación.
Debemos fijarnos en lo que el amor le trajo a Pedro:
a) Le trajo una tarea: “Si me amas -le dijo Jesús-, dedica tu vida a pastorear las ovejas y los corderos de mi rebaño”. Sólo podemos demostrar que amamos a Jesús amando a los demás.
b) Le trajo a Pedro una cruz. Jesús le dijo: “Mientras seas joven, puedes escoger adónde quieres ir; pero llegará el día cuando otros te llevarán por donde no quieras”. Llegó el día, en Roma, cuando Pedro murió por su Señor; él también acabó su vida en una cruz, y se dice que pidió que le crucificaran cabeza abajo, porque no se consideraba digno de morir como su Señor.
El amor siempre implica una responsabilidad, y siempre incluye un sacrificio. No amamos a Cristo de veras a menos que estemos dispuestos a asumir su obra y su Cruz.
Fue por algo por lo que Juan recordó este incidente. Lo hizo para presentar a Pedro como el gran pastor del pueblo de Cristo.

Puede ser que surgieran comparaciones en la Iglesia Primitiva. Algunos dirían que Juan era el más importante, porque se remontaba en su vuelo de pensamiento más que todos los demás. Algunos dirían que el más importante era Pablo, porque llegó hasta el fin de la Tierra con el Evangelio de Cristo. Pero este capítulo dice que Pedro también tuvo un lugar preponderante. Puede que no pensara o escribiera como Juan; puede que no viajara ni corriera tantas aventuras como Pablo; pero tuvo el gran honor, y la entrañable tarea, de ser el pastor del rebaño de Cristo.
Tal vez no todos podamos pensar como Juan; ni que podamos llegar hasta lo último de la Tierra como Pablo; pero todos podemos cuidarnos de que algún otro no se descarríe, y de proveer el alimento de la palabra de Dios para los corderos de Cristo.

El testigo especial
Juan 21: 20-24
Este pasaje deja bien claro que Juan tiene que haber llegado a una notable ancianidad; tiene que haber vivido una vida tan larga que se corrió la voz entre los cristianos de entonces que iba a seguir vivo hasta la Segunda Venida de Cristo. Ahora bien: de la misma manera que el pasaje anterior asignaba a Pedro su lugar correspondiente en el plan de Dios, este se lo asigna a Juan.
Su misión especial sería la de ser testigo de Cristo. Puede que Pablo fuera el pionero de Cristo; Pedro, el pastor de Cristo; pero Juan era el testigo de Cristo, el que podía decir: “Yo he vivido estas cosas, y sé que son verdad”.
Así que, en su final, este evangelio toma dos de las grandes figuras de la Iglesia, Pedro y Juan. A cada uno Jesús le asignó una misión. La de Pedro fue pastorear la grey de Cristo hasta dar su vida por Él. La de Juan fue ser testigo de la historia de Cristo, y alcanzar una bendita ancianidad para acabar muriendo en paz. Nada los hizo rivales en el honor y el prestigio, ni al uno superior al otro. Los dos fueron siervos de Cristo.
Esto nos enseña que cada cual sirve a Cristo donde Cristo le ha puesto... Esta es la responsabilidad de cada creyente. Nuestra gloria no depende de nuestra comparación con los demás, sino de servir a Cristo en la capacidad que Él nos ha asignado.

El Cristo sin límites
Juan 21: 25
En este último capítulo, Juan pone ante la Iglesia unas cuantas grandes verdades. Ha recordado la realidad de la Resurrección; les ha recordado la universalidad de la Iglesia; les ha recordado que Pedro y Juan no eran rivales, sino que Pedro era el gran pastor, y Juan el gran testigo.
Y ahora llega al final; y llega pensando en el esplendor de Jesucristo. Aunque sepamos mucho de Cristo, no hemos captado más que un poquito de Él. Sean las que sean las maravillas que hemos experimentado, son sólo una pequeña parte de las que se pueden experimentar. Las categorías humanas son insuficientes para describir a Cristo, y los libros humanos son incapaces de contenerle. Así que Juan termina haciendo referencia a los innumerables triunfos, el inagotable poder y la gracia ilimitada de Jesucristo.

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